La dualidad de la escasez–abundancia
Una reflexión desde la antropología trascendental de Leonardo Polo
The Scarcity-Abundance Duality
A Reflection In Light of Leonardo Polo’s Transcendental Anthropology
Linda Paz Quezada
Universidad del Istmo
[email protected]
https://orcid.org/0009-0006-8491-3377
Resumen: Este trabajo examina la relación entre escasez y abundancia a partir de la antropología trascendental de Leonardo Polo, quien distingue tres dimensiones de la persona humana: naturaleza, esencia y acto de ser. Sobre esta base, Polo sostiene que la escasez se vincula con la naturaleza corpórea y la esencia humana, en cuanto ámbitos marcados por la limitación, mientras que la abundancia radica en el acto de ser personal, caracterizado por su apertura y donación. Esta superabundancia se expresa en la noción poliana de «además», entendida como la irreductibilidad del ser personal a cualquier forma de cierre o limitación. El análisis permite articular una comprensión más profunda de la persona humana y ofrece claves para repensar las dinámicas económicas y sociales desde una lógica del don que no niega, sino que trasciende, la lógica de la escasez.
Palabras clave: Leonardo Polo, antropología trascendental, acto de ser personal, dualidad, escasez, abundancia, economía del don, "además".
Abstract: This paper examines the relationship between scarcity and abundance from the perspective of Leonardo Polo’s transcendental anthropology. Polo distinguishes three dimensions of the human person: nature, essence, and the act of being. On this basis, Polo argued that scarcity pertains to corporeal nature and human essence, insofar as they are marked by limitation, whereas abundance is grounded in the personal act of being, characterized by openness and donation. This superabundance is expressed in Polo’s notion of ‘además,’ understood as the irreducibility of personal being to any form of closure or limitation. This analysis offers a deeper understanding of the human person and provides conceptual tools to rethink economic and social dynamics from a logic of gift that does not negate, but rather transcends, the logic of scarcity.
Keywords: Leonardo Polo, transcendental anthropology, personal act of being, duality, scarcity, abundance, gift economy, ‘plus’.
Síntesis bio-bibliográfica de L. Polo
Antes de llevar a cabo una aproximación a la dualidad de la escasez y la abundancia desde la antropología trascendental de Leonardo Polo, por ser un filósofo reciente en la historia (1926-2013), se expondrá un poco sobre su vida y pensamiento que se acerca a esta realidad desde una visión novedosa. Polo es una mente brillante que aporta al mundo de la filosofía análisis antes no expuestos. En el bachillerato, con 15 años leyó el texto de la Filosofía fundamental de Balmes y sacó la idea clara de la importancia de los primeros principios. En esos años, leyó la Suma teológica de Tomás de Aquino, a quien respetó y citó en muchos de sus escritos posteriores. En esa primera lectura Aquino presenta la creación como una relación accidental (quaestio 45). Polo lo leyó en clave de la importancia del principio y le pareció que la creación es algo que pertenece a lo primero, y llegó a la conclusión que no podría ser un accidente, sino que debía pertenecer al ámbito del ser, es decir, a la metafísica y de la esencia del universo, tema que la física clásica había considerado, pero nunca un accidente.
Por esos años de bachillerato, años de la guerra civil española, leyó a Ortega y a Zubiri entre otros filósofos. Tenía una natural inclinación por las matemáticas, pero se decantó por estudiar derecho, dada la tradición familiar. Terminada su licenciatura sus lecturas se orientaron hacia Hegel (Filosofía del derecho), Heidegger (Ser y tiempo), Kant (Crítica de la razón práctica), Spinoza, (Ética), sin faltar todos los libros de Aristóteles. Polo no dejó de hacer lecturas comparadas de filósofos a lo largo de su vida.
Concluyó una licenciatura en Derecho en la Universidad Central de Madrid (hoy Universidad Complutense de Madrid) en 1949, cursándola en cuatro años. Luego inició una licenciatura en Filosofía y Letras en la misma universidad y obtuvo el grado de doctor en Filosofía en Madrid, bajo la dirección de Antonio Millán-Puelles en 1961, con una tesis sobre Descartes, publicada luego como «Evidencia y realidad en Descartes» (1963).
En una entrevista concedida al profesor de la Universidad de Navarra, Juan Cruz (1992), titulada «Filosofar hoy», Polo expuso que la filosofía actual confiaba demasiado en la razón enfatizando la autoposesión, la inmanencia y encerrándose en la reflexividad, lo que lleva a una pérdida del acceso al ser, que era el objetivo de la metafísica clásica. Piensa que para hacer una filosofía hoy habría que volver al principio, sin repetir sistemas del pasado o nuevos, sino pensarla desde el acto de ser.
Polo cuenta con una obra muy vasta. Se están publicando sus obras completas (de momento 40 volúmenes) que suman en total 15 000 páginas. Se cuenta, entre otros, con 73 libros sobre su filosofía, 21 libros colectivos, 4 revistas dedicadas al pensamiento de Polo, entre ellas Studia Poliana, 162 artículos y capítulos fuera de las publicaciones polianas, 43 tesis doctorales sobre su pensamiento, 76 trabajos de fin de grado y posgrado y más de 10 congresos celebrados para estudiar su pensamiento hasta el momento que se escribe este trabajo. Estos datos reflejan el interés suscitado por el pensamiento de Polo.
A sus 24 años, Polo descubrió el método por él llamado «abandono del límite mental», probablemente su mayor aportación a la filosofía actual, intuición que desarrolló a lo largo de su vida. Le sorprendió que nadie antes lo hubiera intuido y expuesto pues a él le pareció evidente, dados los conocimientos que le brindaron sus lecturas filosóficas. Con este método se dio cuenta que se puede trascender el conocimiento ordinario u objetivante (el que presenta objetos pensados e ideas al pensar). Las primeras obras en las que Polo desarrolló este método fueron El acceso al ser (1964) y El ser I (1966).
