¿Occidente en decadencia? Reflexiones sobre la continuidad histórica
de la civilización de la fe en el logos

Is the West in Decline? Reflections on the Historical Continuity of the Civilization of Faith in the Logos

Luis Alfonso Herrera Orellana

Universidad Santo Tomás

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Resumen: El texto analiza la tesis de la supuesta decadencia irreversible de la civilización occidental, fundamentada en crisis actuales como la dependencia tecnológica, el consumismo, el nihilismo y la intolerancia intelectual. Frente a esta postura catastrofista, se aporta una perspectiva realista y propositiva, cuya principal contribución consiste en sostener que Occidente posee una vitalidad histórica intrínseca capaz de generar «respuestas creativas» ante sus desafíos internos. Para ello, propone transformar las amenazas en fortalezas mediante la revalorización de sus tres elementos constitutivos: la razón griega, el derecho romano y la fe judeocristiana. Se plantea recuperar el pensamiento crítico, rechazar el presentismo histórico y promover el rol activo de «minorías selectas» para defender de manera efectiva la libertad y la dignidad humana en todo el mundo.

Palabras clave: civilización occidental, crisis, decadencia, respuestas creativas.

Abstract: The text analyzes the thesis of the supposed irreversible decline of Western civilization, based on current crises such as technological dependence, consumerism, nihilism, and intellectual intolerance. In contrast to this catastrophic view, it offers a realistic and proactive perspective, whose main contribution is to argue that the West possesses an intrinsic historical vitality capable of generating “creative responses” to its internal challenges. To this end, it proposes transforming threats into strengths by revaluing its three constitutive elements: Greek reason, Roman law, and the Judeo-Christian faith. It advocates for recovering critical thinking, rejecting historical presentism, and promoting the active role of “select minorities” to effectively defend freedom and human dignity throughout the world.

Keywords: Western civilization, crisis, decline, creative responses.

Introducción

Son incontables las obras y oportunidades en que las más prestigiosas mentes de hombres y mujeres han reflexionado en torno a qué es la civilización occidental1 u Occidente, cuáles son sus rasgos distintivos, su situación actual y por qué se afirma que esa forma de la cultura humana se encuentra en crisis2 y en irreversible decadencia.

Dada la precisión de las premisas que sostienen su tesis, la adaptabilidad de su perspectiva y la vigencia que ella mantiene, hemos seguido en este trabajo la idea de Occidente expuesta por el filósofo español Julián Marías en una serie de conferencias impartidas en Argentina en 1970 (Pérez, 2012; Nogueira, 2008), así como las ideas expuestas por Samuel Gregg (2019) en Razón, fe y la lucha por la civilización occidental sobre Occidente como civilización de síntesis entre fe y razón.

Para el autor de España inteligible, los elementos culturales definitorios de Occidente son el uso de la razón filosófica que aporta Grecia, el tipo de mando según derecho que desarrolla Roma y la fe del logos que proviene del judeocristiano, cuya combinación histórica hará posible el descubrimiento teológico-filosófico de la persona y su libertad (Negro, 2009), la sofisticación del arte como reinvención de lo real y la adopción del método científico-experimental (Cerda Costabal, 2014).

Además de por su descripción de los elementos constitutivos y distintivos de Occidente, Marías es relevante en el abordaje de la temática que nos convoca, porque sostiene que dichos elementos no se circunscriben a una geografía, un continente o una comunidad específica, sino que han generado una forma cultural, en suma, de un modo de ser y estar en el mundo, que puede ser asumido, total o parcialmente, en distintas partes del planeta.

Lo anterior es relevante porque permite superar debates en torno a si solo Europa —sin España— y los Estados Unidos de América son Occidente (Cáceres, 2024), e incluir en ese ámbito civilizacional a comunidades políticas como la iberoamericana, las angloparlantes de Oceanía y las asiáticas que han adoptado y adaptado elementos definitorios de lo occidental.

Ahora bien, se afirma que esta forma cultural estaría en crisis, y hasta en decadencia sin remedio, al menos desde el término de la Primera Guerra Mundial, cuando para una parte de los occidentales, es decir, quienes adoptaron el modo de ser y estar el mundo greco-romano-judeocristiano, culminó, de forma catastrófica por demás, su período de mayor desarrollo y originalidad. Etapa que habría dado paso a un período histórico sin innovaciones o renovaciones de entidad cultural al interior de la civilización occidental, dominada por la búsqueda y acumulación de dinero (Capriles, 2021, pp. 115-148) y la utilización creciente de la técnica (Spengler, 2002, pp. 766-780).

Dado el desarrollo de una serie de factores, como las guerras y el armamentismo, lo científico y filosófico, la polarización política, el subjetivismo nihilista, la primacía de emociones como el miedo y el resentimiento, el estatismo redistributivo y benefactor, la obsesión por la seguridad y el rechazo al sacrificio, la ignorancia y desprecio hacia las propias raíces, la acogida ingenua de formas culturales incompatibles u opuestas a la occidental y la diversión como propósito central de la vida (Debord, 2005; Vargas Llosa, 2012), se asume que el declive es inevitable, y que toca resignarse ante tal destino, ya anunciado por Spengler.

