Contrapunto al concepto de escasez
La abundancia del acto de ser personal como fundamento antropológico de la economía
A Counterpoint to the Concept of Scarcity
The Abundance of Personal Being and the Anthropological Foundation of Economy
Hugo Donaldo Cruz Rivas
Universidad del Valle de Guatemala
Marco Antonio García Kihn
Universidad del Istmo
Resumen: La escasez es un concepto central en la teoría económica moderna. Contrasta los deseos y necesidades de las personas frente a la limitación cuantitativa de lo material. Tal concepto pasó de ser una condición superable mediante el crecimiento económico en Adam Smith, pasando por la visión catastrófica de Malthus, hasta una centralidad metodológica en Robbins y Samuelson, entre otros. Hacia finales del siglo XX surgen críticas a este concepto tales como la de Amartya Sen. Este artículo propone un contrapunto en el tema. Se trata de la fundamentación de la economía en la antropología trascendental según Leonardo Polo. Sugiere voltear la mirada al origen de la economía que es la acción humana y su raíz en el acto de ser y en la esencia de la persona. Esta visión ofrecería un anclaje filosófico que contribuiría a la controversia entre escasez y abundancia: la economía surge de la abundancia donal de la persona.
Palabras clave: escasez, abundancia, acto de ser personal, esencia de la persona, acción humana, Leonardo Polo.
Abstract: Scarcity is a central concept to modern economic theory. It contrasts people’s desires and needs with the limited supply of material goods. This concept evolved from being a condition that could be overcome through economic growth in Adam Smith, through Malthus’s catastrophic vision, to becoming a methodological cornerstone in the work of Robbins and Samuelson, among others. Toward the end of the 20th century, critiques of this concept emerged, such as Amartya Sen’s. This article proposes a counterpoint on the subject. It concerns the foundation of economics in transcendental anthropology according to Leonardo Polo. It suggests turning our gaze to the origin of economics, which is human action, and its root in the act of being and in the essence of the person. This vision would offer a philosophical anchor that would contribute to the controversy between scarcity and abundance: economics arises from the person’s abundance of giving.
Keywords: scarcity, abundance, the act of being personal, the essence of the person, human action, Leonardo Polo.
Evolución del concepto de escasez
El concepto de escasez constituye uno de los pilares fundamentales de la teoría económica moderna (Mahoney, 2019). Sin embargo, su significado, alcance y relevancia han experimentado una transformación desde los orígenes de la economía clásica hasta las corrientes contemporáneas. Esta evolución no solo introdujo cambios en la comprensión de los procesos económicos, sino que también sacó a flote las implicaciones antropológicas y éticas del concepto.
Adam Smith, considerado el padre de la economía moderna, sentó las bases de la disciplina en su obra La riqueza de las naciones (1776/2004). Para Smith, la economía debía estudiar las causas y la naturaleza de la riqueza de las naciones, centrándose en la producción, distribución y consumo de bienes y servicios. En este marco, la escasez no ocupaba un lugar central como categoría analítica, sino que era vista más bien como una condición a superar mediante el crecimiento económico, la división del trabajo y la expansión de los mercados. Por su parte, David Ricardo utilizó el término «escasez» para referirse a bienes cuya oferta era inalterable, como las obras de arte, pero no lo consideró un fenómeno generalizado (Martínez-Echevarría, 1983).
La visión clásica era, en general, optimista respecto a la capacidad de la humanidad para superar las carencias materiales. La naturaleza era percibida como una fuente abundante de recursos, y el progreso técnico y científico se consideraba capaz de ampliar continuamente los límites de la producción. Solo con la aparición de Thomas Malthus y su teoría demográfica, la escasez comenzó a adquirir un significado más problemático y estructural.
Thomas Robert Malthus, en su Ensayo sobre el principio de la población (1798), introdujo una visión radicalmente distinta sobre la escasez. Malthus argumentó que la población humana tiende a crecer en progresión geométrica, mientras que los recursos alimentarios solo pueden aumentar en progresión aritmética. Esta discrepancia inevitable conduciría, tarde o temprano, a situaciones de hambre, miseria y conflicto, ya que la capacidad de la tierra para sostener a la población sería superada por el crecimiento demográfico. La «catástrofe malthusiana» se presentaba como un destino ineludible, a menos que se aplicaran frenos preventivos (como el control de la natalidad o el retraso del matrimonio) o frenos positivos (guerras, epidemias, hambrunas). Para Malthus, la escasez era una ley natural y universal, una condición inherente a la existencia humana que no podía ser eliminada mediante reformas sociales o políticas (Martínez-Echevarría, 1983).
