Presentación

Occidente en crisis


Los autores que participan en este número han aportado sus particulares apreciaciones y puntos de vista de lo que para ellos puede ser la raíz de la crisis de Occidente. Lejos de pretender ser una respuesta definitiva, el objetivo es empezar una conversación sobre lo que significa esta crisis, los motivos y cuáles podrían ser las potenciales soluciones a esta problemática. Más que una crisis política o económica, Occidente enfrenta una crisis de sentido, pues ha perdido la coherencia entre libertad, comunidad y trascendencia.

Cuando me invitaron a participar en este proyecto me llamaba la atención de manera poderosa la temática propuesta. Mi interés en el tema civilizatorio empezó hace casi una década tras haber participado en un coloquio auspiciado por Liberty Fund sobre el libro de J. H. Elliott, Imperios del Atlántico: Gran Bretaña y España en América 1492-1830 (2006)1. Dicho libro hace una comparación entre el Imperio español y el Imperio británico en las Américas, y este análisis comparativo se convirtió en un verdadero laberinto que me ha llevado a lo largo de los años a leer cuanta literatura caiga en mis manos sobre las diferencias entre ambos imperios. He descubierto, por un lado, que no todo lo malo que pasaba en Hispanoamérica era culpa de nuestra herencia hispana, ni todo lo que pasaba en Estados Unidos era perfecto o digno de emular.

Con esto no quiero decir que me he vuelto un rabioso hispanista que detesta cualquier cosa que huela a colonización inglesa, ni tampoco creo que sea un apologista de que todo lo que hizo España —y por ende el mundo occidental— fue maravilloso. Más bien, tengo cierta apreciación por culturas lejanas como las asiáticas y siempre me llena de curiosidad cómo otras civilizaciones han logrado de alguna manera superar su estado inicial —tribal en muchos casos— y empezado a construir, sin necesariamente hacer uso de la fuerza, sus comunidades, o como algunas parecen estancados en estados intermedios de desarrollo cultural. Todo esto a pesar de que, dado el gran nivel de globalización y comunicación, podría sugerir que la tendencia es a asumir que lo bueno se copia y lo malo se descarta. Muchas veces sucede lo contrario y se ensalza y se alaba lo malo y lo bueno se oculta o se tergiversa por un mal entendido sentido de soberanía y autenticidad.

También en esta curiosidad que tengo me he metido a ver cómo otras civilizaciones o nuestro mismo Occidente han fracasado muchas veces, sea por guerras, sea por condiciones culturales estructurales incorrectas (antropofagia, sacrificios humanos, falta de libertad), o bien sea por cambios climáticos cuyo control se escapa de las manos de los habitantes de dicha civilización. Más allá de las dificultades que pueda haber en descubrir los fallos de esas civilizaciones o procesos civilizadores es tratar de entender cuáles fueron las razones y las claves de su éxito o fracaso.

El siglo XXI y el auge del pesimismo

Con esta convocatoria, nuestro propósito central consistía en alentar a otros autores a reflexionar y escribir sobre la crisis de Occidente. Una de las preocupaciones que se dio en los últimos años del siglo XX y comienzos del XXI fue un desarrollo económico y tecnológico que a ratos parece inminente e imparable, y, sin embargo, así mismo se ven las semillas de elementos preocupantes o controversiales que parecerían ser, más bien, el comienzo de un futuro socavón de las bases de la civilización como la conocemos.

Otro detalle importante que se hace evidente es el aceleramiento de las controversias o diferencias de puntos de vista sobre lo que es una civilización en los últimos años. Unos argumentan que la civilización aparentemente cada vez más abierta y tolerante nunca ha estado mejor y, sin embargo, no pocos se quejan con amargura, precisamente, de esa libertad que ha logrado. Tal desarrollo logrado parecería que ha generado sociedades que están atoradas en una crisis de identidad, donde nunca hemos sido tan ricos y capaces de lograr bienestar para nuestros habitantes y, sin embargo, hay otra corriente interna que recorre la civilización cccidental de que el fin se acerca, de que el cambio climático, la falta de libertad y el totalitarismo están a la vuelta de la esquina y que hay algo que está podrido en las entrañas de nuestra civilización.