Frente a esta postura, el presente trabajo procura ofrecer algunas razones y evidencias para una comprensión más amplia, realista y propositiva de los problemas que enfrenta hoy la civilización occidental, a partir de la cual problematizar la tesis de su decadencia inevitable y sostener que es factible generar, como ya ocurrió en épocas pasadas, lo que Toynbee llamó «respuestas creativas» a las crisis que comprometen su continuidad histórica, a partir de la recuperación de las preguntas fundamentales que impulsaron a la «mente occidental» (Tarnas, 2021).

Para ello, en primer lugar, expone de forma sintética las premisas en que se apoya la tesis de la crisis y decadencia de Occidente. En segundo lugar, argumenta por qué los problemas y desafíos que enfrenta la forma occidental no necesariamente son indicativos de su declive y extinción irremediable, en beneficio de otras formas culturales. En tercer lugar, identifica y analiza algunas de las amenazas y debilidades más críticas para la continuidad histórica de la civilización occidental. En último lugar, argumenta cómo aquellas se pueden transformar en oportunidades y fortalezas. Esto ofrece algunas conclusiones.

La interminable crisis de la civilización occidental y su terca vitalidad

De algún modo, es natural y acaso inevitable que las personas de cada época sientan que los problemas que les afectan como comunidad o civilización son los peores de la historia, y que su gravedad es tal que ya resulta imposible superarlos y asegurar la continuidad de la forma de vida conocida, siendo, por tanto, cuestión de tiempo para llegue a su extinción.

No es diferente el caso de la forma cultural occidental, la cual, en particular desde la segunda mitad del siglo XX, atraviesa formidables e inéditos en orden a asegurar su liderazgo mundial y sobre todo su continuidad histórica (Juan Pablo II, 1981).

Sus más recientes crisis parecen ser la anorexia cultural (Káiser, 2014) suscitada tras la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética, así como la insuficiente respuesta dada por una parte de Occidente a los ataques terroristas del 11-09-01 (Habermas, 2006). En el primer caso, por estimar que triunfó definitivamente en la pugna con otras formas culturales por el liderazgo mundial cuando, en realidad, entró en un proceso de degeneración institucional (Ferguson, 2013), y en el segundo, por asumir que promoviendo el miedo en sus países y forzando a países no occidentales a adoptar sus elementos culturales, podía asegurar su predominio.

Otra crisis en pleno desarrollo sería el ascenso al poder en países occidentales de Gobiernos populistas «de derecha», que además de tensionar las instituciones internas que aseguran la libertad individual y la limitación del poder en sus comunidades, estarían erosionando el orden internacional de la posguerra, con la Organización de las Naciones Unidas como eje rector de dicho orden (Applebaum, 2021).

Ascenso que dificulta advertir y abordar una crisis más de fondo, generadora de ese ascenso, como es la radicalización revolucionaria y nihilista de partidos y liderazgos «de izquierda», impulsores de políticas identitarias y movimientos maniqueos y disolventes de la sociedad abierta (Lilla, 2018, pp. 26-64), como el woke (Neiman, 2024), entre otros.

Ante lo señalado, cabe apuntar, primero, que han sido varias y serias las crisis que desde la Antigüedad hasta el siglo XX han enfrentado las comunidades occidentales en su afán por practicar y preservar la combinación de elementos culturales que la caracterizan. Y, segundo, que esas comunidades fueron capaces de producir respuestas creativas para adaptarse ante el desafío planteado, si bien con resultados desiguales (Ferguson, 2012).

En tal sentido, estimamos que son ejemplos de crisis de las comunidades occidentales la decadencia de las ciudades-Estado de la antigua Grecia; la caída del Imperio romano, en particular de Constantinopla; la conquista de la península ibérica por pueblos islámicos y las complejidades de su recuperación; la división de la cristiandad a partir de la «reforma» que dio lugar a cultos que fusionaron fe y política.

También lo son la desintegración y balcanización del Imperio español; la falsa contraposición entre razón y fe creada por la Revolución francesa; la primera Revolución Industrial y las nuevas inequidades que con ella surgieron en diferentes sociedades; y el ascenso de las ideologías imperialistas, nacionalistas y racistas, todas ellas colectivistas, que condujeron a las guerras mundiales del siglo XX.

A pesar de todas esas crisis, la forma occidental de ser y estar en el mundo no desapareció, sino que se adaptó y hasta se fortaleció en algunos casos, a partir del uso creativo e innovador de sus elementos culturales constitutivos y definitorios, entre otras razones, porque las personas de entonces dudaron de las acciones, medios y fines perseguidos, pero no de dichos elementos culturales, a los que, en cambio, volvieron a fin de reencontrar el camino perdido.

Es atendiendo a esas evidencias históricas —esto es, a las respuestas creativas dadas por las diferentes comunidades occidentales a las crisis que colectiva o sectorialmente han tenido que enfrentar— que ante las amenazas y debilidades que actualmente comprometen y ponen en duda la continuidad de la forma cultural occidental se produzcan, de nuevo, respuestas creativas, que eviten el declive efectivo de sus elementos constitutivos.

