Hacia una reproposición no ideológica de la tradición
religiosa como camino de recuperación de Occidente en Augusto del Noce y Russell Kirk

Toward a Non-Ideological Reinterpretation of Religious Tradition as a Path to the West’s Recovery in the Works of Augusto Del Noce and Russell Kirk

María Carolina Riva Posse

Universidad del Salvador (USAL)

[email protected]
ORCID: 0009-0008-9529-1619

Resumen: Este artículo busca poner de manifiesto una común dirección en la propuesta política de Del Noce y Kirk, dos autores de tradiciones muy distintas, que trabajaron paralelamente en tesis convergentes. Sin alimentarse de los mismos autores y sin respirar el clima cultural de los mismos países, llegan al planteo de propuestas análogas en pos de recurrir a la trascendencia como vía de salida de un mundo en crisis. Para conservar la libertad de la persona, será necesario retomar constantemente la contemplación de un orden que no es de origen humano, sino últimamente divino, fuente de la dignidad de la persona, y no digitado desde la imposición forzada desde arriba. La modernidad debe ser leída de manera crítica, para distinguir sus aportes no ideológicos, que siguen alimentando una tradición provechosa para el enriquecimiento personal y comunitario.

Palabras clave: trascendencia, ideología, tradición, modernidad, persona, libertad.

Abstract: This article seeks to highlight a common thread in the political proposals of Del Noce and Kirk, two authors from very different traditions who worked in parallel on converging theses. Without drawing on the same authors or being immersed in the cultural climate of the same countries, they arrive at analogous proposals that seek to turn to transcendence as a way out of a world in crisis. To preserve the freedom of the person, it will be necessary to constantly return to the contemplation of an order that is not of human origin but, ultimately, divine—the source of human dignity—and not dictated by forced imposition from above. Modernity must be interpreted critically in order to distinguish its non-ideological contributions, which continue to nourish a tradition that is beneficial for personal and communal enrichment.

Keywords: transcendence, ideology, tradition, modernity, person, freedom.

Introducción

Augusto del Noce (1910-1989) y Russell Kirk (1918-1994) se han dedicado a rastrear las raíces filosóficas de fenómenos políticos y culturales actuales. Se trata de dos estudiosos de la historia moderna y contemporánea que buscan leer en los acontecimientos la traducción o el influjo de concepciones metafísicas. A su vez, para estos autores, la historia puede ofrecer una fuente de comprensión de la naturaleza humana. Y a través de este conocimiento se puede delinear un esbozo de propuesta para posturas más adecuadas para la vida humana personal y la acción política.

Su tarea se ha desarrollado de forma paralela y con independencia, pero su afinidad fue percibida por algunos de sus discípulos, quienes pudieron concretar un breve encuentro en Turín entre ambos intelectuales.

Del Noce, en Italia, estudia una oposición al fascismo que no signifique una subordinación a él. El filósofo turinés se remonta a la génesis filosófica de fascismo y descubre el hegelianismo y la filosofía de la praxis, que viene a concluir el proceso del racionalismo moderno y pretende una salvación del hombre por la vía política.

Piensa luego el fenómeno de la sociedad opulenta que también se da en oposición-subordinación al marxismo, atacando su mesianismo revolucionario y afianzando el materialismo nihilista.

Kirk, por su parte, le da voz a los hombres que han moldeado la mentalidad conservadora en Norteamérica (Kirk, 1985). Sigue el rastro hacia Europa y más allá. Difunde, a lo largo de sus obras, un criterio de juicio filosófico-político para evaluar tendencias morales, culturales y educativas. La búsqueda de principios que guíen la vida personal y la vida en la polis será, para Kirk, una constante en su tarea.

Hoy asistimos a una disolución cultural y humana sin precedentes. Los cimientos de nuestra civilización son cuestionados. Tiene lugar un programa de «cancelación», reeducación y deconstrucción, de instituciones y de prácticas, que dejan a la persona como individuo aislado, sin raíces familiares ni culturales, a merced de la manipulación de un poder totalitario difícil de identificar.