Leonardo Polo falleció en Pamplona el 9 de febrero de 2013, a los 87 años. Mantuvo una intensa actividad intelectual y una notable lucidez hasta los últimos días de su vida. Continuó trabajando en la Universidad de Navarra y en su investigación filosófica hasta la semana previa a su fallecimiento. Sus discípulos lo describen como una persona entrañable y con un buen humor envidiable (Franquet Casas, 2014; Sellés, 2018–2024.)
Este año, por celebrarse el centenario del nacimiento de Polo, se tienen programados congresos y publicaciones en varios continentes en donde se profundiza en su pensamiento.
El método del abandono del límite mental; la distinción entre la realidad física y metafísica (propio del universo) y la esencia y el acto de ser personal (propio del hombre)
El «abandono del límite mental» propone dejar de pensar el ser como objeto, para advertirlo como acto. Subraya la distinción real actus essendi-essentia. Polo considera que gran parte de la filosofía occidental se quedó pensando sobre todo en la esencia de las cosas («objetivada»), cuando el actus essendi es más radical y alto. La inteligencia convierte el ser en objeto pensado, cuando el ser es más profundo que cualquier objeto.
Para abandonar el límite, Polo explica que se lleva a cabo a través del conocimiento habitual (hábitos adquiridos e innatos), de los que ya habían tratado Platón, Aristóteles, san Jerónimo, Tomás de Aquino, etc., pero tras el siglo XIII se olvidaron, olvido que permea la modernidad. El conocimiento habitual permite conocer cuatro grandes regiones de la realidad: dos de ellas están orientadas al conocimiento extramental del universo, y las otras dos a la realidad humana. Fruto de ese método es la distinción de las cuatro regiones de lo real: por un lado, el acto de ser y la esencia del universo, y por el otro, el acto de ser personal y la esencia del hombre. Estas dos actos de ser y esencias, hay que tratarlos por separado, pues no están al mismo nivel y no es posible explicar al hombre, desde las mismas categorías que las propias de la física y metafísica. Su gran aporte, que denomina antropología trascendental, radica en diferenciar de lo material del universo la realidad del ser personal: la esencia y el acto de ser personal.
Como se ha dicho, las dos primeras regiones conforman la realidad extramental: la física y la metafísica clásicas, conocida una por los hábitos adquiridos de la razón, y otra por el hábito innato de los primeros principios. El hombre tiene una capacidad innata de conocer el ser del universo, acto de ser que es dependiente del ser divino; ese hábito es una apertura a actos extramentales que están en la realidad, el ser extramental o ser del universo que es persistente, al que Polo llama «persistencia», porque se mantiene, no desaparece espontáneamente, pero se trata de una permanencia recibida, de la permanencia del ser físico en el tiempo según un orden causal que no depende de sí mismo (Polo, 1999b). Con eso advierte que el ser extramental está vinculado al ser divino, al que denomina «Origen». Independientemente de que se conozca el universo, este existe; es exterior al hombre. Este hábito de los primeros principios es innato y posibilita la metafísica. La otra región extramental es la física o esencia del universo, que se conoce por medio de hábitos adquiridos de la vertiente teórica de la razón. Se trata de la tetracausalidad física, que explica cómo funciona la realidad de lo físico (causa material, formal, eficiente y final), pero no el fundamento último del ser, del ser en cuanto ser.
Polo entiende que para acceder al acto de ser personal se requiere abandonar el límite mental para poder abrirse al ser personal que no puede ser reducido a objeto (cosa). Su tarea de distinguir entre ser y esencia tanto en el universo como en el hombre le lleva a recuperar la dimensión trascendente del hombre —el actus essendi hominis—, donde ubica la libertad trascendental o personal, distinta del libre albedrío clásico o capacidad de elección, encuadrado en la essentia hominis.
Para Polo, el hombre es tridimensional: se comprende en la articulación entre «naturaleza» corpórea, esencia y acto de ser personal (Polo, 1999a; 2003a). La primera dimensión pertenece al orden físico; es la naturaleza corpórea, transeúnte, finita y corruptible, pues es mortal. Se trata del conjunto de funciones y facultades sensibles con soporte orgánico que posee el hombre y que se da tipológicamente de forma dual: hombre-mujer. Cuando la persona humana es creada, se apropia de un cuerpo humano, de una vida recibida (la célula recibida de los padres biológicos en el primer instante de la concepción), al aceptarlo le añade desde la vida personal la capacidad de personalizar (esencializar) la vida recibida formando así la vida añadida.
En la interioridad se distinguen dos dimensiones: la esencia y el acto de ser personal. A la esencia humana, o alma, Polo también la llama «yo» o la «esencia del hombre» (términos equivalentes para él), en la que la sindéresis activa a las potencias de la inteligencia y la voluntad. El alma es activa y equivale al hábito innato de la sindéresis, una dotación natural humana que anima y orienta todo el actuar, ofrece las primeras normas de moralidad («primeros principios prácticos»). Supone el conocimiento nativo de la ley natural humana, desde donde se conforma la ética.
La tercera dimensión es el acto de ser personal, núcleo de la intimidad, en donde radican los trascendentales personales de coexistencia, libertad, conocimiento y amor. El acto de ser personal, núcleo de la intimidad, ilumina la esencia, y la esencia organiza la naturaleza corpórea (Polo, 1999a; 2003). El acto de ser personal se manifiesta en los trascendentales personales, la persona se entiende como apertura coexistente en donde radica la abundancia (Polo, 1999a). Como se ha dicho, en el acto de ser radican los trascendentales personales, que no son los mismos que los trascendentales metafísicos (los clásicos: ser, verdad, bondad, y también belleza, unidad), sino que son propios de la persona en exclusiva. Estos trascendentales los expone en orden de importancia, aunque obviamente están íntimamente relacionados: la coexistencia libre o la libertad coexistencial, el conocer y el amar personales.