Lo anterior supone rechazar la idea de que estamos en el peor de los mundos posibles, que la actual es la época más mediocre y decadente de Occidente, y que la suerte está echada a favor de otras formas culturales. Ante ello, urge comprender que lo que han desaparecido son expresiones de la forma cultural occidental, como las «ilustraciones» y los «idealismos» europeos del siglo XIX, que aportaron y dañaron en proporción no tan desigual a otras formas culturales (Díaz Villanueva, 2025, pp. 51-94).

Y, al mismo tiempo, asumir que los desafíos presentes más críticos no son más que amenazas y debilidades internas,3 varias inéditas, como el auge mediático de ideologías identitarias e ideologías disolventes, la tentación de suplir la acción humana por la acción de máquinas y el desconcierto frente al rol protagónico de la mujer, entre otras.

Las amenazas y debilidades a la continuidad histórica de la civilización occidental

A continuación, analizaremos algunas de esas amenazas y debilidades internas que dificultan la continuidad de Occidente, para luego ofrecer algunas ideas preliminares sobre cómo enfrentar esos desafíos, con el fin de convertirlas en oportunidades y fortalezas.

Subordinación de la acción humana a las actividades de producción y consumo

La primera de las amenazas que hemos identificado para la continuidad de Occidente como forma de ser y estar en el mundo, es la reducción de la acción humana, esto es, del esfuerzo por avanzar de menores a mayores estados de bienestar y plenitud, a la producción y consumo de bienes y servicios demandados en los mercados, con el fin de obtener ingresos, bajo la forma de utilidades o salarios, que permitan a su vez satisfacer necesidades económicas (Nussbaum, 2010, pp. 33-52).

Dando por válida la tesis de Marx según la cual lo real en toda sociedad, y, por tanto, lo que importa, es la «estructura», es decir, lo económico —atención del problema de la escasez material—, los integrantes de diversas sociedades que por historia y cultura son parte de Occidente dedican sus mayores capacidades, esfuerzos y tiempos a producir, en parte por elección, en parte por exigencias de las dinámicas económicas y sociales, así como a formas, no siempre saludables, de evasión de esa presión.

Tal opción, y en última instancia, la subordinación a lo productivo, termina por marginar y en algún punto a excluir de la esfera de vida de las personas occidentales la atención consciente y regular a asuntos indispensables para la vida humana, como lo son sus preferencias individuales, sus vínculos familiares y de amistad, el conocimiento y el cultivo de la razón crítica, sus compromisos con su comunidad política de origen o de acogida, así como sus aportes a esa comunidad, todos los cuales se tornan secundarios y superfluos, ya que no suponen generar riqueza.

Dependencia de la tecnología y opción preferente por el conocimiento aplicado

Otra de las amenazas a la continuidad de la perspectiva occidental en el mundo presente y futuro, es la relación de dependencia que las personas de diferentes generaciones —no solo de las más jóvenes— están desarrollando respecto de las innovaciones tecnológicas, en particular al usar herramientas como las redes sociales, plataformas y la inteligencia artificial, teniendo como fines el entretenimiento, la eficiencia y la producción de conocimiento aplicado.

La tendencia a la dependencia, utilización ilimitada y necesidad de sobreestimulación de las innovaciones tecnológicas, según evidencian investigaciones (Haidt, 2024), está causando, entre otros problemas, ansiedad, pérdida de la atención para realizar tareas cotidianas, inhibición de la curiosidad y la capacidad de hacerse preguntas sobre contenidos recibidos, consolidación de ideas simples y binarias respecto de problemas complejos y la delegación en máquinas de la iniciativa para crear e innovar (véase Ortega y Gasset, 1992).

La primacía de lo aplicado, o la obsesión con la producción de conocimiento útil para resolver problemas prácticos específicos, ha supuesto marginar, y en casos erradicar, el fomento y la producción del pensamiento especulativo y reflexivo, por considerar a este último inútil, falso o idóneo solo para difundir ideologías deformantes de la realidad, así como el imponer el método de investigación empírico a todas las áreas del conocimiento.

Intolerancia y «cancelación» de personas con ideas diferentes

Otra amenaza que está suponiendo una verdadera involución en las capacidades cognitivas de muchas personas en las sociedades occidentales es la aceptación inconsciente pero eficaz de la intolerancia y el supremacismo moral respecto de puntos de vista, juicios y conclusiones diferentes a las propias, bajo el camuflaje de proceder justo que brinda la «corrección política» (Káiser, 2020).

La adopción de la creencia de que los seres humanos podemos, ya ni siquiera mediante la razón sino a partir de los afectos, determinar de una vez y para siempre qué ideas, teorías, juicios, valores y alternativas para la acción son verdaderas, correctas y aceptables en cada situación abierta a debate y discusión, ha desincentivado y hasta suprimido, sobre todo en ámbitos como las universidades, la libertad para pensar, opinar y proponer.