La teoría de Malthus tuvo profundas implicaciones sociales y políticas. Por una parte, justificó la resistencia a las leyes de pobres y a las políticas redistributivas, argumentando que tales medidas sólo agravan el problema al incentivar el crecimiento poblacional. Pero, por otra parte, inspiró una importante dimensión de la crítica marxista. Marx sostuvo que la pobreza y la miseria no eran consecuencia de una escasez natural, sino de las relaciones sociales y de la dinámica del capitalismo.
La evidencia se encargaría de destruir los supuestos de Malthus y quizás ya se habrían olvidado, excepto porque Marx se apoyó en la idea de sobrepoblación de Malthus para argumentar que se trataba de un fenómeno específico del modo de producción capitalista, resultado de la acumulación de capital y de una estrategia para mantener bajos los salarios. La escasez, en este sentido, no era absoluta, sino relativa a las necesidades del capital y a la distribución de la riqueza.
Aunque las predicciones catastrofistas de Malthus no se cumplieron en los términos previstos, su enfoque ha influido en debates posteriores sobre los límites del crecimiento, la sostenibilidad ambiental y las políticas de control poblacional. Sin embargo, la experiencia histórica ha demostrado que el progreso técnico, la innovación agrícola y las políticas públicas pueden mitigar los efectos de la escasez, al menos en términos de disponibilidad absoluta de alimentos (Cui y Zhang, 2025).
El concepto de escasez adquirió una nueva centralidad en la economía con la definición propuesta por Lionel Robbins en su Ensayo sobre la naturaleza y significación de la ciencia económica, publicado en 1932. Robbins definió la economía como la ciencia que estudia la conducta humana como una relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos. Esta definición formalizó la escasez como el problema económico por excelencia: dado que los recursos son limitados y los deseos humanos ilimitados, la economía debe analizar cómo se asignan los medios escasos entre usos alternativos. La escasez, en este marco, no es una mera insuficiencia física, sino una relación relativa entre fines y medios, determinada por las valoraciones y preferencias de los agentes (Falgueras-Sorauren, 2017).
Paul Samuelson, uno de los principales exponentes de la economía neoclásica, popularizó y desarrolló la definición de Robbins en su influyente libro Economía (Samuelson y Nordhaus, 1948/2006). Samuelson estructuró el análisis económico en torno a tres preguntas fundamentales: ¿qué producir?, ¿cómo producir? y ¿para quién producir?, todas ellas determinadas por la restricción de la escasez. La escasez, para Samuelson, es el punto de partida de todo análisis económico y definió la ciencia como el estudio de la manera en que las sociedades utilizan los recursos escasos para producir mercancías valiosas y distribuirlas entre los diferentes individuos. La eficiencia, la elección y la asignación de recursos son, en última instancia, respuestas al problema de la escasez (Samuelson y Nordhaus, 1948/2006).
La definición de Robbins y su formalización por Samuelson han sido objeto de críticas por su carácter abstracto y su desvinculación de las realidades sociales e históricas. Se ha señalado que la escasez, entendida como relación entre fines y medios, puede aplicarse a cualquier actividad humana, diluyendo la especificidad de lo económico o bien ampliando su alcance como lógica de interpretación. Además, la neutralidad respecto a los fines ha sido cuestionada por su incapacidad para abordar los problemas de justicia, equidad y bienestar social (Orduna Díez, 2004).
Autores contemporáneos, como Amartya Sen, Premio Nobel de economía, han cuestionado la visión malthusiana, mostrando que las hambrunas y las crisis alimentarias no son necesariamente resultado de una insuficiencia física de recursos, sino de problemas de acceso, distribución y derechos. Sen ha desarrollado una crítica profunda a la reducción de la economía a la mera gestión de la escasez y a la separación entre economía y ética. Sen sostiene que el distanciamiento de la economía respecto a la ética ha empobrecido tanto la economía del bienestar como la economía descriptiva y predictiva (Urquijo, 2014).
Sen propone el enfoque de las capacidades, según el cual el bienestar y la justicia deben evaluarse en función de las libertades reales que las personas tienen para elegir y llevar adelante los modos de vida que valoran. La escasez, en este marco, no es solo una cuestión de recursos materiales, sino de oportunidades efectivas y de acceso a los bienes y servicios necesarios para la reproducción y el desarrollo de la vida humana (Jiménez Castillo, 2016).
