Economía, escasez, sus consecuencias éticas y las opciones para resolverla
Economics, Scarcity, Its Ethical Consequences, and Options for Addressing It
José Raúl González
Universidad Francisco Marroquín
Resumen: ¿Es la «mala» distribución de la riqueza lo que hace que haya pobres? ¿Cómo se crea la riqueza y cuál es la manera moralmente aceptable de que ésta se distribuya? En este ensayo trataremos de explicar por qué la economía de mercado es la única forma de crear y distribuir la riqueza de tal manera que reduzca, a largo plazo y de forma sostenible, el problema de la escasez de bienes y servicios. Finalmente, especularemos sobre el futuro de la escasez de cara a los grandes avances tecnológicos.
Palabras clave: escasez, especialización, división del trabajo, riqueza.
Abstract: Is it the “unequal” distribution of wealth what causes poverty? How is wealth created, and what is the morally acceptable way to distribute it? In the present essay, we will attempt to explain why the market economy is the only way to create and distribute wealth in a manner that reduces, in the long term and in a sustainable way, the problem of scarcity of goods and services. Finally, we will speculate on the future of scarcity in light of major technological advances.
Keywords: alterity, difference, mainstream, relational reason, civic virtues, dialogue.
«De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades».
— Karl Marx, Crítica del Programa de Gotha
Introducción
En alguna ocasión escuché a Manuel «Muso» Ayau decir que la pobreza es la condición natural del ser humano y que lo verdaderamente extraordinario es la riqueza. Fue una frase que me impactó profundamente, en primer lugar, por el claro sentido común que caracterizaba a Muso, y en segundo lugar, por las graves implicaciones que tenía dicha expresión.
¿Quiere decir que estamos irremediablemente condenados a ser pobres? ¿Qué podemos hacer para mitigar el sufrimiento de aquellas personas menos favorecidas? Y más preocupante aún: ¿de qué manera podemos acelerar el proceso de creación de riqueza para que esta deje de ser lo «verdaderamente extraordinario»?
Con el paso del tiempo noté, con frustración, cómo algunas personas se negaban a aceptar que Guatemala es un país pobre. Más bien aseveraban que Guatemala es un país «rico» y ponían como ejemplo que éramos un país «rico» en diversidad cultural, clima, tierra fértil, bellezas naturales, que teníamos la Antigua Guatemala, Tikal, el lago de Atitlán, etcétera. Y que la pobreza material de la gente se debía a que la riqueza estaba «mal distribuida».
Por lo tanto, la consecuencia lógica de semejante diagnóstico era que la solución radicaba fundamentalmente en «redistribuir» aquello que estaba «mal distribuido»; con lo que, presumiblemente, se resolvería el problema de la pobreza.
¿Cómo era posible que las personas no se dieran cuenta del absurdo argumento que presentaban? Sin embargo, es frecuente, especialmente entre nuestros políticos y funcionarios públicos, que mantengan esa tesis sin reflexionar ni reparar sobre la realidad de la escasez, la consecuente pobreza y la complejidad de crear riqueza para mitigarla.
Este ensayo tiene por propósito, reivindicar la expresión de Muso y reflexionar que, si la condición natural del ser humano es, efectivamente, la pobreza, ¿qué opciones tenemos para promover aquellas medidas que nos ayuden a, por lo menos, mitigarla? Y ¿por qué esas opciones representan el único camino consecuente con una conducta justa y ética?
La escasez
Paradójicamente, el Manifiesto comunista, escrito por Karl Marx y Friedrich Engels en 1848, no aborda la escasez como un problema inherente a la naturaleza o a la producción en sí misma, sino como una consecuencia «artificial y evitable del sistema capitalista». Para el marxismo, la escasez en el capitalismo no se debe a que la sociedad sea incapaz de producir suficientes bienes para todos, sino a una distribución desigual que beneficia a la burguesía a expensas del proletariado.
Marx vería en la propiedad privada y el mercado una forma de explotación en donde la abundancia solo sería posible, según él, cuando se abolieran las clases sociales. La frase con la que comienza este ensayo proviene de su célebre fórmula de la Crítica del programa de Gotha (1875). Para un marxista, la economía de mercado representa un juego «suma cero» en donde la riqueza de unos es producto de la pobreza de otros.