El miedo a ser «cancelado», esto es, discriminado y excluido de forma arbitraria de espacios laborales, académicos, comunitarios, políticos, familiares y económicos, entre otros que son esenciales para el desarrollo de la propia vida, a partir de «condenas» mediáticas, basadas en la estridencia, los lugares comunes y la ausencia de un debido proceso, supone, de un lado, un empobrecimiento de la capacidad de imaginar, razonar, proponer y crear, y de otro, una entronización de la ignorancia, la arbitrariedad y el miedo, ingredientes propicios para la pérdida de la libertad política.

Enajenación colectiva y desconocimiento de la historia común

Una indebida comprensión de los logros y realizaciones, en particular materiales y técnicas, de la modernidad en Occidente (Benedicto XVI, 2006), ha auspiciado entre las personas de esta civilización la superstición de que pueden, por un acto de su voluntad y según su capacidad económica, o a través del Estado social idealizado como organización moralista, redistributiva y asistencial, cambiar el orden natural de las cosas, y subordinar la realidad a sus deseos y preferencias.

Lo que puede considerarse una «indigestión» de los postulados de la ilustración racionalista, ha llevado a que la búsqueda de la seguridad y la preservación de la vida (Polanco, 2020) y a enfoques como el del transhumanismo (Ferry, 2017, pp. 35-45) y el poshumanismo,4 a costa incluso de renunciar a la libertad, sean los propósitos de vida más relevantes en Occidente, quienes con tal de sentirse seguros y satisfechos, no reparan en consentir abusos de poder y violaciones a derechos humanos, si ello implica reducir peligros y mantener el consumo, de algún modo validando la conocida frase: «no importa de qué color sea el ratón, lo que importa es que cace ratones».

Ese impulso prometeico (Flahault, 2013) e impudente, tan soberbio como infantil, ha propiciado una suerte de enajenación colectiva, de corte bipolar, pues por un lado estimula en unas personas la práctica creciente de un individualismo anárquico, solipsista y nihilista, para el que es válida la vieja consigna de mayo del 68, «prohibido prohibir», mientras que en otras induce una pasividad iliberal y colectivista, al asumir que el Estado «social», vía derechos sociales, tiene el deber y la capacidad de proveer su bienestar y desarrollo.

Las dos expresiones de enajenación actual tienen su origen, en parte, en la ignorancia de la historia sobre cómo Occidente logró elevar en todo el planeta las condiciones de vida de las personas, mediante el sacrificio, el trabajo y el fortalecimiento de sus capacidades, así como también en la instalación del miedo al riesgo, del rechazo a toda forma de dolor y sacrificio, por considerar aceptable solo aquello que causa placer y satisfacción inmediata.

Incomprensión y perplejidad ante el rol protagónico de la mujer en Occidente

Un factor que debilita y compromete la continuidad de la civilización occidental es la incomprensión respecto del cambio irreversible del rol de la mujer en las sociedades abiertas; esto es, respecto del valor, los beneficios y las consecuencias que su plena incorporación a la cooperación social y la toma de decisiones de diversos ámbitos de la vida humana, y reducir lo relevante de ese cambio a discusiones sobre el género, la propiedad sobre el propio cuerpo y lo justo de mantener la lucha contra el «patriarcado» masculino.

Sin duda, una de las grandes conquistas de las sociedades que han adoptado la perspectiva occidental sobre el ser humano es la erradicación creciente, y aún en marcha, de todas las formas de discriminación y abusos contra las mujeres, así como el sostenido desempeño por derecho propio de tareas, propósitos, funciones y responsabilidades en el ámbito público y privado, otrora reservados a los hombres (Marías, 1986).

No obstante, tanto las propias mujeres como muchos hombres en las sociedades europeas y americanas, no han dimensionado las oportunidades e impactos que su incorporación plena a la vida en sociedad ha supuesto, respecto de la vida familiar, el uso de la razón vital y la necesidad de aportar al conjunto, no desde la imitación de lo masculino, sino a partir de la reafirmación de lo femenino, solo que practicado con un grado de autonomía no conocido por las mujeres en siglos precedentes.

Distanciamiento, vergüenza y repudio de las raíces culturales de Occidente

Por último, la amenaza más seria de las atendidas en estas líneas, cuyas primeras expresiones se hallan en el siglo XIX, se expanden en el siglo XX y se extienden hasta el presente, es la que representa el distanciamiento, la vergüenza y, en los casos más extremos, el repudio a los elementos culturales que hicieron posible el surgimiento de la forma occidental de ser y estar en el mundo. Tales actitudes son promovidas por diversos actores, algunos surgidos del mismo Occidente —a partir de fallas y debilidades como las ya analizadas—, y otros de las alternativas culturales existentes, que lo asumen como adversario al cual derrotar y sustituir.

Los enemigos íntimos de Occidente —más allá de la democracia— serían quienes, por ejemplo, promueven como criterios idóneos para vivir bien el economicismo, el utilitarismo y el consumismo. Asimismo, los que exaltan el subjetivismo, el supremacismo moralista y la intolerancia hacia el diferente; lo mismo quienes impulsan revoluciones adanistas y colectivistas para reiniciarlo todo y borrar las fallas e injusticias de una vez y para siempre.