Propuesta de reenfoque de la cuestión desde la antropología poliana
Como es comprensible, la economía como ciencia ha analizado el tema de la escasez centrándose en el fenómeno observable y por ende material. De hecho, no se puede negar este dato que resulta evidente.
Sin embargo, la filosofía y, concretamente, la antropología, adquieren con el pensamiento de Leonardo Polo1 un punto de vista que el análisis integral del fenómeno de la escasez podría incorporar. Frente a la escasez de lo material existe la persona como agente económico que no solo gestiona la escasez con mayor o menor éxito, sino que tiene en su misma condición humana unas características que le definen de manera profunda, su libertad y su efusividad, que son ambas inagotables. Intentaremos argumentar que este enfoque puede contribuir a un replanteamiento del estudio del fenómeno de la escasez.
Es importante que Polo se interese en la economía desde la antropología. Por esta razón se hace necesario un esbozo de las ideas de este filósofo acerca de la persona y su estructura antropológica.
Polo parte de la distinción tomista entre acto de ser y esencia, en la cual el acto de ser se comporta como acto y la esencia como potencia. Esta distinción, aplicada a la antropología, se describe de esta manera: el acto de ser es la persona (la intimidad personal) y la esencia son sus facultades espirituales fundamentales (inteligencia y voluntad). Siguiendo la lógica aristotélico-tomista, el acto de ser es superior a la esencia porque el acto actualiza a la potencia. La persona tiene inteligencia y voluntad, pero no es su inteligencia ni su voluntad sino algo superior que las posee, sin que sea posible separar ontológicamente la unidad entre ambas dimensiones. Lo que Polo hace es identificar el engarce de la manifestación humana llamada economía con el acto de ser y la esencia de la persona. Una primera aproximación consiste en afirmar que la manifestación llamada economía depende de la esencia humana (inteligencia y voluntad) y esta, a su vez, del acto de ser personal (Sellés, 2006).
Para comprender de manera específica ese engarce de la economía con la esencia y el acto de ser personal, es necesario acudir a las distinciones que Polo hace dentro de cada una de estas dimensiones de la persona, las cuales Polo llama esenciales y trascendentales, respectivamente.
Comencemos con la descripción de la dimensión trascendental de la persona, es decir, el acto de ser, la intimidad humana. El acto de ser humano está conformado por tres radicales trascendentales que son el amar personal, el conocer personal y el coexistir personal (Polo, 2015b).2 Estos radicales no son cualidades que la persona tenga sino rasgos que ella es. La persona tiene posesiones humanas externas, tiene manifestaciones externas, tiene facultades superiores (inteligencia y voluntad) pero la persona no es ninguna de esas manifestaciones, sino que las posee y las perfecciona porque las posee. La persona no es sus manifestaciones sino la raíz de ellas, su acto de ser que, como acto, activa todas esas manifestaciones externas en cuanto potencias.
Ahora pasemos a una breve descripción de cada uno de los radicales que la persona es. En primer lugar, el amor personal que es el trascendental humano superior, el rasgo que de manera más profunda y precisa describe a la persona humana por dentro. Este rasgo tiene a la vez tres dimensiones: dar, aceptar y don.
En la antropología de Leonardo Polo, los conceptos de dar, aceptar y don se articulan como expresiones fundamentales de la apertura del ser humano hacia los demás y hacia la trascendencia. Dar no se reduce a una mera transferencia de bienes, sino que implica la comunicación de la propia interioridad: es un acto que manifiesta libertad y reconocimiento del otro como destinatario digno. Aceptar, por su parte, no es pasividad, sino acogida activa que reconoce el valor del don recibido y lo integra en la propia vida, generando reciprocidad y vínculo personal. El don, en este horizonte, no es un objeto ni un simple acto, sino la realidad que surge de la interacción entre dar y aceptar: es la expresión de la gratuidad, de la superación del cálculo utilitario y de la apertura a la coexistencia. Polo subraya que el don revela la dimensión personal del hombre, pues muestra que la persona no se agota en sí misma, sino que se realiza en la relación con otros y con Dios. Así, dar, aceptar y don constituyen un dinamismo antropológico que ilumina la vida ética y la vocación de comunión (Polo, 1999; 2003).