Del Noce denuncia cómo se ha implantado una sociedad irreligiosa que opera un tipo de mentalidad inmanentista. Se trata de una profilaxis mental, destinada a eliminar todos los problemas de la tradición desde Platón hasta Marx (del Noce, 1990, p. 13).1 En palabras de Kirk (2016), se trata de un combate a las «permanent things», que recuerda la tradición viva, haciendo al hombre cuestionarse sobre el sentido de su existencia y la contemplación de lo que vale la pena conservar para vivir una vida plenamente humana.

Evaluando por sus frutos a dónde han conducido las visiones ideológicas racionalistas, nuestros autores resaltan la vigencia de una concepción de lo humano fundado en la participación en un ser trascendente, como anclaje de libertad para la persona.

Este artículo se propone hacer dialogar tradiciones que han mantenido poco contacto, debido a prejuicios y barreras lingüísticas y culturales. Se comenzará por identificar una línea de continuidad en la historia, que atraviesa autores y pueblos diversos, pero mantiene una concepción antropológica de la persona como centro misterioso y libre, digno de respeto y miembro de una comunidad de personas. Se verá el embate de una visión alternativa orientada a planificar una solución revolucionaria al problema humano, abstraída de la condición humana caída y proclive a la negación de la libertad y a la cerrazón al horizonte religioso.

Finalmente, se propondrán las reflexiones delnocianas y kirkianas para elevar la mirada que permita salir de la oscuridad del Occidente que se rehúsa a escuchar el legado recibido y se niega a ser lo que es.

Continuidad de una tradición, aún dentro de la modernidad

Un aporte fundamental de Del Noce es ofrecer una interpretación novedosa de la modernidad que rompe con lo que él llama la «lectura axiológica» de la misma. Esta interpretación es la prevalente, que considera que la modernidad es un quiebre en la historia, que rechaza la tradición, que se identifica con el progreso irreversible y con un «hombre nuevo», consciente de su autonomía y libertad a partir de un uso maduro de la razón. La lectura axiológica la identifica como un valor, ya sea para abrazarlo o para rechazarlo. Es adoptada por católicos y por no creyentes a la vez. Como dice Ricardo Delbosco «el problema de Del Noce era escapar a la alternativa entre los binomios moderno-inmanentista o anti-moderno católico, logrando formular un concepto de modernidad que no fuera sinónimo de «inmanentismo» (Delbosco, 2012, p. 46).

Para Del Noce, el marxismo — sin el cual resulta incomprensible el siglo XX— es el culmen del racionalismo, el punto de llegada de una línea filosófica que excluye lo sobrenatural (Del Noce, 1990) y busca la implantación del inmanentismo. Aunque sea necesario identificar esta vertiente totalitaria y sus orígenes filosóficos, se vuelve urgente también afirmar la existencia del filón respetuoso de la realidad de la persona y de su libertad.

La versión que se ha impuesto sobre la historia de la filosofía es que a partir de Descartes hay un quiebre con toda la filosofía anterior, que conduce al inmanentismo. El cogito es el comienzo de un proceso hacia el subjetivismo, la pérdida del mundo, y la cerrazón a lo dado. Del Noce hace una lectura alternativa de Descartes, entendiéndolo en lucha contra los libertinos eruditos, con la intención de demostrarles a estos intelectuales escépticos la existencia de Dios (Del Noce, 1965). Entonces Descartes se encuentra inserto en la línea de la interioridad agustiniana que valora la libertad personal; es la línea del ontologismo, que reconoce algo divino en el hombre. Del Noce identifica en esta línea a Pascal, Malebranche, Vico y Rosmini. Es decir, no es Hegel la única salida del cartesianismo. Hay una vía plenamente moderna, con atención a la subjetividad y a la libertad, incluso dispuesta a enfrentarse al desafío de las nuevas formas políticas, que está abierta a la trascendencia. Así lo expresa Del Noce (1990):

Hay en la tradición, y se afirma después de Pascal, de Malebranche hasta Rosmini, una corriente religiosa que procede de San Agustín y que, con un término aproximativo, por los equívocos que puede generar, se suele llamar ontologismo; esta insiste sobre el contacto inmediato y vivido del alma con Dios, experiencia directa sobre el fondo de la cual las pruebas de Dios toman sentido y valor. (p. 472)

Dice también el filósofo argentino Francisco Leocata (2013) en pos de resignificar el concepto de modernidad:

La Ilustración no cubre la totalidad del espectro de lo Moderno. Es una rama desviada que terminó por ocupar un lugar central en el terreno político y cultural. No es descabellado por tanto imaginar que hubiera podido darse en todo Occidente un paso a la Edad Moderna menos traumático y menos radicalmente secularizador. (p. 233)

En relación con el pensamiento norteamericano, Giuseppe Buttà (2001) comenta sobre la obra delnociana:

La posición de Del Noce encuentra, aún en recíproca independencia, notables coincidencias con una corriente de pensamiento, a su vez variada y no unitaria, que en América ha sostenido un rol doble: el de contrastar el empirismo radical, típico de la ciencia política americana, reivindicando para la tradición filosófica de occidente el resultado fundamental de la definición del problema político, y por otro lado, el de identificar, en esta tradición, aquellas posiciones que, justamente sobre el terreno de la política, han favorecido la insurgencia totalitaria. (p. 464)

Corre entonces, al lado de la corriente materialista y totalitaria, una vía moderna abierta a la trascendencia. La afirmación de la subjetividad y de la libertad son compatibles con la trascendencia. Más aún, la consideración de la persona con peso propio y merecedora de respeto, como cierto absoluto, solo es sostenible desde el horizonte de participación en lo divino, como se profundizará más adelante.

Así como Del Noce quiere rescatar la continuidad de una línea filosófica de cariz moderno, pero no racionalista-iluminista-inmanente, contra la historiografía prevalente, Kirk quiere rescatar como identidad más profunda de Estados Unidos la continuidad de una tradición judeo cristiana premoderna respetuosa del misterio de la persona en su libertad y religiosidad.

En el fondo, ambos coinciden en resaltar la vigencia perenne de una visión de la persona humana.

Kirk explica que las raíces del orden americano no son modernas, sino antiguas. En su obra The Roots of American Order vuelve a los orígenes filosófico-religiosos de la concepción de la persona, de la ley y del orden, que tenían los padres fundadores de EE. UU. «Ciertas instituciones y costumbres, y ciertas ideas y creencias . . . siguen nutriendo el orden en la persona y el orden en la república, hasta nuestro tiempo» (Kirk, 2003, p. 5).

Kirk recorre Jerusalén, Atenas, Roma, Londres, como símbolos de culturas que fueron profundizando una visión sobre el hombre. Explica con precisión: «El orden americano no se fundó en una ideología. No fue manufacturado, más bien creció» (Kirk, 2003, p. 9). Kirk sigue los vestigios de la interacción no planificada de hábitos y concepciones que moldearon una mentalidad y fueron sedimentándose en la historia del pueblo norteamericano.

El patrimonio de Occidente «es un legado de convicciones, no un legado de sangre» (Kirk, 1967, p. 9), coincidiendo aquí también con la apreciación delnociana de que Europa es un «territorio moral», y no geográfico (Del Noce, 1993, p. 169). Las convicciones y las actitudes morales son lazos espirituales. Requieren de una voluntad que no se activa automáticamente, sino que requiere de cierta adhesión interior.

Los principales elementos de la herencia americana que comparte con la europea son para Kirk: la fe cristiana (con sus raíces judías), la herencia romana y medieval de la libertad ordenada y la continuidad de la gran literatura occidental (Kirk, 2016, pp. 20 y 21).

Para entender la fundación de Estados Unidos, entonces, Kirk no acude a la idea de un comienzo totalmente nuevo. En el origen del orden americano está la voluntad de restituir un orden, de reclamar una continuidad de derechos. Por eso es que Kirk hace suya una expresión de su maestro, Edmund Burke, para describir la Revolución americana: una revolución no realizada, sino prevenida (Kirk, 2003, p. 398). Kirk se apoya en Clinton Rossiter (1953) quien sostiene:

Los americanos de 1776 estaban entre los primeros hombres en la historia moderna en defender, más que en buscar, una sociedad abierta y una libertad constitucional; su fe política . . . era sobria, . . . quizás la más notable característica de su teoría política fue su profundo conservadurismo. Por más radicales que parecieran los principios de la Revolución al resto del mundo, en las mentes de los colonos eran completamente preservadores y respetuosos del pasado. (p. 448)

Es de notar que Rossiter califica a los hombres de 1776 de modernos, pero los describe como conservadores. Para disipar los equívocos que pudiera sugerir esta etiqueta de «conservador» dedicaremos unas líneas a ello en el siguiente punto.