Las causas de esta amenaza se hallan en el olvido o la renuncia del uso realista, prudente y honesto de la razón, del ejercicio del poder conforme a lo justo debido y la ordenación de la acción humana conforme a la fe del logos, para, en consecuencia, pasar de una razón teleológica a una instrumental, de la guía de reglas evolutivas, ciertas y justas al voluntarismo del poder, y de una teología que explica la frágil y perfectible condición del ser humano (Habermas, 2006), que lo libera y dota de sentido a su vida, a relatos ideológicos o publicitarios que legitiman el poder omnímodo (Schmitt, 2009, p. 17) o buscan satisfacer el subjetivismo solipsista de muchos seres humanos, arrojados a la soledad y el sinsentido.

En síntesis, la amenaza identificada es la pretensión de romper de forma radical con la propia tradición, entendiendo por esta todo principio, idea, costumbre, institución o política que opere como límite a las pretensiones del cientificismo, el individualismo falso y la fatal arrogancia (Hayek, 2009), al que han conducido, de un lado, la primacía del empirismo-utilitarista en las relaciones humanas, desde las personales hasta internacionales, y, de otra, la estimación de lo comunitario, lo virtuoso y del realismo jurídico como fórmulas organicistas y colectivistas, incompatibles con la libertad individual de los modernos.

¿Es posible convertir las amenazas y debilidades de la civilización occidental, que comprometen su continuidad histórica, en fortalezas y oportunidades?

Se plantean en esta sección algunas ideas y acciones para responder de manera afirmativa a la pregunta antes formulada, que no ignoran los desafíos y dificultades que plantea asegurar en una época signada por el desánimo, la indiferencia y el hedonismo, la continuidad histórica de la forma cultural occidental.

Ampliar los ámbitos de la acción humana, más allá de la producción y el consumo

La actualidad de las sociedades occidentales, con las opciones de acceso a conocimientos, movilizaciones y formas lícitas de asociación para realizar proyectos comunes que brinda, es propicia para ampliar los ámbitos de la acción humana, para lo cual es imperativo una gestión más consciente, virtuosa y diversa del tiempo y las capacidades, que haga posible atender cuestiones relevantes para la buena vida, más allá de la producción y el consumo, de modo que estos sean una parte y no todo el quehacer humano.

Téngase en cuenta que lo antes propuesto no pretende, en modo alguno, cuestionar la utilidad y eficiencia del proceso de mercado, del trabajo, de las inversiones y de la responsabilidad en los procesos productivos, ni tampoco la libertad de cada persona en adquirir y disfrutar de bienes y servicios para satisfacer sus necesidades y preferencias. Lo que se cuestiona es el convertir esas actividades en los principales o únicos propósitos de la existencia.

Así, siguiendo cada persona, familia y asociación sus propios fines, urge incluir entre los propósitos a realizar aquellos que fortalezcan los vínculos familiares, den sostén a las asociaciones de diversa índole siempre que sean compatibles con el Estado de derecho, estimulen la práctica de una deliberación respetuosa sobre los asuntos públicos y permitan el incremento y comprensión de las causas, efectos y justicia de las realidades sociales, no solo de la comunidad en la que se reside, sino al menos de todas las que resultan próximas (Nussbaum, 2010, pp. 133-160).

Por último, la acción humana se verá enriquecida y fortalecida si hay capacidad de recuperar el asombro por los misterios del mundo, de reencantarlo (Fernández Biggs, 2003), como propuso Tolkien, de generar ilusión (Marías, 1990) en la acepción positiva de esta palabra desprestigiada, potenciar la curiosidad por sobre el desinterés y asumir de nuevo el cada vez menos aplicado «solo sé que no sé nada».

Devolver el protagonismo de lo humano frente a lo tecnológico y lo aplicado

En lugar de obsesionarse con regular, prohibir o planificar la creación y uso de las nuevas tecnologías, o plantear dilemas morales respecto de su uso o no uso en los diferentes ámbitos de la vida humana, han de generarse en los integrantes de las comunidades occidentales, en particular los más jóvenes, incentivos adecuados para invertir las actuales relaciones de dependencia, delegación y enajenación con las opciones tecnológicas y comunicacionales, y recomponer la relación entre lo humano y lo aplicado, entre el sujeto y el instrumento.

Lo anterior supone, en especial en ámbitos como el educativo, frente a lógicas mercantiles y despreocupadas por las externalidades negativas de su actividad, asegurar el protagonismo del ser humano en los procesos creativos y de toma de decisiones (Instituto de Estudios en Humanidades, 2025), para evitar la atrofia de sus facultades memorísticas, imaginativas y analíticas, así como las reflexivas y las de juicio, todas las cuales corren riesgo de debilitarse si es que se delega en la IA o en los likes de una red social, la esencial tarea humana de buscar la verdad (Caldera, 2026, pp. 63-67).

Para avanzar en esa dirección, es indispensable recuperar el aprecio por el conocimiento reflexivo y poner límites a la creencia de que el único conocimiento «útil» o valioso, es el aplicado, a saber, el que resuelve un problema práctico. Este reduccionismo en el uso de la razón ignora que todo el conocimiento aplicado útil actual no habría sido posible sin una previa y ardua reflexión e indagación filosófica y teórica que aportó principios, criterios y reglas a la experimentación para avanzar hacia las soluciones prácticas.