En segundo lugar, describimos el radical que Polo llama conocer personal, el cual consiste en el sentido personal, la verdad íntima de cada quién. Se refiere a la conciencia de ser alguien con una misión que, por supuesto, no se conoce de golpe, sino que se va descubriendo progresivamente. Ahora bien, no se puede alcanzar el sentido personal completo porque el acto de ser es activo y eso significa que es creciente en sentido histórico y metahistórico (Sellés, 2006).
Por último, el tercer radical será el coexistir personal con el cual la persona es capaz de vincularse libremente con Dios y, a través de Él, con las demás personas creadas. Debido a que esta capacidad es de carácter amorosa y cognoscente, no puede ser necesaria sino debe ser libre. Polo no se refiere con este radical como una mera capacidad de elección entre bienes. Argumenta que la evidencia nos muestra un fenómeno y es que, aunque una persona ejerza esa capacidad de elección en miles de casos, su libertad no se agota nunca porque es superior a este acto concreto.
La libertad es una fuente de la que más bien cabe hablar en términos de sobreabundancia inagotable. Esta libertad trascendental es la que caracteriza a cada acto de ser personal y, por lo tanto, es algo que la persona no tiene, sino que es. La persona no tiene libertad, sino que es libertad. De hecho, de este dato que a Polo le resultó evidente, deriva una rama importante del pensamiento de su filósofo acerca de la relación de la persona humana con Dios. Polo se preguntó cómo se emplea una libertad tan irrestricta como esta que se describe. La respuesta de Polo es que ante esa pregunta solo cabe una respuesta: tal tipo de libertad solo se puede invertir en una persona que la pueda aceptar irrestrictamente y esa persona sólo puede ser Dios mismo. De esto deriva que la libertad personal indica una apertura de la persona a la trascendencia y a la coexistencia.
Una vez descritos los radicales trascendentales, podemos pasar a describir los radicales esenciales: el yo, la inteligencia y la voluntad. El yo, para Polo (1991), es distinto de la persona, lo cual explica señalando que conocemos nuestro yo, pero no enteramente quienes somos en cuanto conocer personal progresivo (Polo, 1991). El yo sería el origen o fuente que activa a las potencias inmateriales inteligencia y voluntad, aunque como parte de la esencia humana que es potencia es activado a la vez por el acto de ser. Puede describirse como la conciencia, en el sentido de que tenemos conciencia de conocer con la inteligencia y de que queremos con la voluntad (Sellés, 2006). Finalmente, el yo activa las potencias humanas superiores, la inteligencia que busca la verdad y la voluntad que busca el bien.
Después de describir esta estructura interna y trascendental de la persona, Polo habla de las manifestaciones externas de la persona. Habla, en primer lugar, de las que considera que son el origen de las demás: la familia y la educación. Y derivadas de estas, otras que son igualmente importantes y que menciona en orden de mayor a menor importancia: ética, sociedad, lenguaje y trabajo. Explica la jerarquía o subordinación de esta manera: no hay trabajo sin lenguaje, ni cabe trabajo y lenguaje sin sociedad. Por último, no es posible la sociedad sin ética pues todos los demás vínculos y bienes pueden ser usados bien o mal, con lo cual queda clara la preeminencia de la ética. De ahí que Polo señala que el mayor riesgo social posible es el relativismo ético (Polo, 1997).
Como nueva aproximación al tema central del presente artículo, se puede señalar que para Polo la economía se debe a la familia y a la educación; les está supeditada, sobre todo a la primera porque el sentido de la economía es la familia. Por otra parte, la economía depende del trabajo y, por tanto, debe considerar en todo caso la promoción del modo más humano de trabajar: los resultados se deben subordinar a las acciones humanas. El trabajo debe realizarse con un recto uso del lenguaje (apego a la veracidad) y de modo ético para que facilite un modo de vivir en sociedad, con respeto al bien común, lo cual sólo es posible como resultado de la práctica de virtudes (Sellés, 2006).
Hecho este panorama general, pasamos a una profundización en la relación de la economía con los radicales trascendentales según Polo.
Los tres radicales trascendentales de la persona y su relación con la acción productiva
Polo afirma que el actuar humano depende en gran medida de la comprensión de que cada uno tenga de sí mismo. Por esta razón, conviene encuadrar el estudio de la escasez, la libertad y la creatividad desde una perspectiva antropológica. La comprensión de Leonardo Polo acerca del hombre se denomina antropología trascendental. Esta podría considerarse como una continuidad del gran aporte de Tomás de Aquino, pues desarrolla la distinción descubierta por este del acto de ser y la esencia.