Encontrar un culpable de la escasez en el capitalismo, cuyos empresarios explotan a sus trabajadores al apropiarse de la plusvalía creada por los empleados, es una fórmula muy conveniente cuando el objetivo es expropiar de los medios de producción. Sin embargo, es una propuesta que, a lo largo de la historia, en donde ha sido practicada, ha demostrado ser un rotundo fracaso si lo que se busca es reducir la escasez y con ello la pobreza.
Uno de los ejemplos más dramáticos de lo anterior lo podemos ver durante la presidencia de Hugo Chávez en Venezuela. Su «Socialismo del siglo XXI» aplicado a una política de expropiación de tierras y empresas fue dramática y casi absoluta. Por ejemplo: las palabras que dijo durante su intervención en el Foro Social Mundial de Brasil en 2003 en referencia a una nueva ley de reforma agraria que pretendía «redistribuir la tierra»: «…una ley que establece los mecanismos para acabar con el latifundio, para intervenir tierras ociosas y para expropiar, de ser necesario, las tierras concentradas en pocas manos; y para cambiar la estructura de tenencia de la tierra» (citado en Ministerio de Comunicación e Información, 2003, p. 20).
O el discurso que dio como justificación a la expropiación de la empresa Owens-Illinois en 2010: «Esa empresa tiene años explotando a los trabajadores venezolanos y dañando el ambiente. He decidido expropiarla, y hay una lista de otras que también serán nacionalizadas» (citado en Instituto de Altos Estudios del Pensamiento del Comandante Supremo Hugo Chávez, 2010).
Las consecuencias económicas de estas decisiones y muchas otras en la misma línea, fueron devastadoras para la economía venezolana. El porcentaje de población desnutrida al principio del régimen de Chávez (2000) era de 14 % y antes del COVID-19 había subido a 24 % en 2019 (Our World in Data, s. f.). Si bien es cierto, la economía venezolana está altamente correlacionada al precio del petróleo, el impacto compuesto de la acumulación de estas y otras decisiones equivocadas «pasaron la factura» a la población.
Por otra parte, desde el punto de vista económico, la escasez no puede ser calificada ni de buena ni de mala o de justa o injusta. La escasez y la pobreza no tienen causa, son el punto de partida. Por lo tanto, siendo la economía una ciencia social que trata lo que es (positiva) y no lo que debería ser (normativa), no tiene sentido calificar a la escasez de manera alguna. Más bien, nos corresponde entenderla como una condición «dada» y debatir sobre la manera más eficiente de reducirla para ver si con ello logramos algún objetivo meritorio.
Por ello, la definición de economía que Manuel Ayau nos propone en su libro El proceso económico es, en mi opinión, la más acertada porque nos conduce a mitigar el problema de la pobreza:
Ciencia que se encarga de estudiar la relación causal entre los medios y los fines que las personas eligen. El problema económico consiste en asignar recursos escasos, con usos alternativos, entre necesidades ilimitadas, de distinta jerarquía, en un mundo de conocimiento disperso. (Ayau, 1993/2018, p. xiii)
Si los socialistas (y otros) parten, equivocadamente, del supuesto que la riqueza es la condición natural del ser humano, es lógico ver que su énfasis será en redistribuirla y no en crearla. Si, por otra parte, partimos como lo propone Ayau, el énfasis estará en buscar la creación de la riqueza —primero— y luego en cómo ésta puede ser distribuida de manera justa.
¿Cómo se crea la riqueza?
La gran contribución de Adam Smith en su libro La riqueza de las naciones fue haber observado y explicado el papel de la especialización y la división del trabajo en el proceso de creación de riqueza. Esa curiosidad intelectual le llevó a concluir que la división del trabajo nos lleva a un aumento de la productividad. Mediante la división del trabajo, los obreros aumentan su destreza al realizar actividades específicas, se reduce el tiempo perdido entre diferentes labores y eventualmente, ese trabajo especializado se mecaniza aumentando aún más la productividad. Literalmente, se crea más de lo que había antes de iniciarse el proceso.
Hoy en día, es raro que nos detengamos a reflexionar sobre ese proceso de «creación» de riqueza. Nos parecen normales aquellas escenas de robots soldando la carrocería de vehículos o moviéndose autónomamente por las bodegas de Amazon para atender los pedidos de los clientes. Quizás sea porque todo este proceso ha ocurrido de manera espontánea, libre y pacífica y por ello pasa desapercibida. Peor aún, nos parece que ese es el estado «normal»" de las cosas y no reflexionamos en su complejidad o en las condiciones que se requieren para que tal aumento en la productividad se dé. Pareciera que hemos olvidado o perdido la curiosidad intelectual de Smith que lo llevó a documentar dicho proceso hace 250 años.