En suma, el plan ha de ser educar y capacitar a las personas desde temprana edad para que las actuales y futuras herramientas tecnológicas sean para ellas, en suma, medios y no fines en sí mismas, para alcanzar propósitos vinculados con los bienes humanos básicos.5 Es decir, que se usen las redes sociales para informarse, comunicarse y compartir contenidos, no para evadirse de la realidad y desatar pasiones destructivas, y que la IA se emplee para hacer más eficiente, preciso y productivo el quehacer humano, y elevar el tiempo para el disfrute de los bienes antes aludidos, y no para reducir sus capacidades o sorprender la buena fe de otros.

Redescubrir y promover la idea de sociedad abierta, tolerante y comprometida con el bien común

Para ganar terreno a la intolerancia y la cancelación, es indispensable adoptar en el ámbito de las discusiones prácticas ideas sustantivas no absolutistas6 sobre lo verdadero en ámbitos como la política, la moral y la economía, respetando los límites que fija el Estado de derecho.

Comprender que nuestras certezas prácticas serán siempre incompletas y debatibles, en tanto resultados de un proceso social colaborativo, a las que se acceden a través de métodos educativos y prácticas sociales que eduquen en escuchar y comprender las razones de quienes piensan de otra forma, descartando el odio, la enemistad y la violencia verbal y física.7

Fundamental para lo anterior es combatir desde la infancia y la juventud el «victimismo» que ha cundido entre las más jóvenes generaciones, y la tendencia dolosa de calificar como «ofensivo» un contenido o idea determinada sobre alguna temática contraria a la propia postura, con el fin de que el emisor de aquel sea segregado de la comunidad política, aunque el emisor no haya incurrido en ninguna conducta antijurídica como la difamación y la injuria.

Por último, hay que combatir la errada tendencia, defendida en especial por juristas dedicados al derecho constitucional y al derecho internacional de los derechos humanos, de moralizar el derecho positivo de las comunidades de Occidente, lo que en la práctica supone autorizar el uso de la coacción estatal, en última instancia el derecho penal, para imponer un tipo de moral, correspondiente a mayorías circunstanciales en cada sociedad (Arias y Herrera, 2019, pp. 85-89).

Impulsar el conocimiento de la historia de la forma occidental, sus logros y limitaciones

No se puede amar, menos defender, lo que no se conoce. Tampoco se puede valorar y cultivar lo que ha sido condenado de antemano, a partir de sesgos, ideologías o deformaciones de la historia que solo buscan estimular consumidores de esos contenidos, y la desintegración suicida de los elementos constitutivos de la forma cultural occidental. Un caso emblemático de lo señalado es el desconocimiento de la modernidad hispana, con los teólogos y filósofos de la escuela de Salamanca como sus más destacados representantes (Ramís Barceló, 2024).

En este respecto, la tarea es ciclópea, pues lo usual es que las personas vivan sin memoria colectiva, es decir, sin conocer su historia como comunidad, y, menos aún, que tengan noticia general de la historia de otras comunidades, a pesar de los vínculos que tengan con ellas. Hay que insistir, desde las familias, la educación básica y la universitaria, así como en medios y redes de comunicación, en que ignorar el pasado común es equivalente a vivir con amnesia.

Luego, hay que educar rechazando el presentismo en el conocimiento de la historia, así como el nefasto uso político electoral que de los eventos del pasado hacen, casi sin distingo, dirigentes y autoridades políticas en las comunidades del Occidente actual con el fin de atizar los odios y las divisiones que les favorecen o que distraen a sus electores. Solo así es posible comprender y extraer lecciones de episodios clave para la civilización occidental, como lo han sido la cristianización de Europa, el descubrimiento de América, la Reforma, la Revolución Industrial y el orden internacional creado a partir de 1945, que hoy parece agotado y urgido de reformas.

Por último, evidenciar que lo sustantivo occidental ha sido, en medio de sus aciertos y sus errores —que hay que acotar y asignar de forma concreta, no generalizada—, la consolidación de frágiles equilibrios que hicieron posible la coexistencia de lo personal y lo comunitario, de lo individual y lo colectivo, a partir de la convicción de que el ser humano no es solo individual, ni tampoco únicamente social, de modo que es indispensable la revisión crítica de interpretaciones erradas de nociones como la de libertad negativa y la de justicia social.

Capitalizar, sin luchas ideológicas, la plena incorporación de la mujer a la vida en sociedad

Urge pensar, asegurar y orientar, desde la libertad individual, el rol protagónico que la mujer ha alcanzado en las sociedades occidentales sin denostar de las cualidades propias que le diferencian del hombre, identificando y adquiriendo plena conciencia de los beneficios y costos que la novedad plantea (Marías, 1986), con la finalidad de hacerlos compatibles con la buena marcha de los ámbitos privados en los que la mujer solía ser la conductora —afectivos, familiares, sociales—, y que, por ende, estos no resulten menospreciados ni suprimidos.