Kirk (2003) asevera:

En Norteamérica, la mentalidad de la Ilustración penetró escasamente. Pocos americanos de experiencia cosmopolita, como Benjamin Franklin, se vieron afectados por estas doctrinas, pero incluso en ellos, el optimismo ilimitado de los philosophes estuvo purificado por la experiencia de la realidad en la práctica de Norteamérica. (p. 348)

Según el autor norteamericano no prevaleció en esas tierras la corriente filosófica racionalista. El movimiento ilustrado, que para él era «atrevidamente anti cristiano y desdeñoso de la Edad Media, dedicado al cambio veloz en lo social e intelectual, desarrollando sus propios dogmas de perfectibilidad del hombre y de la sociedad», no tuvo gran influencia del otro lado del Atlántico. Se transmitió, en cambio, una mentalidad más realista, consciente de la debilidad de la naturaleza humana.

La búsqueda religiosa como origen de la civilización

Es la religión lo que da origen a la civilización para Kirk. Repite a menudo la común raíz de cultus, cultivo y cultura, para entender la común realidad de la cual brotan. «La palabra latina cultus . . . a los romanos les significaba a la vez trabajar la tierra y rendir culto a la divinidad» (Kirk, 2007, 124)

El culto compartido da lugar a una forma de trabajo y de vida en torno a una actitud vital de veneración y desarrollo interior y exterior. «Este origen religioso del orden público y privado fue descripto de nuevo en el siglo XX por historiadores tales como Christopher Dawson, Eric Voegelin y Arnold Toynbee» (Kirk, 2003, p. 14).

Este impulso religioso puede decaer, y eso lo que ha ocurrido en esta sociedad irreligiosa actual. Lo que causa esta decadencia es la «pérdida de la idea de lo sagrado» (Kirk, 2006, p. 11), coincidiendo notablemente en las expresiones con Del Noce, quien habla de un «eclipse de lo sagrado» en nuestra época (Del Noce, 1970, p. 196).

Lo que trae aparejado el decaer de la cohesión religiosa, es una merma en la libertad: «Cuando la antigua cultura religiosa y literaria se escurre, queda un temible vacío . . . y un nuevo sistema de compulsiones se diseña para sustituir la antigua voluntaria comunidad y las antiguas lealtades de corazón y mente» (Kirk, 2016, p. 68). Una idea recurrente en Kirk es que la alternativa a la asociación voluntaria es el agrupamiento forzado. La unión entre los hombres brotaba desde el interior, configurando la lealtad de corazón y mente. Una pertenencia compartida a partir de la búsqueda religiosa fortalecía los lazos comunitarios.

Del Noce comparte el juicio de fondo. Y esto se pone de manifiesto en lo que desaparece con la visión religiosa:

Fin de la religión, de la libertad y de la democracia, que será el fin de Europa: porque el principio por el que ha surgido la civilización europea es aquél de un mundo de verdades universales y eternas, de las que todos los hombres participan. El principio del Logos, en otros términos. (Del Noce, 1970, p. 96)

La civilización que se desmorona se lleva consigo libertad y democracia. Estos conceptos tan típicamente modernos no subsisten sin el reconocimiento de verdades universales y eternas. No son fruto de una construcción humana, de un consenso producido por la voluntad de los hombres.

El primado de la contemplación, la reverencia a lo divino, fue el origen de la civilización que hoy está en crisis. Que el hombre sea persona, es central a la filosofía del Logos, y es tal por su participación en lo divino.

Kirk y Del Noce coinciden en que la decadencia de Occidente pasa por su pérdida de religiosidad. Sin embargo, aun aportando abundantes testimonios de una crisis de lo humano, Kirk y Del Noce no consideran esta situación el final inexorable de un ideal gastado. La posibilidad de retomar los tesoros escondidos de una tradición viva son una permanente invitación que está siempre al alcance del hombre.

«El pari [la apuesta], a favor o en contra de Dios, se impone en cada mínimo acto de la vida cotidiana» (Del Noce, 1990, 13). La opción fundamental de rechazo o apertura a la trascendencia es el lugar de la libertad, la indelegable toma de posición personal que cada ser humano está llamado a asumir.