Pero el concepto sigue vigente, escondido en nuestras actividades diarias. Cada persona pasa por un proceso de descubrimiento de aquello para lo que es «bueno» (es decir, para lo que tiene ventaja comparativa) y consecuentemente se dedica a su profesión u oficio. La diversidad entre las personas, sin la intervención de autoridad alguna, nos permite tener médicos o ingenieros que, en sociedad, prestan sus servicios a quienes los consideren valiosos. Así crean riqueza y elevan su nivel de vida y el nivel de vida de todos los ciudadanos.
Es la famosa ley de asociación de David Ricardo que al parafrasearla reza: si cada persona se especializa en hacer aquello para lo cual tiene ventaja comparativa, la producción social aumentará.
Cuesta creer que dicho proceso se pueda dar de manera espontánea y sin la dirección de un ente que «organice» ese proceso. Sin embargo, las personas, mediante otro proceso, el de la prueba y el error y buscando de manera pacífica su propio interés, lo logran de manera razonablemente exitosa.
Basta con verlo en los ejemplos de las sociedades que dejan en libertad a sus ciudadanos. Aquellas que más libertad económica promueven tienen mejores resultados económicos y sociales que los que reprimen a sus ciudadanos. Los índices de libertad económica del Fraser Institute o del Heritage Foundation, que se compilan todos los años, son consistentes en demostrar la correlación entre libertad económica y prosperidad.
Así es como la humanidad ha experimentado, en los últimos 250 años, el proceso de creación de riqueza más grande y acelerado de su historia.
La paradoja del interés propio
Una de las frases más célebres de Adam Smith (1776/1996) en La riqueza de las naciones es aquella que reza: «No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio» (p. 46).
Esta frase tiene dos importantes aspectos. El primero es que ha sido malintencionadamente tergiversada para usarla como una supuesta demostración del «egoísmo» que se promueve en el libre mercado. Esto es muy útil a sus detractores ya que, de esa manera, el capitalismo quedaría moralmente descalificado.
Pero, por supuesto, Smith no promovía el egoísmo. Simplemente describía la naturaleza humana y cómo el libre mercado podía ofrecer resultados virtuosos, aunque estos se dieran sin que mediara la deliberada intención de sus actores. Esto último, claramente, no puede ser calificado como «egoísmo».
Thomas Sowell (2007), en su libro A Conflict of Visions, explica esta aparente paradoja. Él utiliza una matriz de cuatro cuadrantes en donde aparecen, en un eje, las acciones que se realizan con intención o sin intención; y en el otro, los resultados de dichas acciones que pueden ser buenos o malos.
Aquellas acciones que se hacen con intención y tienen resultados malos los califica como vicios. Las que han sido realizadas intencionalmente con resultados buenos las califica como virtuosas. Luego vienen las acciones realizadas sin intención que tienen resultados malos; estos son calificados como «accidentes». Y, finalmente, se dan las acciones sin intención que dan resultados buenos. Estos últimos son un gran signo de interrogación…
La mayoría de las personas no son «malas» en el sentido de que no están constantemente haciendo intencionalmente actos malos. Desafortunadamente, tampoco se encuentran todo el tiempo en ese cuadrante en donde deliberadamente realizan acciones con resultados buenos. Por otra parte, los accidentes tampoco son tan comunes —para nuestra suerte —, lo cual nos lleva a la conclusión que la mayoría de nosotros está, la mayor parte del tiempo, en el cuadrante que corresponde al signo de interrogación.
La mayoría de nosotros, buscando nuestro propio interés, realiza acciones que, sin intención, tienen resultados buenos. El lugar en donde esto ocurre se llama «el mercado» y es exactamente a lo que Smith se refería cuando hablaba que «no es por la bondad del carnicero que…». En el mercado, a cada momento ocurren cosas buenas para todos los involucrados aunque ellos no estén plenamente conscientes. Por ello es tan importante que las acciones que se dan en el mercado sean juzgadas por sus resultados; no por sus intenciones.
Así que, para frustración de algunos detractores de la economía libre, las transacciones que ocurren en el mercado benefician a todos de manera no intencionada, lo cual nos conduce a comentar sobre el segundo aspecto de esta paradoja del interés propio.