En esa dirección, la reflexión y defensa de la libertad de la mujer a desarrollar su proyecto de vida, debe hacerse identificando sus aportes en campos como la ciencia, la política, la economía y las relaciones internacionales, entre otros, con prescindencia de enfoques ideológicos que reeditan la tesis de la lucha de clases, ahora entre sexos, y que postulan ideas sobre la feminidad y la masculinidad que, en última instancia, pretenden depurar a mujeres y hombres de cualidades esenciales que les definen y proveen sentido en sus vidas (Piglia, 2020).

Lo anterior también supone evitar un uso indebido de la noción de derechos humanos, para crear conflictos entre derechos de larga tradición —como la vida y la integridad personal—, con otros de dudosa existencia, como es el tratar el propio cuerpo como un bien mueble transable o disponible de cualquier forma, o disponer de forma licenciosa de la vida de otro ser humano. También supone una recuperación y adaptación del rol de la paternidad y la masculinidad, centrada en el amor, el cuidado, la responsabilidad y la ejemplaridad, y depurada del abuso, la violencia y el abandono de la mujer y sus hijos (Felix Gomez: Bitácora de Viaje, 2021).

De este modo, luce reñido con los aprendizajes científicos y morales de la forma occidental asumir que la defensa de la libertad de la mujer demanda asumir, como un acto de liberación, lo que en realidad es una situación trágica que ha de ser excepcional y no corriente —como el aborto—; que las discriminaciones arbitrarias en lo laboral, lo educativo y lo empresarial se busquen superar con políticas de discriminación positiva que asientan formas de planificación centralizada; y que situaciones de violencia y acoso se busquen de enfrentar negando a otros seres humanos la presunción de inocencia y el debido proceso.

Recuperar el aprecio, respeto y conciencia del valor de las raíces culturales de Occidente

Ante este reto, un punto de partida clave es asumir la diversidad interna de la forma occidental, más allá de sus comunes elementos culturales definitorios. Occidente no es solo una parte de Europa. No son solo las Islas Británicas, ni únicamente los Estados Unidos de América. En su confección como civilización han participado (y lo siguen haciendo) otras comunidades cuya historia incluye la recepción del legado de Grecia, Roma y la visión teológica judeocristiana.

Lo anterior permitirá identificar y comprender mejor los aportes de cada comunidad según el período histórico abordado, sus aciertos y equivocaciones, y cómo el protagonismo de unas ha terminado para dar paso al protagonismo de otras, sin que ello, como lo argumenta Díaz Villanueva, pueda considerar un ocaso o decadencia generalizada de la forma occidental.

Asimismo, deben identificarse y excluirse del conocimiento de la historia de la civilización occidental los relatos propagandísticos —tanto los condenatorios como los laudatorios—, de modo que sean los hechos, los avances, los retrocesos y los aprendizajes adquiridos, los elementos que permitan recuperar las preguntas fundamentales sostenidas en el tiempo,8 que impulsaron la búsqueda de la verdad en diversos ámbitos de la existencia.

De este modo, y utilizando metodologías como la propuesta por John Senior con apoyo en los grandes libros (Religión en Libertad, 2020), o la idea de la educación liberal (Torralba López, 2022), la preocupación por el ejercicio justo del poder, y la idea del valor intrínseco de cada ser humano por su condición de ente de razón, surgieron en las comunidades occidentales y no en otras, y lo factible de que puedan perderse los avances logrados en cada una de esas materias, como lo muestran casos como los de Cuba, Nicaragua y Venezuela en el continente americano.

Se requiere, por tanto, un reencuentro y acaso una reconciliación, en especial de los más jóvenes, con los hitos y aportes generados por la forma occidental de cultura, pues de allí provienen las ventajas, oportunidades y desafíos que conforman el mundo actual, experiencia que no debe estar reñida con la práctica de la fe y la reflexión teológica cuando ella proceda, y en la que debe estimularse la idea de excelencia, de responsabilidad, de compromiso y de participación en la vida pública, según la idea de «minorías selectas» (Ortega y Gasset, 2005, p. 77).

Esa educación debe contribuir a contener el pesimismo, los complejos, los sesgos, la soberbia y la actitud prometeica, y contribuir a una reivindicación y fortalecimiento de la única forma cultural que reconoce la libertad interior y exterior de cada persona, la de la fe en el Logos, y que ha permitido, a partir de ello, generar condiciones institucionales y socioeconómicas favorables para el florecimiento de millones de personas en todo el mundo.

Conclusiones

La civilización occidental es una más de las formas o expresiones culturales de la especie humana, caracterizada por la combinación de elementos culturales constitutivos como lo son el uso de la razón filosófica que aporta Grecia, el tipo de mando según derecho que desarrolla Roma y la fe del logos que proviene del judeocristiano.

Dada su tendencia a promover la duda y el pensamiento crítico de un modo radical, es la única de las formas culturales o civilizaciones existentes que de forma recurrente proclama su crisis y decadencia, ante las amenazas y debilidades que comprometen en cada época su efectiva continuidad histórica.