Por poner un ejemplo específico, vemos que crisis como la disminución de la natalidad están amenazando no solo la civilización occidental, sino el resto de civilizaciones y países del orbe. Tan solo hace treinta años se hablaba de lo opuesto: que el planeta estaba sobrepoblado y que había que reducir la tasa de natalidad o estaríamos a punto de destruirlo. Parecería que hoy vamos en la dirección contraria, y se habla de posibles reducciones y decrecimientos poblacionales a nivel global en muchos países desarrollados. Pero esto no es un fenómeno que depende de niveles de riqueza: países muy pobres o en desarrollo medio están experimentando el mismo problema. Familias que antes tenían dos o tres hijos tan solo hace treinta años, en esta época a duras penas tienen un hijo o simplemente parecerían estar contentos con adoptar mascotas y tratarlas como seres humanos para de alguna manera placar ese deseo vital de sentido del deber y cuidar de otros.

Estos extremos no son exclusivos de la civilización occidental. También se han documentado, por ejemplo, en Japón, donde se han hecho reportajes de los refugiados de los cibercafés, net cafe refugees o netto kafe nanmin2 de la «Serie de retratos de Shiho Fukada: Los trabajadores desechables de Japón», un amplio reportaje que expone la realidad de estos refugiados, quienes habitan las 24 horas en cubículos rentados. Aislados en estos espacios, su única conexión más allá del encuentro casual entre desconocidos es la computadora, los juegos y las actividades en internet. Lo más grave ocurre al llegar a la vejez sin amparo familiar ni recursos económicos por permanecer solteros, no haber formado una familia, no tener descendencia que los acoja, o peor aún, una vida ensimismados en el trabajo sin ningún tipo de sentido de vida más que el placer propio y el trabajo. Algunos pueden delinquir para ser arrestados y llevados a prisión, donde podrán por lo menos tener un sitio donde vivir con otros en igual situación, pero en un lugar caliente y subvencionado por el Estado, como se detalla en un reportaje de Vice News (2019)3 sobre los mayores que buscan la prisión a propósito.

La erosión del tejido social y cómo ocurre la crisis

La crisis de natalidad no es la única, hay otras crisis que nos llevan a estas conclusiones tan pesimistas: cambio climático, guerras sin fin, conflictos culturales promovidos o aupados por la migración motivada por cuestiones políticas —no necesariamente económicas—. Se ha subvertido la genuina preocupación por el bienestar del prójimo en una auténtica herramienta de control social y destrucción de otras comunidades. No se busca el bienestar del prójimo sino ganar votos y mantener el poder sin importar si en el camino se destruye el Estado de derecho, la justicia a favor de una población que demanda más y más derechos sin ningún deber.

Se destruye el tejido social de la comunidad en nombre de la tolerancia mal entendida, sin integración total a la comunidad que acoge a los inmigrantes, sin tener tolerancia o respeto por quienes han estado ahí antes, por quienes piensan diferente o por el marco institucional que ha logrado que esa comunidad sea próspera y atractiva para los recién llegados y los habitantes originales. Al contrario, la comunidad que los recibe, lejos de prosperar y enriquecerse con los recién llegados, se empobrece y se convierte en una copia de las comunidades de donde vienen los recién llegados, con prácticas bárbaras y anatemas con la sociedad que los recibe.

Se transforma la sociedad en una democracia de mayorías, en la tiranía de la mayoría, que viola los derechos fundamentales. Se crean pseudoderechos que destruyen los derechos básicos y necesarios para la convivencia social. Ya no se respeta el derecho a la libertad y a la vida, sino que hay derecho a tener cosas, educación, casas, comida, resultados económicos, resultados específicos, que lejos de brindar más bienestar e igualdad crean discriminación, privilegios y empobrecen a todos.