El segundo aspecto es que el proceso de creación de riqueza mediante la división del trabajo es necesario pero no suficiente para prosperar. Es indispensable que, luego de la creación de riqueza —producto de la especialización—, se dé el intercambio. Es decir, el panadero no produce pan para consumirlo todo él y su familia. Si fuera así estaría viviendo en la autarquía, que lo condenaría a la pobreza. Consume el pan que desea pero el resto lo intercambia; lo vende para poder consumir muchas otras cosas que también necesita.
Es el mismo caso con el carnicero. De esta manera, cada uno de nosotros nos volvemos especialistas en lo que producimos y a la vez somos interdependientes con los otros miembros de la sociedad para cooperar pacíficamente y, a través de la cooperación social, mejorar nuestro nivel de vida producto del intercambio de los bienes y servicios que producimos.
Francisco Pérez de Antón (2004) lo describe correctamente en su ensayo La libre empresa:
Si entendemos por egoísmo el beneficio de nosotros mismos a costa del beneficio de los demás y hacemos de esta pasión el pivote del sistema, no hay posibilidad alguna de que funcione… Ningún sistema social, por otra parte, podría erradicar el egoísmo, ni la limitada generosidad del hombre. Pero el sistema social de libre empresa tampoco lo antepone al amor. Sencillamente acepta al ser humano como es, confiando en que la poderosa fuerza moral de la libertad haga crecer las pasiones buenas y reduzca las malas… No existe sociedad más benevolente ni generosa que aquella donde priva un sistema social de libre empresa. (p. 36)
El egoísmo, es decir, la búsqueda por mejorar la condición propia a expensas de los demás, no tiene cabida en la situación que acabo de describir. Los superiores resultados que se dan en una economía de mercado son producto de que las personas solamente pueden prosperar, individualmente, si cooperan en sociedad mejorando, al mismo tiempo, el nivel de vida del resto de ciudadanos.
Es más, su prosperidad será el reflejo de que la sociedad valora los bienes o servicios que produce y, por lo tanto, están dispuestas a pagar por ellos.
El proceso de distribución de la riqueza
El intercambio representa la culminación del proceso que se inicia con la división del trabajo, pasa por el aumento de la producción (riqueza creada) y termina con el comercio (intercambio) de los bienes o servicios.
Si todo este proceso se da de manera libre, voluntaria y pacífica, sin que medie la coerción o fraude, entonces lo podemos calificar, objetivamente, como legítimamente «justo». Lo vemos en nuestro quehacer diario cuando, normalmente, un intercambio de bienes, entre dos personas, termina con un «gracias» recíproco. Situación que se da porque, en dicho intercambio, cada persona ha valorado, de manera subjetiva, lo que recibe, con un valor superior comparado con lo que ha dado a cambio.
Es justamente lo que los pensadores de la escuela de Salamanca, como Diego de Covarrubias, sostuvieron: que el valor de los bienes no se basa en el trabajo ni en los costos de producción, sino en su utilidad y la escasez. Esta idea anticipó la teoría subjetiva del valor, razón por la cual, en todo intercambio, ambos participantes resultan beneficiados.
Es así como se distribuye la riqueza bajo una economía de mercado. La especialización y la división del trabajo crea la riqueza incremental en función de las ventajas comparativas de cada ser humano y a través del comercio pacífico y voluntario se distribuye entre los participantes quienes valoran el beneficio de dicho intercambio de manera subjetiva para beneficio de todos.
La palabra clave es «subjetiva», ya que, partiendo de la teoría de valor marxista, para ellos el valor es objetivo. Y la única fuente de valor es el trabajo. Desde esa equivocada y desacreditada perspectiva no es posible entender cómo una persona puede valorar una chaqueta más que un mueble cuando éste ha tomado más horas de trabajo del carpintero comparado con las horas de trabajo del sastre.
Y a pesar de ello, el proceso de mercado, con todas sus imperfecciones, ha demostrado poder reducir la pobreza. De acuerdo al documento Poverty, Prosperity and Planet Report 2024, la pobreza global1 cayó a 8,5 % de la población mundial. Este mismo indicador se encontraba a niveles de 40 % a principios de la década de 1990 (World Bank Group, 2024). Una noticia que, sorprendentemente, no ha acaparado titulares en los medios de comunicación. Al contrario, los titulares normalmente hacen énfasis en la pobreza que aún persiste sin reconocer la que se ha eliminado a lo largo de los años. Mucho menos sin atribuir el mérito que corresponde a la economía de mercado.