Una persona que sabe coexistir es profundamente alegre, tiene buena relación con él mismo, con los demás, con el cosmos y con el Creador u Origen, y, pase lo que pase, se sabe amparado por Dios; tal relación lo enriquece y le hace darse más y mejor. Por el contrario, la tristeza es un síntoma claro de que, entre la persona humana, los demás, su entorno y la trascendencia divina existen obstáculos que no le permiten coexistir en armonía. Cuando se permiten esos obstáculos deviene un encapotamiento u oscurecimiento, mayor o menor, del sentido de la coexistencia con; es decir, se despersonaliza, se empobrece, sufre escasez. Lo propio de la persona es la comunicación, lo contrario es la soledad que actualmente es considerada una «epidemia del siglo XXI», porque se ha convertido en un problema de salud pública con graves consecuencias físicas y mentales, aumentando el riesgo de enfermedades cardiovasculares, depresión, ansiedad y muerte prematura. Aunque no es una enfermedad clasificada como tal, su impacto es comparable al de otros problemas de salud importantes, debido a los efectos negativos en la calidad de vida. La soledad se considera como una vivencia desagradable que se vincula a una escasez de la intimidad intrapersonal (Sullivan, 1953); de ella deriva una ausencia de vínculos agradables y de compañía satisfactoria (Young, 1982). La co-existencia-con que es considerado como uno de los trascendentales de la persona, lo contrario es la incomunicación, la soledad que le despersonaliza.
El afecto propio de la libertad trascendente (distinta al libre albedrío) es la esperanza, que lleva a confiar en que se alcanzará el sentido personal, su fin último, y al aceptarlo plenamente se abre de manera libre e ilimitada. La falta de libertad lleva a la desesperación, se obscurece el futuro, y sin él la situación se vuelve dramática y angustiosa. La condición de «además» significa que la persona es un ser de esperanza. Ser además es un adverbio que significa que siempre se puede ser más, por lo que Polo sostiene que «todo éxito es prematuro», ya que siempre se está llamado a ir a más.
El conocer personal no se reduce al pensamiento discursivo, el hombre no solo razona, sino que es capaz de captar la verdad de manera más profunda, es el conocer a nivel de acto de ser cuyo tema es Dios; por eso el conocer personal llena de confianza (cum fide, fidelitas, fiducia), da la fe natural de que alcanzará la plenitud personal a la que aspira. Su falta lleva a la pérdida de sentido personal, a lo que sigue la infidelidad (sine fide), desconfianza (diffidentia), el miedo, la sospecha, la deslealtad y la traición.
Finalmente, la raíz de todos los sentimientos positivos del espíritu es el amor personal, que produce el gozo y la paz. Su contrario es el odio y sus afines: el rencor, el aborrecimiento, el resentimiento, el desprecio, etc., pues en todos estos cabe una escala. Este amor constitutivo es el que mueve a la persona a realizar las tareas de forma gozosa. Una madre no se levanta a medianoche a amamantar a su hijo por simple fuerza de voluntad; es una voluntad amorosa la que la lleva a hacerlo de forma que le produce gozo y paz, y le hace llevar con gallardía el cansancio que pueda suponer esta etapa temprana del crecimiento de su hijo. Las relaciones personales, la libertad, el conocer, adquieren una dimensión elevada cuando se toman decisiones con inteligencia, voluntad, pero informados por el amor.
En el siguiente cuadro se muestra un esquema sintético de la antropología trascendental de Polo, que se seguirá explicando a lo largo del escrito (elaboración propia).
Figura 1
La abundancia de dualidades de la persona humana
La persona humana es un ser complejo de entender, dada la riqueza que encierra. Polo explica como algunos pensadores modernos se han centrado en solo uno de los aspectos de la persona sin poder entenderlo en su complejidad, sin lograr ver el rico entramado que existe, al fijarse más en el obrar. Se detienen en ver un árbol concreto e imposibilitan la capacidad de ver el bosque y de allí acercamientos a la realidad parciales, empobrecidos, limitados, fragmentados, reduccionistas.
Leonardo Polo encuentra que el hombre tiene varias dualidades constitutivas de su estructura antropológica (Piá, 2001). Gracias a esas dualidades se hace posible la convivencia, el actuar libremente y el crecimiento de la persona. Polo entiende que el hombre es un ser estructuralmente dual sin perder su unidad antropológica. Encontrará varios pares correlativos en las distintas dimensiones de la persona humana: la corpórea o naturaleza; la esencia o alma y el acto de ser-con.
La primera dimensión, la naturaleza humana, como ya se expuso, es el conjunto de funciones y facultades sensibles con soporte orgánico que posee el hombre y es tipológicamente dual (varón-mujer). Se trata de dos tipos humanos de diverso sexo, inviables por separado, porque ninguno de los dos por separado constituye la naturaleza humana completa (Polo, 1999). Los dos tienen una dignidad radical en el ser, pero son distintos en la esencia (modos distintos de corporeidad, relación y afectividad) y en la naturaleza corpórea. La complementariedad no es un resultado de roles sociales contingentes, sino una dualidad constitutiva que se abre al amor, a la comunión interpersonal y a la procreación. El hombre y la mujer son dos tipos de la misma naturaleza abiertos y relacionados, no son cerrados ni autosuficientes. El hombre no se puede explicar en plenitud sin la mujer sino en mutua referencia y viceversa, pues son complementarios en sentido ontológico y no solo en el plano funcional. Se trata como todas de una dualidad de enriquecimiento. La diferencia sexual expresa modos distintos de entender, querer y sentir. No se oponen en una jerarquía, sino que se trata de una cooperación constitutiva. Para Polo (2003) la diferencia sexual se orienta a un enriquecimiento recíproco que culmina en la donación y la acogida.