A lo largo de su desarrollo histórico, las comunidades occidentales han padecido y enfrentado diversas y muy complejas crisis, frente a las cuales han podido, con desiguales resultados y eficacia, generar «respuestas creativas», que le han permitido adaptarse y cambiar, pero sin renunciar en última instancia a sus características definitorias.

Desde inicios del siglo XX se insiste en que la decadencia de la forma occidental es definitiva, por la gravedad, persistencia y amplitud de las crisis que padece en todo el planeta, unido ello al auge y aparente fortaleza y unidad interna de otras formas culturales rivales por el rol de liderazgo mundial que aquel ha ostentado desde el siglo XVII hasta el presente.

Sin embargo, esa perspectiva parece amplificar de forma exagerada la falta de vitalidad de los elementos culturales propios de la forma occidental, al universalizar lo que ocurre en algunas comunidades y no en todas las comunidades occidentales, y no considerar la capacidad que han demostrado en el pasado esos elementos para generar respuestas creativas a las amenazas y debilidades internas que han comprometido su continuidad histórica.

Frente a la perspectiva catastrofista de las amenazas y debilidades que afectan a las personas y comunidades que siguen la forma occidental, y que ponen en riesgo su continuidad histórica, procede y es factible adoptar una perspectiva realista y propositiva ante tales circunstancias, que haga posible convertirlas en fortalezas y en debilidades con apoyo en las experiencias y lecciones que pueden y deben extraerse del pasado común occidental.

Ese cambio de perspectiva implica recuperar e incentivar la idea de «minorías selectas» en sentido funcional, planteada por Ortega y Gasset, e incorporar al conocimiento, práctica y defensa de la forma occidental a cada vez más personas de la masa, esto es, del conjunto general de las comunidades, para que participen y asuman, más allá del proceso democrático, responsabilidades y tareas esenciales para asegurar la continuidad histórica de Occidente, y con él, de la dignidad y libertad de las personas alrededor del mundo.

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Derechos de autor © 2025 Luis Alfonso Herrera Orellana

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  1. 1 Se sigue en este trabajo la acepción descriptiva de la palabra «civilización» contenida en el Diccionario de la Lengua Española, según el cual se refiere al: «Conjunto de costumbres, saberes y artes propio de una sociedad humana» (Real Academia Española [RAE], s. f. -b, def. 1), y no su acepción prescriptiva, a saber: «Estadio de progreso material, social, cultural y político propio de las sociedades más avanzadas» (RAE, s. f. -b, def. 2), como oposición a la situación de «barbarie»: «Falta de cultura o civilidad» (RAE, s. f.-a, def. 1).

  2. 2 Por «crisis», siguiendo el mismo diccionario, se entiende: «Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados» o «Situación mala o difícil» (RAE, s. f. -c, def. 1 y 3).

  3. 3 No se abordan en esta oportunidad, las amenazas externas a la civilización occidental, generadas por la acción de formas culturales rivales, que no necesariamente deben considerarse enemigas a aquella, sino diferentes y como posibilidades para el diálogo cooperativo entre comunidades políticas.

  4. 4 «El poshumanismo, así, no es un simple antihumanismo, sino la culminación del proyecto humanista moderno, el cual incluye el deseo de la superación filosófica de la vida humana y el vencimiento tecnológico de la muerte» (Del Búfalo, 2026, p. 375).

  5. 5 Según Gómez-Lobo (2006), son bienes humanos básicos la vida, la amistad, el trabajo y el juego, la belleza, el conocimiento, la armonía interior y la religión.

  6. 6 Lo que no quiere decir relativistas y menos aún nihilistas, sino capaces de aceptar objeciones y reconocer que no posee la verdad única y definitiva sobre lo discutido.

  7. 7 Teniendo presente la metodología de las conjeturas y refutaciones propuesta en Popper (1967, pp. 57-52).

  8. 8 «¿Será este el caso de Dios y la religión? ¿Será un problema “disuelto”, desvanecido y volatilizado? ¿Es posible vivir simplemente en la tierra, atenidos a las cuestiones ultramundanas que esto plantea y tenemos que resolver un día tras otro? El hombre, ciertamente, no se crea a sí mismo, la vida le es dada, pero no le es dada ya hecha, sino como una tarea o quehacer. Para vivir, tengo que decidir lo que voy a hacer en cada instante, y nadie puede decidir en mi lugar, porque en ese caso tendría yo que decidir aceptar en cada momento su decisión. Entre las posibilidades que me están ofrecidas, elijo la que prefiero realizar; esa preferencia significa que para vivir tengo que justificar por qué decido una cosa y no otra, y sólo puedo hacerlo en vista de la totalidad de la situación en que me encuentro, y que incluye el mundo entero y yo como una pretensión determinada, como proyecto o vocación. Por eso, para vivir necesito saber a qué atenerme respecto a la realidad, sea porque esté en una convicción o creencia recibida y en la cual me sienta seguro, o bien por haber llegado a tener ideas claras sobre esa realidad total. En mi mundo aparecen todos los días elementos nuevos, y yo los interpreto apelando a ese mundo en que ya estoy y que es anterior a cada uno de sus contenidos, a todas las cosas que puedo encontrar en él» (Marías, 1958, p. 98).