Una vez que la Revolución, como culmen del pensamiento racionalista, muestra sus frutos, y la apuesta contra Dios manifiesta su rostro, surge por contraste el camino que se había abandonado.

El concepto de tradición implica ya una concepción antropológica trascendente

Hemos visto cómo Del Noce identifica en la modernidad una corriente sana que continúa una búsqueda interior que hunde sus raíces en el pensamiento griego. El agustinismo, alimentado del platonismo, contempla una realidad eterna y más que humana para encontrar el sentido de cada existencia y del mundo. Recordemos que, como se dijo más arriba, la línea del ontologismo continúa la interioridad agustiniana incluso en Descartes y prosigue luego hasta Rosmini. Se da una continuidad en la visión antropológica que reconoce que el hombre es hecho persona por su participación en lo divino.

Dice Del Noce (1993): «Platón es el verdadero fundador filosófico de la idea de tradición, contra los sofistas que negaban tal absolutez y se presentaban consecuentemente como maestros de una virtud que se reducía al arte del éxito en la vida pública» (p. 314). Del Noce vincula entonces la tradición a la absolutez y a una contemplación desinteresada de la verdad, fuera del cálculo utilitario. La tradición busca transmitir algo verdadero a la próxima generación con cierto carácter de absoluto, que vale la pena custodiar y cuidar.

La concepción delnociana de tradición no es la del transporte estático de contenidos. Para caracterizarla sirven palabras de un estudioso suyo al referirse a la idea de «Risorgimento». Dice Riconda (2005) que para Del Noce, la tradición es «vida, como principio inescindible de conservación y de desarrollo, de restauración y de creación» (p. 130). Ante la revolución, que fue el quiebre total con la tradición, con promesas salvíficas y con la intención de imponer una praxis transformadora de la naturaleza humana, no conviene una reacción, que implicaría una subordinación a los esquemas planteados por la revolución misma. Es necesaria una postura original, anti-ideológica. El dicho de De Maistre, al que Del Noce recurre repetidamente: «La Contrarrevolución no será una revolución en sentido contrario, sino lo contrario de la Revolución» refleja este espíritu. Es decir, para asumir una postura original es necesario retomar una actitud contemplativa, una visión panorámica, que prevenga del esquema mental que solo quiere tener razón y no busca la verdad. Esa sería la actitud ideológica, a la que Kirk también se opondrá.

El ejemplo de la sociedad opulenta, que se opuso al comunismo desde un horizontalismo materialista mediante la riqueza económica y del consumo, revela para Del Noce la coincidencia de ambos momentos en la visión inmanentista de la vida, en donde no hay más que bienestar sensible y toda búsqueda trascendente es acallada, combatida. En lugar de eliminar la alienación, que era uno de los objetivos declamados por la revolución, la realización de la revolución ha resultado en la universalización de la explotación de los unos a los otros (Del Noce, 1981, pp. 374 y 375).

La tradición, según la entienden nuestros autores, no es traslación invariable de contenidos, sino revivificación. Por eso Kirk usa la metáfora del crecimiento, y repite de su maestro, Edmund Burke, «El cambio es el medio de nuestra preservación» (Kirk, 2003, p. 10). No hay tradición sin cambio. Como dice también otro estudioso del tema, querido por Kirk y citado con frecuencia, John Henry Newman (1845): «El crecimiento [es] la única evidencia de la vida» y «Vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado muchas veces». Otra vez, la tradición no es fijeza, no es repetición. Un biógrafo de Kirk dice que para nuestro autor norteamericano «tradición no es so lo recuerdo de nuestros ancestros, sino apertura a Dios» (Person, 1999, p. 59).

Ya la idea de tradición implica una concepción bastante precisa del hombre, que es apertura a Dios, inmerso en una historia que lo precede, por tanto no totalmente autónomo, sino invitado a reconocer algo dado, llamado a una relación con lo divino. Esta es una antropología contraria a la que proponga que la política es la salvación del hombre.