¿Hay un camino diferente?

Frente a esto cabe preguntarse si hay algún camino diferente. ¿Son la autarquía, el nacionalismo, la discriminación a lo foráneo soluciones para estas fuerzas destructoras de nuestra comunidad? ¿Estamos ante la auténtica decadencia de Occidente, arraigada —como lo dijimos en la convocatoria a este número— en una crisis de razón y fe, en creer que la razón camina divorciada de la fe, o que la fe es un obstáculo para la razón?

En el marco de la mencionada convocatoria citamos el libro de Sam Gregg, Razón, fe y lucha por la civilización occidental. La premisa del libro era que en Occidente la razón hasta no hace mucho caminaba de la mano de la fe, y es precisamente cuando la razón trata de caminar separada de la fe que las peores tropelías ocurren en nombre de la razón (Gregg, 2020).

Decía en un comentario de mi Substack en la reseña del libro:

En Occidente gracias a esa fe y esa visión del ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios, articulada primero por el judaísmo en el libro del Génesis y luego reforzada por el cristianismo con el mandamiento nuevo del «amaos los unos a los otros», inculcado hasta la raíz en el pensamiento cristiano y occidental, que hace posibles avances como la eliminación de la esclavitud, que era parte de la estructura productiva del mundo romano y que reaparece nuevamente en el renacimiento mostrando su cara horrible y tal vez más violenta, que la de la antigüedad, la esclavitud a los pueblos del África. (López, 2025)

Y concluía:

A pesar de estos intentos de liberar a la razón de la fe o la fe de la razón han llevado tarde o temprano a descalabros de grandes magnitudes y lejos de plantearnos un problema en ciernes, Gregg parece decirnos que el problema no es ni uno ni otro si no que más bien debemos de abrazar ambos conceptos pues son la esencia de la civilización occidental y solo así se la puede entender. Solo si entendemos ambos lados podremos evitar caer en utopías totalitarias. (López, 2025)

«Eco de Salamanca» y su impacto en el proceso civilizador

Esta convocatoria atrajo en su mayoría a quienes participamos en el coloquio «Eco de Salamanca», llevado a cabo en octubre del 2025. En dicho evento se trató de investigar, conocer y discutir sobre la herencia hispana en el pensamiento de Occidente a través de la escuela de Salamanca. Se discutió el rol de estos autores escolásticos que seguían el método de santo Tomás de Aquino (siglo XII) de usar la razón para descubrir la fe. En su visión, la fe es el elemento central de nuestras vidas, pero no está reñida con la razón. La civilización occidental cristiana está anclada en el precepto dado por Jesús ante los apóstoles y ante la cristiandad y la humanidad entera de «amarse los unos a los otros como yo os he amado». Es decir, Dios está por encima de todo, pero en libertad, y Dios no es vengativo o destructivo, más bien, nos brinda amor y nos dice que el amor al prójimo está por encima de todo y ese amor está matizado por ser tanto como a nosotros mismos. Está en los seres humanos escoger en libertad lo correcto y de esta manera honrar a Dios.

En otras palabras, si odiamos a otros nos estamos odiando a nosotros mismos; por el otro lado, si amamos a otros por encima nuestro, estamos amándonos más que a nosotros mismos, lo cual también es una contradicción. Aunque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, no somos dioses; más bien, somos hechos a su imagen y semejanza con capacidad de razón para escoger entre el bien y el mal, lo que nos permite vivir en libertad. Este método escolástico también implicaba que nuestros razonamientos no pueden estar en contradicción con la razón y la lógica. En consecuencia, lo que no entendemos se debe a que aún no se nos ha revelado, y para eso tenemos a la fe, para que nos sostenga hasta poder comprender lo que es aún incomprensible para nuestra limitada razón.