La dualidad principal se da en la segunda y tercera dimensión: la esencia y el acto de ser. La esencia o alma lleva a la persona a obrar: el alma le indica a la inteligencia que conozca y a la voluntad que quiera. La persona no se le puede reducir a su biología ni a su psicología ni, desde luego, a su historia (Polo, 1999a), sino que está siempre abierta a crecer. Como se ha dicho, la esencia está configurada por las facultades de la inteligencia y voluntad propias de la esencia y constituyen otra dualidad como una circularidad entre la verdad y el bien, que se siguen permanentemente la una a la otra. Estas facultades son espirituales y por medio de los hábitos son perfectibles por tres elementos que se relacionan entre sí, dando lugar a una triple dualidad: en la cúspide, ápice o yo, se encuentra la sindéresis, una dualidad compuesta de un miembro superior (querer-yo), que activa la voluntad, y de un miembro inferior (ver-yo) que activa la inteligencia; por la vertiente del querer-yo se da otra dualidad, donde la sindéresis es el miembro superior y la voluntad el miembro inferior; y por la vertiente del ver-yo, se da otra dualidad: la sindéresis es miembro superior y la inteligencia miembro inferior.
En cuanto a la dualidad de cuerpo y alma, santo Tomás sostuvo que hay una unidad sustancial entre ellas; Polo enfatizará que están integradas. El alma es el principio organizador y el cuerpo la expresión exterior y operativa del alma. Hay también una dualidad entre el objeto conocido y la operación cognoscitiva. Identificar el pensamiento con el objeto lleva al racionalismo y confundirlos reduce el conocer a fenómeno mental o psicologismo.
La libertad se da también de forma dual: a nivel esencia está en un nivel de tener. La voluntad necesita la luz de la inteligencia y la inteligencia crece cuando la voluntad se dirige hacia el bien; es este movimiento circular lo que permite la libertad (Polo, 1999a). En la esencia humana la libertad se eleva a una forma espiritual y moral, orienta la propia vida hacia fines valiosos, de acuerdo con la verdad conocida por la inteligencia. Es el libre albedrío que se ejerce en el ámbito del obrar y se manifiesta en la vida moral y en las virtudes. En la dimensión del acto de ser la persona es libertad de destino, es capaz de aceptar y donarse sin perder, sino siempre ganar, la libertad no es una facultad ni un «poder de elección», sino una dimensión trascendental del ser humano. Esta libertad no se agota en los actos elegidos, sino que es modo de ser, apertura ontológica. En ella el hombre se realiza como coexistente, es decir, como ser que existe con los demás y para los demás. La libertad trascendental no aísla, sino que abre a la coexistencia, al conocer y al amar, y desde ella se destina a su fin.
Otra dualidad se encuentra entre lo exterior y lo interior. La exterioridad se manifiesta, entre otras cosas, en el lenguaje, el trabajo, la cultura, la moda, la convivencia social, mientras que la interioridad se muestra en el ámbito del pensar, recordar, deliberar, desarrollar hábitos, unificar experiencias. Si falta la interioridad, la exterioridad es superficial. La interioridad necesita de la exterioridad para no encerrarse en sí misma. La persona crece cuando logra integrar varios niveles y mantiene apertura hacia los demás.
El crecimiento es un proceso gradual y formativo, no es un acto instantáneo. Se requiere un juego entre la dualidad de la operación y el hábito. Los hábitos son perfecciones estables que capacitan al hombre para operar con mayor eficacia y profundidad; son actos que permiten adquirir nuevas perfecciones. Hay hábitos innatos y otros hábitos adquiridos. La inteligencia y la voluntad nacen a cero, como tabula rasa una y como potencia pasiva y van creciendo a lo largo de la vida gracias al hábito innato de la sindéresis, instrumento con que la persona las activa. También el hábito de los primeros principios y la sabiduría son nativos y susceptibles de crecimiento.
Veamos ahora la dualidad del individuo y la sociedad. La persona es irrepetible y llamada a vivir en sociedad, en donde perfecciona su lenguaje, su cultura, sus vínculos, su capacidad de trabajo, mientras cada quién aporta creatividad, apertura innovadora, fecundidad intelectual, responsabilidad y un despliegue de novedades irrestrictas. Esta dualidad explica que la comunidad y la persona se co-implican. Todo acto individual tiene una repercusión social; toda cultura se conforma de actos personales que se comunican en sociedad; toda persona está llamada, por un lado, a construir el bien común, y por otro, a gozar de él. Siendo la sociedad una realidad esencial, no personal, la vida social facilita o entorpece el ejercicio del ser personal (Polo, 2003a).
La persona solo es posible en sociedad; es coexistente. No elige ser sociable, es que sin la sociedad no se puede llegar a ser. Un bebé recién nacido es inviable si se le abandona; necesita absolutamente de los demás para lograr desarrollar sus potencias, no solo al inicio de su vida, sino hasta el final de ella. Cada persona se enriquece en relación con los demás. La ética tiene sentido porque las decisiones que toma una persona, además de impactarle a ella, tienen un efecto directo en los demás y en su entorno, por mucho que tome esas decisiones en solitario y sin que aparentemente lo sepan los demás. Un ejemplo clásico es el de un ejecutivo que para bajar el estrés que le provocan sus relaciones en el trabajo y la conciliación familiar decide tomarse un trago de licor al final del día. Si cada día el cuerpo le pide un poco más, llegará a convertirse en un borracho. Este mal hábito lo ha desarrollado en soledad, pero su efecto se manifiesta en la familia (violencia, mentira, etc.), en el trabajo (del que es despedido, con el consecuente efecto en el ingreso familiar y una reata de situaciones que son difíciles de resolver). Todo acto personal influye en la sociedad y, por eso, la ética examina los actos personales, políticos y culturales en relación con los demás.