El rasgo más característico de esta propuesta antropológica es su profundización en el estudio de la persona humana, la que Polo considera la dimensión más intrínseca y alta; la persona se puede equiparar con lo que Aquino denominó acto de ser y Aristóteles, acto. Otro aspecto que desarrolla es la vinculación del hombre con Dios: el origen de cada mujer y cada hombre es un acto divino (Polo, 2022). Todos los seres humanos han recibido su acto de ser personal directamente de Dios; a partir del hecho de que ningún hombre es un ser necesario, se puede deducir que dicho acto creador es de carácter libre, consciente y donal.
Estos tres rasgos del acto creador quedan impregnados en la persona humana y dan lugar a los tres aspectos que la constituyen —a las que Polo denomina trascendentales personales—: el amar, el conocer y el coexistir personales. En el ser humano, la dimensión personal está vinculada con las otras dos que lo constituyen: la esencia y la corporeidad humana. Las tres dimensiones están vinculadas, aunque no se identifican entre sí.
Cada trascendental personal confiere un carácter específico al ser humano: el amar personal da lugar a su capacidad donal; el conocer personal a su vinculación filial con Dios y su llamada a destinarse a Él; la destinación a la que está llamada es una invitación y no una determinación recibida, por lo tanto, constituye una vinculación establecida libremente. Este carácter libre denota al tercer trascendental personal: el coexistir personal.
Estos rasgos son tan intrínsecos al ser humano que, como ya se mencionó, Polo afirma que el hombre es libertad, no solo tiene libertad. La libertad es posible porque la persona está abierta a vincularnos con Dios por ser su origen y a los demás, por extensión de esa primera vinculación. Estas vinculaciones son libres, no necesarias ni están determinadas. La libertad personal tiene dos aspectos a los que Polo comparaba como dos laderas de una misma cima: la libertad nativa y la de destinación. La primera se refiere a la capacidad de aceptar o rechazar la vinculación con Dios como su origen; la segunda, la capacidad de dirigirse o no a Dios como sentido y fin de la vida. Por eso cada mujer y cada hombre gozan de una libertad tan intrínseca, que no puede limitar ni el Estado más represivo, ni la escasez de medios más grave, ni el confinamiento más restrictivo.
La libertad personal habilita a las otras dimensiones humanas a ejercer actos libres: por eso contamos con el libre albedrío de la voluntad y la libertad de actuación y de locomoción en la corporeidad. Todos estos son distintos tipos de libertad, de distinta naturaleza y, por eso, existe un llamado a que la de mayor altura rija los otros niveles inferiores.
La efusividad humana encuentra su origen en la capacidad constante de aportar cosas nuevas y da lugar a la creatividad en el hombre. Polo llama a dicho rasgo humano el carácter de además. El origen del don ofrecido se encuentra en la persona y, por eso, este debe dirigirse a otro alguien —a otro ser de carácter personal— pues de otra manera no tendría sentido que la persona se dé a algo inferior. Si la persona se abre a los demás de manera libre y no necesaria, esa apertura puede dotarse del carácter amoroso de la persona. Tomás de Aquino indicaba que el don ofrecido —o dado— adquiere su valor en cuanto es aceptado por el destinatario de esa acción; Polo lo sigue en esto (Polo, 2015b).
Se ha dicho que la persona se da con el don que ofrece; de la misma manera, al aceptar el don ofrecido, quien lo acepta también lo hace respecto de quien lo ofreció. En el caso del hombre, este acepta su acto de ser y su origen en Dios. Por eso, lo más radical en el ser humano es aceptar y con ello ejercer una acción de carácter donal —amorosa—. Para que el amar sea posible, además de ser libre, este debe ser cognoscente: se conoce a quien se ama.
Una vez establecida la comprensión de la acción según la propuesta poliana a nivel personal, ahora se expondrá la repercusión de la actividad personal en las otras dimensiones humanas. Si esta influencia de la persona en las otras dimensiones inferiores no fuera posible, la acción humana carecería de sentido y representaría una pérdida de tiempo y esfuerzos, pues si no tuviera relación con la persona y, a partir de ella con Dios, toda nuestra capacidad productiva sería inconveniente más allá de la supervivencia.