Es importante hacer énfasis en que el proceso ha sido imperfecto porque ningún proceso en el que participe ser humano alguno puede ser perfecto. Sin embargo, la gran virtud del proceso es que tiene colocados los incentivos adecuados para autocorregirse e ir encontrando la manera de reencauzarse. Estos incentivos se basan en la búsqueda personal del interés propio.
Y es, precisamente, porque el proceso es imperfecto que sus enemigos buscan corregir dichas «imperfecciones del mercado» mediante la intervención del Gobierno. Los impuestos progresivos, los subsidios, la regulación estatal, las expropiaciones, etcétera, forman parte del menú de opciones de los funcionarios públicos. Todas estas herramientas se aplican invocando las imperfecciones del mercado que deberán ser «corregidas» por medio de la gestión pública. A estas personas les corresponde responder a la frase del premio Nobel de economía James Buchanan:
«Los economistas que analizan las fallas del mercado tienen la obligación moral de también analizar las fallas del Gobierno» (p. 253).
La realidad es que, en la práctica, el mercado ha demostrado ser más eficiente en corregir los errores o las «fallas de mercado» que la gestión de los funcionarios públicos. Los incentivos de la burocracia gubernamental difícilmente pueden estar alineados a los intereses de las personas ni mucho menos tienen la agilidad necesaria. Es decir, los imperfectos funcionarios tienen un peor récord que los imperfectos ciudadanos en la búsqueda por solucionar sus problemas.
Me remito de nuevo a la evidencia presentada por el Fraser Institute o el Heritage Foundation en sus índices de libertad económica para evidenciar que a mayor tamaño del Gobierno hay una menor correlación de bienestar económico y social.
El futuro de la escasez
Frente a este optimista panorama de una caída en la pobreza global y una serie de mejoras tecnológicas producto de nuestro alto nivel de especialización que prometen aumentar nuestra productividad aún más: ¿será posible la utopía marxista en la que cada uno recibirá según sus necesidades y aportará según sus posibilidades?
En el libro Superabundance de Gale Pooley y Marian Tupy (2022) se predice un futuro optimista en el que el mundo no camina hacia la escasez sino hacia una «superabundancia» impulsada por la creatividad humana, la libertad económica y el intercambio voluntario. Casi es una nueva versión de La riqueza de las naciones pero basada en hechos contemporáneos donde la creatividad humana se vuelve el recurso más importante.
No sé hasta dónde podrá llegar ese proceso que, indiscutiblemente, se ha dado a partir, principalmente, de la Revolución Industrial. Quién sabe hasta dónde nos llevará la revolución que nos tocará vivir en materia de inteligencia artificial. Lo cierto es que todo parece indicar que estamos moviéndonos en dirección a un mundo en donde podremos ver una significativa reducción en el costo de la energía al introducir nuevas tecnologías. Una baja en este rubro se traducirá a costos menores en todos los ámbitos de nuestra vida y la humanidad experimentará un aún mayor pronunciado incremento en su prosperidad ya sea por el lado de mejores ingresos o por costos más bajos.
Esas tendencias se pueden ver en los recientes avances tecnológicos y en la comparación del costo relativo de los bienes y servicios de hoy comparados con el costo de los mismos bienes en años anteriores. Las mejoras cualitativas y en el costo de fabricación son evidentes y demuestran que Adam Smith las pudo predecir correctamente. Hoy, como ayer, la riqueza de las naciones se explica por la mayor o menor libertad económica que permite potenciar el proceso de especialización, creación y distribución de riqueza mediante el intercambio libre, voluntario y pacífico. Pooley y Tupy (2022) lo miden en lo que costaba adquirir un bien en el pasado en relación a las horas de trabajo que había que sacrificar para obtenerlo. Hoy en día, ese cociente nos dice los grandes aumentos en nuestra productividad producto de la caída del denominador.
Ante esta evidencia tan contundente, los nuevos seguidores de Marx, continúan más preocupados por la «concentración de la riqueza» y siguen justificando la arbitraria intervención del Gobierno para «redistribuir» aquello que consideran está mal distribuido. En la medida en que el público compre esa tesis, en esa medida estarán alejándose de alcanzar más rápidamente la prosperidad. La evidencia demuestra que es más importante preocuparse por crear la riqueza para reducir la escasez y la pobreza; que preocuparse por la diferencia de riqueza entre las personas. De nuevo, el problema es la pobreza (escasez), no la distancia entre la riqueza de los ciudadanos.