La dualidad de la escasez y la abundancia
Desde las intuiciones de Polo podemos aproximarnos a otra dualidad antropológica: la escasez y la abundancia. Aunque Polo no formula la dualidad que presenta la contraposición escasez-abundancia, esta surge coherentemente de su antropología trascendental. La escasez pertenece a los niveles de la naturaleza y la esencia, mientras que la abundancia se corresponde con el acto de ser personal, que es fundamentalmente donal, al don pertenece la abundancia. «La naturaleza humana es física, y lo físico es limitado por definición» (Polo, 1984, p. 281). El cuerpo con sus funciones orgánicas es finito y sujeto a los límites propios de todo ente material. La escasez corporal se expresa en las necesidades biológicas como el alimento, el tiempo, el frío o calor, la necesidad de descanso, vestido, transporte, educación, economía, etc. La esencia es un «tener», que opera en la inteligencia y la voluntad, consiguiendo desarrollar hábitos adquiridos en una y virtudes en otra, perfecciones que pueden crecer irrestrictamente.
En cambio, el acto de ser personal es sobreabundante; Polo lo denomina «además», una fuente inagotable de apertura y crecimiento. El «además» es trascendental; se trata de una abundancia ontológica, que no se reduce a capacidades ni facultades psicológicas propias de la esencia. El acto de ser es donal, se sabe que lo que tiene es recibido y al aceptarlo se convierte en don que se puede dar sin perder su singularidad, es desbordante respecto de la esencia y la corporeidad. El don enriquece a quien lo da; esta lógica pertenece al ámbito del ser, no de la economía, ya que el acto de ser personal no está sujeto al cálculo ni a la escasez (Polo, 2003a).
Polo afirma que por su límite corpóreo la escasez pertenece al ámbito de la naturaleza y de la esencia, por su limitación en la funcionalidad de las operaciones de la inteligencia (hábitos) y la voluntad (virtudes o vicios). Cabe oscurecimiento cuando la inteligencia no sigue a la verdad o en la voluntad si no sigue al bien. La abundancia personal no elimina la escasez propia de la esencia, pero sí la ilumina y la transforma. Ante lo finito el hombre puede responder con creatividad, solidaridad, generosidad y capacidad de donarse. Esta abundancia conforma la ética, que informa a la familia, el lenguaje, la cultura, el mercado, la técnica, la moda. Sin negar la escasez, la abundancia personal se vuelca para superarla.
Esta dualidad expresa uno de los rasgos más novedosos de la antropología trascendental de Polo: la persona es capaz de convertir la limitación en ocasión de crecimiento y la finitud en oportunidad de amar. Una persona enferma puede sufrir por sentirse víctima, o puede decidir desde esa limitación aportar amor, alegría, optimismo y donar la riqueza interior que aporta más que la exterior, así el acto de ser tira hacia arriba de la esencia y de la naturaleza.
La corrupción como escasez que lleva a la despersonalización
Como se ha visto, en la antropología de Polo la persona humana es un acto de ser personal, distinto y superior a la esencia del hombre o alma. La persona es directamente ser–con Dios, pero se abre coexistencialmente por medio de los hábitos innatos de los primeros principios y de la sindéresis al cosmos y a los demás. Cuando la persona oscurece su propio acto de ser, se despersonaliza. Con ello decrece y se cierne sobre su esencia. Si busca reducirse a ella, va perdiendo el «además» (Polo, 1999a).
Cuando la persona se encierra en su yo, alma o esencia (capacidades, éxitos, intereses, logros profesionales, políticos o sociales), va perdiendo la riqueza de su ser personal. El convertir a las otras personas en instrumentos, rebajarlos a categoría de cosa, tratarlos como objeto, valorarlos por su utilidad, función o rendimiento, o entenderlos desde lo que puede producir, tener o representar, reduce al hombre a objeto (de manera objetivante) y se despersonaliza en ese proceso (Polo 1991).
La despersonalización degrada al ser personal y cae en una dinámica de pretensión de sí, buscando su sentido en su yo, y manipulación, apropiándose de forma indebida del otro, aprovechándose de él en vez de servirlo como a una persona, cerrándose en vez de abrirse, poniendo la inteligencia al servicio del engaño y la voluntad al propio interés, de manera que entorpece su crecimiento personal, pues ha decidido renunciar a la elevación del ser personal (Polo, 1996). Se despersonaliza si se aísla de manera autosuficiente o narcisista, cerrándose a la apertura coexistencial que es. Esta corrupción es la lógica de la escasez, pues empobrece la vida personal. Cuando la inteligencia se instrumentaliza se oscurece la verdad; cuando la voluntad se repliega a tener, pierde el sentido de donación. Cuando el otro se convierte en objeto y deja de ser visto como persona se aniquila la coexistencia, se anula su libertad, se pierde la capacidad de amar y de destinarse hacia lo trascendente.
En las sociedades donde impera la corrupción se desarrollan estructuras despersonalizantes, cundiendo la desconfianza, la violencia, la instrumentalización del otro, la polarización. Una sociedad corrupta es, una sociedad antipersonal, porque obstaculiza el crecimiento humano en un ambiente donde la persona no puede donar, abrirse, ni confiar, que son condiciones de su despliegue personal. Contrario al don es la corrupción que es individualista, y manifiesta la incapacidad de proyectarse hacia el bien común, aumenta los niveles de pobreza y de analfabetismo, reduce de manera significativa las cifras de productividad, lacra el desarrollo de los derechos humanos y la consecución de la justicia y, por tanto, de la igualdad ante la ley, reduce la competencia empresarial, retrasando inversiones nacionales, deteriorando la infraestructura, ahuyentando la inversión extranjera lo que lleva a frenar el crecimiento económico y social. La corrupción contamina a todos: funcionarios, políticos, empleados, empresarios y ciudadanos, haciéndoles peores y ejerciendo un efecto en cadena que afecta a la sociedad entera (Calderón, 2018).