La escuela de Salamanca, siguiendo estos preceptos, entra en un debate intelectual muy rico, por ejemplo, el análisis para determinar la humanidad de los seres humanos en el Nuevo Mundo después del descubrimiento de las Américas. Poblaciones que habían estado mayormente aisladas por quince mil años o más y que presentaban, de repente, un problema para los europeos, pues se planteaban preguntas, como la legitimidad de la conquista. En España el impacto no fue menor, pues la excusa de la conquista, más allá de cualquier ambición personal de riqueza, fama o gloria, tenía forzosamente la obligación de llevar la palabra de Dios y, por lo tanto, la civilización a quienes aún la desconocían.

Estas deliberaciones terminan siendo las precursoras de los derechos humanos modernos, la idea de la igualdad de los seres humanos independientemente de su raza u origen, la construcción de sistemas de protección de poblaciones indígenas —que fueron integradas al Imperio español y no esclavizadas o exterminadas, como pudo haber ocurrido en la colonización inglesa de Norteamérica—. Hubo abusos y formas de evitar estas protecciones, pero fueron, más bien, parte de la natural tendencia que tenemos los seres humanos a querer burlar las reglas si es que estas terminan limitando lo que culturalmente es aceptable, aunque no sea correcto.

También hubo esfuerzos a lo largo de ese periodo para buscar formas de cambiar esas prácticas culturales a través de la educación, y discusión de estos temas que generan incomodidad en la sensibilidad de los que sí querían vivir la fe. Mucho se logró gracias a la valerosa denuncia de frailes y sacerdotes metidos en ese proceso evangelizador y que actuaban como guías en este proceso. Queda también por descubrirse mucho también, pues quienes escribieron tratados en esos tiempos fueron escritos en latín —el lenguaje común de los sacerdotes e intelectuales de la época— o quedaron relegados a manuales de confesores para sacerdotes. Estos manuales tenían como objetivo guiar a los sacerdotes que tenían como trabajo escuchar las dudas éticas y filosóficas de los fieles y, por lo tanto, determinar y aconsejar si lo que estaban haciendo era legítimo o si estaba en conflicto con la fe.

Otro ejemplo que vemos es la aversión al racismo y la esclavitud en el mundo moderno, que no sería posible sin estos antecedentes que precisamente trataron de erradicar algo que era perfectamente tolerado y practicado por pueblos originarios americanos, quienes esclavizaban a sus rivales o cometían antropofagia (canibalismo), o en pueblos nativos en África donde ayudaban al comercio trasatlántico de esclavos. Estos últimos capturaban nativos de tribus más alejadas de las costas que eran capturados por quienes vendrían a ser iguales a los esclavizados.

Los cristianos de España aborrecían y sentían repugnancia por la esclavitud, pues la sufrieron constantemente a manos de los musulmanes, quienes de tanto en tanto invadían los territorios cristianos. Sin embargo, no tenían aún plena conciencia de que esta podría ser tan mal aplicada a poblaciones originarias de las Américas, como queda claro en los primeros intentos de Colón de encontrar una fuente de beneficio económico a los descubrimientos que iba haciendo. Lejos de encontrar el oro prometido a los monarcas españoles, la exploración y la conquista costaba bastante más de lo que se había ofrecido al financiar el viaje. Esto eventualmente logró, por lo menos en la conquista española, que se buscaran otros fines que justificaran tremenda empresa; estos fines terminaron siendo evangelizadores y civilizadores.

En el caso de las colonias americanas de los ingleses, una gran parte se basaba en el cultivo y el uso de la mano de obra esclava. Hubo otros proyectos, como el de los peregrinos de Nueva Inglaterra, que tenían un carácter más de libertad religiosa, o de los cuáqueros de Pennsylvania o los católicos de Maryland. Sin embargo, ninguna de las colonias tenía como objetivo evangelizar a las poblaciones nativas. Conforme avanzaba el proceso civilizador, estas sufrieron una expulsión hacia el interior de Norteamérica, hasta desaparecer de los territorios ocupados por los colonos ingleses.