La tradición está destinada a ser juzgada, revisada y apropiada personalmente. Dice Del Noce (1990) que:

«el problema metafísico es aquél que ningún otro puede haber resuelto por mí» y que se me presenta por tanto en términos siempre nuevos, en razón de la novedad de la situación histórica. No tengo delante de mí una suerte de elenco de problemas ya resueltos, que puedan venir agrupados en un tratado; es al contrario, en el proceso personal de solución del problema metafísico que reconozco en mi tesis la explicación de una «virtualidad» de una afirmación ya sostenida en el pasado. (p. 78)

El hombre está llamado a responder personalmente a lo real, a tomar una postura frente a lo que tiene enfrente. Las respuestas que hayan dado otros en la historia no le eximen de asumir una respuesta propia. No basta con apoyarse en fórmulas pasadas, soluciones de otros, que se pueden transformar en fijo lo contingente. La tradición que se transmite es el ejercicio de la razón que examina lo recibido y encuentra en las virtualidades contenidas en el pasado algo significativo para el hoy. Por eso es que Del Noce, al igual que Kirk, menciona allí mismo a Newman como una ayuda para entender a la tradición como desarrollo de lo verdadero. La tradición es una actividad de examen y un constante ejercicio vivo de la razón.

Ideología vs pensamiento tradicional

El empeño de Russell Kirk fue en gran parte explicar el conservadurismo. Su opus magnum, The Conservative Mind, ilustró a través de ejemplos concretos una reflexión en torno a la naturaleza humana que la inspirara a retomar la búsqueda de primeros principios de orden para el alma y para la polis.

«El conservadurismo es la negación de la ideología», dice Kirk (2004, p. 1) siguiendo a H. Stuart Hughes. Entonces vemos la importancia que cobra el entender a qué se opone el intelectual norteamericano.

«Por definición, "ideología" significa servidumbre a dogmas políticos, ideas abstractas no fundadas en experiencia histórica. "La ideología es religión invertida" , y el ideólogo es el tipo de persona que Jakob Burkhardt llamaba el "terrible simplificador"» (Kirk, 2003, p. 9). Servidumbre a dogmas políticos significa sujeción a intereses y no búsqueda desinteresada de lo real. Es religión invertida porque exige una fe, un «mesianismo político» que promete la salvación en este mundo. Y recurre a fórmulas simplistas, que no toleran la variedad a la que Kirk no se cansará de custodiar, como rasgo distintivo de una sociedad libre.

La visión bíblica del hombre inclinado al pecado es una de las nociones centrales en la tradición religiosa que nuestros autores quieren rescatar, y que está totalmente ausente del pensamiento ideológico. Toda visión revolucionaria estará caracterizada por el optimismo en las fuerzas humanas que pasan por alto su naturaleza herida y debilitada (Kirk, 2003, p. 29). Kirk menciona, por ejemplo, el relato de la torre de Babel contra la utopía, como una advertencia para los hombres a no hacerse como Dios, recordando su mortalidad y falibilidad. Dentro de una re proposición del pensamiento religioso, es esencial volver a esta aceptación del estado de naturaleza caída.

El rescate del espíritu griego en Kirk pasa sobre todo por Platón, en su reconocimiento de un orden divino, más allá de lo humano, un lógos que es necesario contemplar para acercarse a la medida verdadera de las cosas. La claridad romana en buscar el respeto por el derecho natural, que el hombre alcanza con su razón, armoniza con lo anterior. El legado de creencias que Kirk recorre se plenifica con la fe cristiana, el encuentro con aportes de distintos pueblos a lo largo de los siglos.

Se trata de un pensamiento nutrido de la experiencia histórica, y que concibe a la persona definida por su apertura a Dios, por su no absorción en el poder político, por su naturaleza herida.

La modernidad que ha pretendido prescindir de este pensamiento tradicional lo ha hecho muchas veces interpretándolo como un pesado lastre limitante de la libertad, en lugar de una luz para guiar el camino. Kirk cita seguido a Patrick Henry cuando habla de la «lámpara de la experiencia», que ayuda e ilumina, pero no es tenida en cuenta por el pensamiento ideológico.

Buscando una libertad abstracta, la ideología ha terminado por suprimirla. Por eso dice Kirk (2004) que la ideología es una fórmula política que promete a la humanidad un paraíso terrenal, pero ha creado una serie de infiernos terrenos (p. 5).

Del Noce (1990), por su parte, ha insistido siempre en que el origen del racionalismo el rechazo del status naturae lapsae y apunta a toda costa a evitar el perfettismo como lo llama Rosmini al sistema que cree posible lo perfecto en las cosas humanas y sacrifica los bienes presentes a una perfección futura imaginada. Los puntos de contacto con el abstracto pensamiento ideológico que Kirk presenta son evidentes.