Desde una perspectiva más positiva de la acción humana —el trabajo, relaciones sociales y todos los demás tipos de acción— al vincular la acción personal con las dimensiones humanas inferiores manifestamos la aceptación de la manera en que hemos sido constituidos por Dios; esta aceptación es derivada de la aceptación de nuestro origen y de su don amoroso a nosotros. En esto se asienta la importancia del trabajo entendido como una acción humana que llama a involucrar cada una de las dimensiones humanas; como para poder trabajar es necesario contar con medios materiales, la ciencia económica adquiere todo su valor como propiciador del cuidado de los medios materiales que permiten trabajar mejor y, con ello, crecer humanamente (García Kihn, 2024a).
Otro aspecto que se desprende de la comprensión de la interrelación de las dimensiones al actuar es el gran valor de la ética. La ética permite a quien actúa ordenar la relación medio-fin: dirige el actuar a la persona y favorece el ejercicio de la libertad de destinación. Ahora bien, ya desde un principio el actuar ético refleja considerar a los demás otro yo, a respetarlos según su dignidad personal. Por eso, al actuar éticamente estamos manifestando nuestra aceptación de la obra creadora divina en los demás: respetamos la dignidad del prójimo porque también encuentran su origen en un acto creador ejercido por Dios y al aceptarlos, aceptamos a su Autor.
El último aspecto por resaltar en este análisis sería el valor de la técnica —un tipo de conocimiento práctico— y el de las virtudes de la voluntad a partir de la ampliación de la capacidad humana de dirigirse a fines más altos y a realizar acciones buenas y eficaces. Estos aspectos crecen con el actuar si son correctos y virtuosos: decrecen si son equivocados y viciosos. Para generar buenos resultados económicos, es necesario aplicar los conocimientos técnicos y ejercer actos virtuosos. Polo valoraba los beneficios económicos porque los consideraba trabajo potencial, es decir, facilitadores para seguir trabajando en el futuro y, con ello, permitir el ejercicio de acciones que le permitan crecer.
Origen de la economía en el acto de ser y en la esencia de la persona
En el apartado anterior se expusieron a grandes rasgos algunos elementos importantes de la propuesta antropológica poliana; se enfatizó sobre la importancia de la libertad en el ser humano: si negamos la libertad del hombre, negamos su carácter personal. Ahora se tratará principalmente sobre la escasez, que está más vinculada a las dimensiones corpórea y esencial. Esta temática será abordada desde los afanes y los crecimientos humanos que propone Polo y que pueden ser vinculados al trabajo humano y la actividad económica.
Polo señala que una antropología que no considere suficientemente la actividad empresarial y económica no puede considerarse completa ya que forma parte de la vida humana; ahora bien, también afirma que la economía no es capaz de explicar al hombre, sino que el hombre es quien sienta las bases de la economía.
La escasez de bienes materiales remite a la corporeidad: el hombre necesita cosas porque tiene un cuerpo inacabado. El cuerpo humano, a diferencia del de la gran mayoría de seres de la naturaleza, tiene un carácter potencial, es decir, no está terminado al nacer, sino que se va desarrollando e incrementando su capacidad de actuar en la medida que es capaz de disponer de cosas que le permitan actuar.
En la antropología propuesta por Polo (1997) se reconoce el carácter necesitante del cuerpo: el cuerpo humano necesita de bienes para subsistir y permitir su cuidado (1997). Esta característica la comparte con los animales y las plantas que encuentran en su entorno los elementos necesarios para su subsistencia. Sin embargo, en el caso este carácter está acrecentado a partir de la conveniencia de constituir dones para generar su crecimiento. Por eso Polo indica que al hombre le conviene actuar, ya no solo para poder vivir con un mayor decoro, sino para poder ejercer acciones que perfeccionen su conocimiento práctico y la adquisición de virtudes. Una consecuencia de esto es la modificación propuesta a la definición clásica de la sindéresis: haz el bien y evita el mal. Si bien Polo reconoce el valor de la definición clásica, considera que al hacer el bien ya se está evitando el mal; por eso, propone definirla como haz el bien y actúa tanto como puedas porque actuar te conviene. Con esta propuesta, se acentúa el valor de la actividad.