La corrupción es un lastre ético y político que va en deterioro de la dignidad de la persona, que niega su dignidad al sustituir el ser por el tener: aparentemente se enriquece, pero a costa de empobrecer el ser. Hay un error antropológico cuando lo que se posee se confunde con lo que se es. La corrupción sucede cuando el ser es invadido por el tener y llega a idolatrar el tener, absolutizándolo y definiéndose por lo que tiene, propio de una mentalidad de escasez. El tener es relativo e instrumental y fuente de la escasez cuando se encierra, se incomunica y deja de extenderse a los demás. No cabe reducir a la persona a lo que posee (Polo, 2003a), sino que está llamada a expresarse en una superabundancia en la que se agrega un «además» propio del crecimiento, la donación y la apertura, de su llamada a crecer continuamente (Polo, 1999a).
La corrupción expresa una autolimitación que deja de ver a los otros como fin, y se les instrumentaliza, negándolos y convirtiendo la libertad en apropiación a costa de aprovecharse de los demás utilizándolos como medio u objeto. La corrupción impacta directamente a la sociabilidad propia de la persona porque corroe el vínculo interpersonal, fuente del deterioro la sociedad. El horizonte social de la persona se enriquece cuando comparte lo que es; en cambio, al corromperse deja de buscar el bien común encontrando oportunidades de apropiación ilícita. La persona no es viable de manera aislada, pues constitutivamente coexiste con otros, se trata de un «ser-con-otros»; al instrumentalizar a los otros destruye la necesidad de coexistir-con, porque la coexistencia personal no admite dominio, lo propio de coexistir es comunicar el ser (Polo, 1999a). La corrupción rompe la comunicación del ser en la que hay una mutua donación y rebaja sus relaciones manipulando, sustrae en vez de donar, captura en vez de cooperar, oculta en vez de transparentar, se estrecha en vez de ampliarse; en definitiva, bloquea la fuente de riqueza del espíritu.
La lógica del don como lógica de la abundancia
La intelección y desarrollo de la «lógica del don» empezó, como tantas cosas, en la Grecia clásica, seguido por la tradición cristiana; más tarde, con un fuerte impulso, en el personalismo contemporáneo, y también con la aportación de Polo de la donalidad como constitutiva del acto de ser. Aristóteles abordó la benevolencia natural que hay entre amigos que lleva a querer como propio el bien del otro mostrando un amor recíproco; a un amigo no se le instrumentaliza, como escribirá en su Ética a Nicómaco. Brindó un fundamento ético a la donación afirmando que el hombre crece cuando se da, aporta el fundamento del don como virtud relacional. Aristóteles es el primer gran pensador que formula una estructura antropológica del don a partir de la philia, entendida como benevolencia recíproca. El bien del otro es querido «como propio», pero sin instrumentalizarlo. Aunque no desarrolla una metafísica del don como Polo, deja el fundamento ético: el hombre crece cuando se da.
Ya en el cristianismo, san Agustín aportó el orden del amor como estructura del ser humano, el amor es un don del ser; si todo bien procede de Dios como don primero, el hombre participa de este bien donándose en forma de entrega libre y no poseyendo al otro. En De trinitate, VIII, Agustín introduce la idea del amor como don del ser; todo bien procede de Dios como don primero, y el hombre participa de él donándose. Afirma que la persona está estructurada para la entrega libre, no para la posesión. Santo Tomás, en su Suma teológica, da un aporte importante al reforzar la metafísica del don como dinamismo ontológico del ser cuando afirma que Dios es un bien difusivo de sí mismo, lo que la criatura imita cuando comunica el bien a sí mismo y a los demás en la caridad.
Para Polo, en la modernidad la filosofía se fue centrando en un aspecto concreto, reduciendo su plenitud con visiones que interpretan de forma fragmentaria al ser humano, lo que provocó atrofias antropológicas. Así, por ejemplo, Marx reduce la persona a la producción y la economía al trabajo. Freud reducirá al hombre a su instinto sexual, y Hegel a la conciencia y la historia. Por su parte, Sartre se centrará en la libertad y llegará a la nada, y Kant a la práctica elevándola a legisladora universal (Polo, 2006a). Como consecuencia, surge un pesimismo que desiste de pensar que el hombre es capaz de Dios. Al cerrarse a la trascendencia busca en el mundo y en su acción lo que se le ha cerrado. La consecuencia es una tristeza espiritual que lleva al hombre a buscar la felicidad en lo material (Sellés, 2018). A principios del siglo XX se da un nuevo dinamismo a la noción de don con el personalismo y la fenomenología. Scheler (2010) ve el amor como impulso que eleva el valor del otro, pues es expansión del valor que trasciende el interés: el amor es proactivo, no reactivo.
Marcel Mauss descubre el don como un hecho social total. En su Ensayo sobre el don (1925), expone que el don no es solamente un gesto altruista, sino que articula la sociedad. Su contribución a la sociología del don es un punto de partida importante. Ve el don como hecho social total en todas las dimensiones humanas. Afirma que el don articula las distintas dimensiones humanas desde las jurídicas hasta las morales, pasando por la religión, economía, familia, etc. (Mauss, 2010). Observa que las sociedades tradicionales funcionan en un círculo de dar, recibir y devolver que se convierten en tres obligaciones que se co-implican y mantienen unidas a las comunidades que son capaces de generar vínculos, crear alianzas y cohesionar gracias al don, que no es gratuito, ya que exige reciprocidad, obligación moral y resguarda el honor de las personas y comunidades. Para él la reciprocidad es el centro de la vida comunitaria, porque supera el individualismo contractualista de la sociedad moderna. Mauss es sociólogo, por lo que no desarrolla una metafísica del don, pero inspira a filósofos posteriores para ver el don como una categoría humana fundamental. Su aporte abre una vía para entender la lógica del don como valor imprescindible en el mercado en donde el intercambio busca ante todo el bien del otro y crea vínculos más que la simple equivalencia, como aportará Benedicto XVI en Caritas in veritate (2009).