Lejos de fomentar las virtudes éticas del trabajo y el intercambio pacífico, esa visión intervencionista tiende a capitalizar en la envidia y la violencia como medio para justificar fines «nobles». La realidad es que el proceso de mercado no está diseñado para dar resultados «equitativos» o iguales sino para garantizar que el medio por el cual se crea y distribuye la riqueza es compatible con la ética, la cooperación social y las virtudes de una vida en sociedad.
Pretender introducir al proceso de mercado conceptos arbitrarios de «justicia distributiva» bajo consignas de «justicia social», en un segundo proceso de redistribución de la riqueza, solamente puede ser logrado mediante la coacción y violencia del estado. Y como «de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno», ha quedado evidenciado que ese proceso es exitoso para empobrecer a todos los ciudadanos. Paradójicamente, con ello, se logra reducir las diferencias materiales entre ellos al empobrecerlos en lugar de enriquecerlos. Así todos somos más parecidos en la pobreza.
Lo cual nos lleva a concluir que el único sistema compatible con un comportamiento ético, un resultado justo y uno más próspero es aquel en el que los ciudadanos, de manera libre elijen su oficio y de manera pacífica intercambian el fruto de su trabajo ganado honradamente. La única intervención justificable del Gobierno será para garantizar la vida, la libertad y la propiedad de sus ciudadanos.
La moraleja es una esperanzadora, la condición natural del ser humano seguirá siendo la pobreza. Seguiremos naciendo desnudos. Pero es una condición para la cual no hemos sido condenados irremediablemente. La especialización, la división del trabajo, la cooperación social y el intercambio libre nos pueden conducir a la prosperidad y a la convivencia pacífica.
Está en nuestas manos promover a la economía de mercado como el sistema de organización social que más efectivamente nos puede llevar a cumplir con la aspiración de reducir la escasez y vivir progresivamente mejor como nos lo predice el libro de Superabundance.
Referencias
Ayau, M. (2018). El proceso económico (7.ª ed.). Editorial Centro de Estudios Económico-Sociales. (Originalmente publicado en 1993).
Heyne, P. T. (2014). The Economic Way of Thinking [La mentalidad económica] (13.ª ed.). Upper Saddle River.
Instituto de Altos Estudios del Pensamiento del Comandante Supremo Hugo Chávez. (25 de octubre de 2010). Balance de la gira presidencial por Europa, Asia y África por parte del Comandante Presidente Hugo Chávez. Todo Chávez. http://www.todochavez.gob.ve/todochavez/972-balance-de-la-gira-presidencial-por-europa-asia-y-africa-por-parte-del-comandante-presidente-hugo-chavez
Marx, K. (2004). Crítica del Programa de Gotha. Fundación Federico Engels. (Originalmente publicado en 1891).
Ministerio de Comunicación e Información. (26 de enero de 2003). Discurso del presidente Chávez Porto Alegre, 26 de enero de 2003. Gobierno de Venezuela. https://urru.org/videosbolibananos/discursos/Discurso_Porto_Alegre_FSM.pdf
Our World in Data. (s. f.). Share of People Who Are Undernourished [Porcentaje de personas desnutridas]. Recuperado el 30 de abril de 2026: https://ourworldindata.org/grapher/prevalence-of-undernourishment?time=2000..2023&country=OWID_WRL~VEN
Pérez de Antón, F. (2004). La libre empresa. Unión Editorial; Universidad Francisco Marroquín.
Smith, A. (1996). La riqueza de las naciones. Alianza Editorial. (Originalmente publicado en 1776).
Sowell, T. (2007). A Conflict of Visions: Ideological Origins of Political Struggles [Un conflicto de visiones: Los orígenes ideológicos de las luchas políticas]. Basic Books. (Originalmente publicado en 1987).
Tupy, M. L. y Pooley, G. L. (2022). Superabundance: The Story of Population Growth, Innovation, and Human Flourishing on an Infinitely Bountiful Planet [Superabundancia: La historia del crecimiento demográfico, la innovación y el florecimiento humano en un planeta infinitamente generoso]. Cato Institute.
World Bank Group. (2024). Poverty, Prosperity, and Planet Report 2024: Pathways Out of the Polycrisis [Informe sobre pobreza, prosperidad y el planeta 2024: Vías para salir de la policrisis]. https://doi.org/10.1596/978-1-4648-2123-3
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1 Por pobreza extrema se entiende a las personas que ganan menos de $ 2.15 diarios.