Tampoco estamos diciendo que no había comercio de esclavos en los virreinatos, pero este comercio era bastante menos aceptado y estaba más limitado a ciertos puertos como el de Cartagena, La Habana, o lugares como la isla Española. En esta última se reemplazó por completo a la población nativa por mano de obra esclava, al ser los primeros pueblos nativos, en ser expuestos a enfermedades y epidemias que diezmaron a las poblaciones originales. Estos nativos no tenían anticuerpos por estar tan aislados del resto del mundo, y sus cuerpos no tuvieron tiempo de desarrollarlos para enfrentar enfermedades que ya habían diezmado al resto del mundo desde tiempos antiguos.

Conclusión

En mi caso particular, he iniciado un viaje intelectual que enlaza con lo que descubrí hace casi una década al leer el libro de Elliott. Durante estos meses he estado leyendo y sigo explorando obras que reflexionan sobre la civilización. Muchas de estas lecturas me han brindado claridad desde diferentes ángulos de la problemática, como por ejemplo, la reseña que se incluye en este número sobre el libro de Victor Davis Hanson, El fin de todo: Cómo las guerras conducen a la aniquilación (2024)4. Sin embargo, la tarea no es menos angustiante: cada libro abre nuevas preguntas e ideas que plantearse. Esto es algo que espero seguir discutiendo y desarrollando en los medios donde suelo colaborar, aunque también espero poder en algún momento compartir con el Instituto Fe y Libertad para futuros coloquios o paneles de discusión sobre temas relacionados.

Quizá la verdadera crisis de Occidente no sea su decadencia, sino nuestra incapacidad de comprender las condiciones necesarias que protegen nuestro proceso civilizatorio de modas o tendencias, que parecerían ayudarla pero que la van carcomiendo lentamente. Otro elemento que genera la crisis es desconocer los fundamentos de Occidente o rechazarlos en favor de visiones menos trascendentales o que están en conflicto con nuestra dignidad como seres humanos. Lo que los autores de este número de la revista Fe y Libertad han buscado en sus colaboraciones es brindar puntos de vista de elementos que son rescatables y de elementos que hay que cambiar o mejorar si queremos perdurar en el tiempo y mejorar las condiciones de quienes se han ido quedando atrás o sin sentido en el desarrollo de nuestra sociedad.

Referencias

Elliott, J. H. (2006). Empires of the Atlantic World: Britain and Spain in America 1492-1830 [Imperios del mundo atlántico: Gran Bretaña y España 1492-1830]. Yale University Press.

Fukada, S. (2014). Net Café Refugees [Los refugiados de los cibercafés] [video]. En Japan’s Disposable Workers [Serie de retratos]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=j5bVWzTyJ7E

Gregg, S. (2020). Razón, fe y lucha por la civilización occidental (J. M. Sánchez Galera, trad.). Homo Legens.

Hanson, V. D. (2024). The End of Everything: How Wars Descend into Annihilation [El fin de todo: Cómo las guerras desembocan en la aniquilación]. Basic Books.

López, R. (12 de marzo de 2025). Occidente en decadencia. Romulo Lopez’s Substack. https://romulolopez.substack.com/p/occidente-en-decadencia

Vice News. (6 de diciembre de 2019). Some Elderly People in Japan Are Going to Jail on Purpose [Algunas personas mayores en Japón están yendo a la cárcel a propósito] [video]. YouTube. https://youtu.be/aMFlARSz2cQ?si=veU-hIYOev6jhWBM

Rómulo López

Editor invitado


  1. 1https://n9.cl/9s5v84

  2. 2 https://www.youtube.com/watch?v=j5bVWzTyJ7E&t=5s

  3. 3 https://www.youtube.com/watch?v=aMFlARSz2cQ&t=3s

  4. 4 https://n9.cl/i1vzuc

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