El don en el intercambio no se basa en la equivalencia, sino en la creación de vínculos. Polo comprende que el don del que habla Mauss es universal porque los intercambios sociales del don derivan del carácter donal del hombre. Para Polo, Mauss observa, describe y estudia operaciones con el don, pero no llega al acto de ser personal. Polo acotará que la persona humana es un ser donal, cuya estructura interna es la donación, el don es lo más alto del ser humano, pues se abre trascendentalmente (Polo, 1999a). Mauss expone cómo dan los hombres, mientras Polo expone por qué la persona tiene la capacidad de dar: porque su ser es un don.
La economía del don se ha ido desarrollando con mayor fuerza en los últimos años y ha tenido un impulso importante desde 2009 con las reflexiones de Benedicto XVI que se publicaron poco después de la gran crisis financiera de Occidente, que explotó el año anterior, en su encíclica Caritas in veritate. Afirmó que el mercado es un instrumento natural en el que se intercambian bienes y servicios, pero que puede funcionar con una lógica distinta a la del beneficio propio. Sugiere que el mercado necesita integrarse en una lógica de gratuidad o del don, porque la persona no es solo «productora», sino «donante», dirá que «es necesario que en el mercado se dé cabida a actividades económicas de sujetos que optan libremente por ejercer su gestión movidos por principios distintos al del mero beneficio, sin renunciar por ello a producir valor económico» (Benedicto XVI, 2009, n. 29). Añadirá que tenemos un gran desafío planteado por las dificultades del desarrollo en este tiempo y agravado por la crisis económico-financiera actual: mostrar, tanto en el orden de las ideas como de los comportamientos, que no solo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad, sino que en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma (Benedicto XVI, 2009, n. 37-38).
Polo comenzó a impartir cursos de antropología trascendental desde la década de 1970. En los apuntes de esos cursos aparece la intuición de que la persona es acto de ser recibido y capaz de darse, pero no con la formulación madura de «actividad donal». La idea de que la persona es recibida y, por eso, donante, está ya presente en los cursos orales de Polo de los años setenta, aunque aún no sistematizada (Sellés, 2006). El primer escrito publicado en el que Polo formula con claridad que la persona humana es un ser donal aparece en 1999, cuando introduce los trascendentales personales, y entre ellos la donalidad vinculada a la coexistencia, libertad, conocer y al amar personal, afirmará que el acto de ser humano es donal. La persona no sólo coexiste y es libre, sino que se da y recibe sin perderse (Polo, 1999a). En la Antropología trascendental II: La esencia de la persona (2003), aparece la estructura del don: dar-aceptar-don. La persona se da cuenta que ha sido dada, donada, y al aceptar esta realidad, se ve como don capaz de convertirse en don y por lo tanto de dar. Afirma que la donación es propia del acto de ser personal, no se trata de una categoría ética sino trascendente (Polo, 2003).
La persona es vulnerable y se descubre necesitada prácticamente siempre de infinidad de bienes y servicios materiales, también bienes espirituales; es más, puede espiritualizar lo material. La necesidad es algo permanente en la persona porque es relacional, no se basta autárquicamente; las personas necesitamos unas de otras para subsistir, somos coexistentes desde que nacemos hasta que morimos, pero no solo necesitamos de bienes materiales, sino principalmente de bienes intangibles que son fundamentales. El niño tiene derecho y necesidad del amor de unos padres; esa riqueza se resiste a ser reducida a un dato en un balance general o un PIB, y sin ella se vendría a pique la sociedad.
La gran riqueza del ser humano es que es único e irrepetible, algo patente en la tradición judeocristiana, tesis que cada vez se confirma más con la ciencia: no ha habido unas huellas dactilares iguales o ADN idénticos a lo largo de la historia, lo que prueba que hay una creatividad infinita en Dios, que después de los miles de años que se han sucedido desde la aparición del primer humano, no se ha repetido ninguno que sea igual a otro. Cada persona aporta al mundo una novedad; por eso hay que valorar la vida de cada persona, pues está llamada a aportar al mundo una perfección que solo ella puede dar. Y como cada ser personal es distinto, es diferente la manera en que manifiesta su relación con los demás y su entorno, manifestando la libertad que es. Cuando es consciente de los dones recibidos y los acepta con agradecimiento, se convierte el mismo en un don, se dona a los otros: «solo quien recibe el ser como don puede darse como don» (Polo, 2006b, p. 202).
El trabajo en el binomio escasez-abundancia
La antropología trascendental de Polo se acerca al trabajo desde la distinción entre esencia humana y acto de ser personal. El trabajo pertenece a la esencia, mientras que la abundancia pertenece al acto de ser. El trabajo, propio de la escasez, se ve iluminado desde la sobreabundancia ontológica de su ser. Polo sostiene que la esencia humana está compuesta por potencias, hábitos y operaciones que perfeccionan al hombre en su despliegue temporal (Polo, 1999a). En este nivel se encuentra la inteligencia, la voluntad, los hábitos, las virtudes, y en la naturaleza orgánica, el cuerpo. El trabajo, como producción técnica y transformación del mundo, se sitúa dentro del ámbito esencial, porque implica operaciones orientadas a fines mediante medios, apoyadas en el aprendizaje, la disciplina y la cooperación (Polo, 2003a).
El trabajo es necesariamente limitado pues se encuentra condicionado por el tiempo, el cansancio, los recursos materiales y la necesidad. En el nivel de la esencia aparece la escasez, que corresponde al mundo físico limitado finito y en un cuerpo necesitado de bienes para subsistir. La economía tiene en la esencia su raíz antropológica. Pero el hombre no se reduce a su esencia, sino que esta se ve enriquecida por el acto de ser personal, que está abierto a un crecimiento donal que Polo denomina «además». El acto de ser se caracteriza por su carácter donal, de entrega y apertura propio de su estructura que no está limitado por la apropiación ni la carencia (Polo, 1999a).