La reproposición del pensamiento tradicional no puede tener fines pragmáticos según Kirk y Del Noce. Es un punto que cabe aclarar en este apartado, porque el pensamiento religioso auténtico está en las antípodas de la ideología, siempre sujeta a intereses y no movida por la búsqueda de la verdad. Al respecto, advierte Kirk:

Algunos bien intencionados han pensado en una «religión civil», un culto de patriotismo, fundado en el mito de virtud nacional y bajo la veneración de ciertos documentos históricos, junto con una moral utilitaria. Pero tales experimentos de carácter secular nunca han funcionado satisfactoriamente; y casi no es necesario que señale los peligros de semejante credo artificial, ligado con el nacionalismo: el ejemplo de la ideología del Partido Nacional Socialista en Alemania, medio siglo atrás, es suficiente. El culto al Estado, o de la comunidad política nacional, no es un sustituto sano para la comunión con el amor y la sabiduría trascendentes. (Kirk, 2006, p. 10)

La instrumentalización de lo religioso pertenece a una mentalidad ideológica, de quienes defienden ciertos valores, no por verdaderos, sino por beneficiosos, invirtiendo el orden de las cosas y asociándose a la idea de fuerza, en lugar de a la idea de verdad.

Valoración moderna de la libertad y la democracia: Solo sostenibles desde un horizonte trascendente

Del Noce busca dialogar con la modernidad. No quiere rechazarla en bloque ni abrazarla en bloque. Busca discernir elementos válidos para la convivencia y una fructífera búsqueda humana.

De una forma simpática expresa Kirk (2004) su voluntad de diálogo, diciendo que el ideólogo o el reformista radical, declarándose omnisciente, derriba a todo rival, para llegar más a prisa al paraíso terrenal, mientras que el conservador, en un notable contraste, tiene el hábito de sentarse a la mesa con la oposición (p. 11).

La libertad se planteó muy agudamente en la modernidad, y tuvo sus desvíos. Para enfrentar un desafío de su época, que es también la nuestra, Del Noce explica por qué la libertad es un valor para la modernidad.

El desafío moderno es la sociedad plural. En la Edad Media la unidad de la fe era el presupuesto para la vida moral y social. Quebrada esa unidad, dice Del Noce (2001), es necesario establecer condiciones de vida tales que la verdad pueda ser vivida como tal por el sujeto singular (p. 186). Es decir, perdida la fe y los valores que se desprendían de una vida cristiana, y que podían heredarse por costumbre y sin una apropiación personal, la situación actual obliga a un protagonismo mayor. Cada sujeto singular debe vivir la verdad como algo verdadero para él mismo, y no simplemente declamado como verdadero.

Del Noce se refiere también a la etapa de un acuerdo cristiano-burgués en que se creía en cierto consenso moral en torno a ciertos valores éticos comunes. El valor de la familia, del trabajo, del esfuerzo, se consideraban universalmente compartidos, sin necesidad de una profundización religiosa. Hoy para nuestros autores se pone de manifiesto que este consenso ya no está vigente.

Para Del Noce reina el nihilismo, en coincidencia con Kirk (2016), quien habla del mundo antagónico, de los «enemigos de las cosas permanentes», hablando del desorden disolutivo de toda verdad y del sentido de la vida.

Democracia y libertad, slogans típicamente presentes en la retórica moderna, no sólo son valores dignos de ser buscados en un sentido recto, sino que sólo adquieren su pleno significado cuando están enraizados en un origen trascendente,

A modo de síntesis de muchos de los puntos trabajados, citamos extensamente a Del Noce (1981) explicando el adecuado lugar que tienen los valores de democracia, persona y libertad para el mundo de hoy:

La democracia como valor se puede justificar únicamente a partir de la dignidad trascendente del hombre que, en el individuo singular, sobrepasa ontológicamente a la especie entera, porque el individuo singular es capax Dei y trasciende el orden de creaturas finitas en el cual la especie está inserta. Es de esta convicción que históricamente nace la reivindicación de un derecho a no ser coartado en la propia conciencia, que está en la base de la génesis del estado de derecho moderno. No por casualidad las democracias modernas nacen justamente sobre el terreno de la libertad religiosa, la primera que haya sido reivindicada. A la reivindicación de poder pensar según la propia conciencia sigue aquella de poder vivir según la propia conciencia, y de aquí surge el reconocimiento de la democracia como valor, o para ser más precisos, como esencial instrumento para que se realice el valor de la persona. Premisa de la democracia es por lo tanto el reconocimiento del hombre como realidad que trasciende el mero orden natural. Cuando se renuncia a este pensamiento y se reabsorbe el individuo en la especie, falta el fundamento para la democracia, que se reduce a mera técnica de ejercicio del poder. (p. 410)

Kirk coincide en alertar contra la ideología del «democratismo», que no reconoce valor superior al voto de las mayorías (Kirk, 2004, p. 285).

Ambos entienden que el respeto a la persona es la garantía de la verdadera democracia, y sólo es posible la libertad del individuo en la medida en que se reconoce que es capax Dei, deseo de Infinito, cierto absoluto. La persona singular es irreductible a un cálculo y tiene una dignidad infinita. Del Noce (1981) se recuerda de Kierkegaard para expresar una paradoja: «El género humano tiene la propiedad, porque cada ser singular está hecho a semejanza de Dios, que cada individuo singular es superior a la especie» (p. 410).

La centralidad de la libertad religiosa, distintivo fundamento de las otras libertades, también traza un límite a lo político.

Es necesario reconocer algo sagrado. No todo puede votarse. La mayoría no crea la verdad sobre el hombre. Es necesario moldear instituciones que den el marco para vivir según la propia conciencia, guardando la posibilidad de asociación, de poseer lo propio y educar a los propios hijos, entre otros valores fundamentales.

Sigue Del Noce (1981):

Es mi persuasión . . . que la definición adecuada de totalitarismo es la de la democracia disociada de la concepción del hombre que se ha dicho antes, y que la plenitud del totalitarismo puede advertirse en la plenitud de la sociedad tecnocrática, de la cual el nihilismo, del que tanto se habla, y que es la verdadera victoria de la revolución, no es más que su otra cara, y no es susceptible de otra definición. El puro eficientismo es por definición «sin sentido», por lo tanto autoriza una protesta que, siendo ella misma «sin sentido», no logra formularse como proyecto, y en realidad protege a su adversario, a quien se encuentra unido en la ausencia de sentido. (pp. 410 y 411)

Custodiar la pregunta por el sentido de la vida, por algo por lo que realmente valga la pena vivir y se pueda detener la mirada a la instrumentalización generalizada, no pretender cerrar la búsqueda a una respuesta que el hombre no puede darse a sí mismo, son las únicas formas en que se puede estar a la altura de la verdadera dignidad humana. La re proposición del pensamiento religioso no podrá ser nunca una imposición desde el poder político, pero requerirá de él ciertas garantías para que el seguir la búsqueda personal y comunitaria de la verdad pueda ser vivida en libertad.

Conclusiones

En este recorrido no han abundado las descripciones de los defectos del nihilismo contemporáneo. Aunque Del Noce y Kirk coincidan muchas veces en sus apreciaciones sobre la deshumanización creciente que experimenta la sociedad actual, el presente trabajo se ocupó de ofrecer una vía de salida posible.

La filosofía del ser, abierta a la trascendencia, no fue destruida por la modernidad revolucionaria. Otra vertiente moderna, respetuosa de la persona, atenta a su interioridad y a su deseo de comunión personal y comunitaria ha continuado viva en una tradición que merece ser retomada y revivificada.

La tradición, no como repetición fija de fórmulas, sino como ejercicio crítico de lo recibido para ser actualizado, es una vía de crecimiento intelectual y moral que todo ser humano está llamado a retomar.

Referencias

Buttà, G. (2001). Liberalismo e costituzionalismo americani nella polemica contro il totalitarismo: Hallowell, Friedrich, Del Noce. En F. Mercadente y V. Lattanzi (eds.), Augusto Del Noce. Essenze filosofiche e attualità storica (pp. 464-480). Spes.

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Derechos de autor © 2025 María Carolina Riva Posse

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  1. 1 Todas las traducciones del inglés y del castellano en ediciones originales son mías.