El acto de ser es abundancia ontológica, donde no hay cabida para la escasez, al no estar limitado a una cantidad de bienes. La escasez de la esencia es acogida y elevada desde la abundancia del ser personal. La abundancia ontológica no elimina la escasez propia de la esencia, pero le da otro sentido. El trabajo se desarrolla dentro de circunstancias de escasez, pero el acto de ser personal que trabaja añade el «además», que da un sentido trascendente y amoroso a su trabajo, por lo que es capaz de crear, cooperar y amar. El «además» da sentido e ilumina el trabajo desde dentro, al orientar sus operaciones hacia fines superiores (Polo, 1999a). El trabajo pasa de ser una respuesta a las necesidades escasas a convertirse en donación. Con estas aportaciones se puede reinterpretar la economía y la productividad, al formularla como donalidad personal, y no simplemente como respuestas a la carencia.
La libertad ¿escasez o abundancia?
Aunque ya abordamos anteriormente los niveles de la libertad en Polo, conviene detenerse de nuevo en este tema. El concepto de libertad es tan rico que Polo lo matiza según la dimensión desde donde se esté analizando. Desde la naturaleza corpórea el hombre cuenta con una libertad física que implica no tener impedimentos, como sería estar atado o encarcelado. Es la libertad de hacer, a la que llama pragmática. En este ámbito estará condicionado por su biología, su entorno y sus impulsos.
A nivel de la esencia la libertad se eleva de manera espiritual y moral y es capaz de orientar la propia vida hacia fines valiosos, de acuerdo con la verdad conocida por la inteligencia y el bien conocido por la voluntad. Se trata de una libertad moral que equivale al libre albedrío, la capacidad de elegir entre medios para alcanzar un fin, definición ya expuesta por Aristóteles y Tomás de Aquino (Polo, 1999a). Aquí la libertad aun es escasa, pues se reduce a un nivel operativo o psicológico. Polo dirá que este nivel de libertad no define al hombre, porque opera en un nivel en donde las cosas son finitas. El hombre tiene libertad al ejercitar su libre albedrío, pero en un nivel superior, en su acto de ser, la persona es libertad. Se trata de una cualidad intrínseca y trascendente que le lleva a conocer su origen y a buscar su destino personal e ir tras él.
Es en el acto de ser personal en donde el hombre descubre cuál es su origen y puede destinarse donándose; es donde su libertad se convierte en abundancia; es la libertad trascendental. Aquí la libertad no se agota en los actos elegidos, porque es el modo de ser de la apertura ontológica. En esta dimensión la libertad es coexistente. La libertad es una propiedad constitutiva del acto de ser personal. Polo dirá que la libertad es una apertura inagotable, por medio de la que la persona es capaz de darse y crecer sin agotarse; es pura abundancia (Polo, 1999a). La libertad no depende de estar encerrados, ni es definida por los actos y las obras, porque está abierta a poder crecer y ser más, «además», por lo que capacita para coexistir amorosamente con Dios y desde él con los demás al darse como don; en este sentido la libertad de los otros no limita, sino que es expansiva. La unión de la libertad de las personas en esta dimensión da lugar a la solidaridad y, por lo tanto, a la abundancia. De ahí la limitación de la frase «mi libertad se termina donde empieza la de los demás», porque la libertad personal no tiene límite; es más, el amar personal lleva a interesarse por los otros y a intervenir de forma coexistentemente amorosa para ayudarles.
A modo de conclusión
En la antropología trascendental de Polo, la escasez y la abundancia pertenecen a distintas dimensiones del hombre. La primera es propia de la naturaleza corpórea (que es transeúnte, mortal y finita) y, asimismo, de la esencia (en donde radican la inteligencia y la voluntad, activadas por el yo), mientras la abundancia radica en el acto de ser, que se caracteriza por trascendentales personales: la coexistencia libre o libertad coexistencial, el conocer y el amar.
Las reflexiones que se han desarrollado en este escrito advierten que la tensión entre escasez y abundancia no se puede comprender adecuadamente desde categorías exclusivamente económicas o materiales, sino que, en la misma estructura ontológica de la persona humana, donde hunde sus raíces. Desde la antropología trascendental de Leonardo Polo, la escasez se vincula a la condición limitada de la naturaleza corpórea y de la esencia humana, marcadas por la dependencia, la vulnerabilidad y el crecimiento perfectible. Sin embargo, el ser humano no se agota en estas dimensiones. En el acto de ser personal se descubre una sobreabundancia constitutiva que Polo llama el «además», que sitúa a la persona en el horizonte de una radical apertura al otro, del don propio de la coexistencia y de la capacidad de amar más allá de toda lógica meramente utilitaria.
La lógica de la escasez, aun siendo real e inevitable en determinados ámbitos de la vida económica y social, no puede constituir el último criterio para interpretar la acción humana. La lógica del don no elimina ni niega la lógica de la escasez, sino que la trasciende, al mostrar cómo las relaciones humanas, el trabajo, la empresa, el intercambio económico y la vida social encuentran su plenitud cuando se abren a dinámicas de gratuidad, reciprocidad y bien común.
La antropología poliana ofrece claves fecundas para repensar los fundamentos de la convivencia contemporánea, proponiendo una comprensión de la economía y de la sociedad más acorde a la realidad de una persona cuya riqueza más profunda no radica en lo que posee, sino en el ser personal que, como coexistencia libre y amorosa, está llamado a darse. Solo así es posible maximizar las utilidades encerradas en la riqueza de la persona humana, que sobrepasa a las materiales.
El hombre es el único ser llamado a sobreabundar, a convertir la escasez en plenitud y a añadir siempre un «además» en todo lo que hace cuando se sabe que está llamado a coexistir libre, cognoscente y amantemente, el acto de ser personal con sus radicales o trascendentales personales viene a ser como un imán que eleva todo lo que hace porque le hace trascender a su naturaleza y esencia.
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