Este convenir no se limita ya a la dimensión material, sino que se amplía a las dimensiones esenciales que crecen en conocimientos y virtudes mediante acciones correctas y virtuosas. Aristóteles definía a los hombres y mujeres como el ser capaz de poseer: posee bienes materiales, conocimientos y virtudes. Como se puede advertir, la capacidad posesiva del hombre abarca bienes materiales y espirituales, que se corresponden con su dimensión corpórea y esencial, respectivamente. Polo reconoce el gran valor de este descubrimiento aristotélico y lo incorpora a su visión antropológica.
El carácter necesitante del cuerpo humano podría considerarse contrario al carácter efusivo de la persona (Polo, 2015a). Sin embargo, parece mejor considerarlos complementarios si tomamos en cuenta que la acción humana está llamada, a la vez, a satisfacer el afán posesivo vinculado al cuerpo y a manifestar el afán efusivo que nace de la dimensión personal. La clave para integrarlos radica en un tercer afán: el perfectivo. El cual se puede definir como el impulso a crecer en conocimiento y virtud.
El afán posesivo está asociado al carácter necesitante de la dimensión corpórea y está ordenado a la satisfacción de esas necesidades, el hombre es capaz de poseer cosas externas a él. Polo apunta que la capacidad de trabajo en el hombre es todavía mayor que la de gozar el placer; por lo tanto, sus acciones también deben responder al carácter perfectivo y al aportante de la dimensión esencial y personal. Por ser estas más altas, están llamadas a ordenar la satisfacción de las necesidades corpóreas. Si esto no fuera así, el hombre no sería libre en su actuar práctico y su libertad en este ámbito sería muy limitada pues quedaría sujeta a los impulsos sensibles. Sobre esto añade que este dominio es posible porque en el ser humano los instintos son débiles, lo que permite que la inteligencia y la voluntad puedan encauzar la tendencia natural a elegir modos de actuación que permitan el crecimiento en sus dimensiones superiores.
El afán perfectivo contribuye a integrar a la acción otros fines más allá del poseer material: puede ejercer acciones de tal manera que, además de la adquisición de bienes materiales, contribuyan a crecer en virtudes y poner en práctica los conocimientos prácticos. Polo considera que en la actualidad lo factible y lo agible no están tan separados como los pensadores clásicos consideraban, el ser humano debe realizar buenas acciones y está llamado a obtenerlos mediante acciones virtuosas; esta base antropológica permite sustentar la validez de la propiedad privada: el hombre posee bienes para el crecimiento y cuidado propio y de su prójimo.
El afán efusivo también debe estar presente en la acción: el hombre aporta a los demás porque reconoce en ellos a alguien con su misma dignidad por ser un ser personal. Pero este aportar se constituye según quien es cada uno; como cada ser humano es una completa novedad —no hay nadie igual a mí— esos aportes pueden llegar a ser únicos. Entonces, desde la efusividad propia de cada persona, la creatividad queda explicada antropológicamente. La calidad de esas innovaciones deriva en buena medida en la aceptación de la propia dignidad y, a partir de ella, la de los demás.
Ahora bien, la efusividad se ejerce de distintas maneras según el tipo de vínculo existente con los demás. La humanidad establece un nivel mínimo de actuación; este nivel puede incrementarse en función de las relaciones sociales establecidas: a mayor grado de vinculación serán mayores sus exigencias. El grado de vinculación generado dentro de la familia al ser de mayor entidad que el existente dentro de los miembros de la empresa, presenta mayores deberes entre padres e hijos, que aquellos existentes entre empresario y quienes trabajan en la empresa. Ahora bien, quienes forman parte de una empresa tienen entre sí un mayor vínculo que con los demás miembros de la sociedad. Por eso, la obligación de la solidaridad no es igual en todos los casos. En el caso de la empresa, la vinculación es establecida por la pertenencia a la misma y se concreta a través de la convocatoria y el aporte: los empresarios convocan a otros a trabajar y los trabajadores están llamados a corresponder con su trabajo.
La actividad humana está llamada a atender las distintas finalidades humanas de manera simultánea. Para hacerlo quien actúa debe atender a la jerarquía de las tres dimensiones humanas, pues no conviene que lo inferior rija sobre aquello que es más alto. Por eso, los hombres y las mujeres al ejercer su trabajo deben priorizar su trascendencia personal al perfeccionamiento de las facultades esenciales; a su vez, el crecimiento interior del hombre debe dirigir la búsqueda de la sustentación material (Polo, 2015a).
En cuanto a la satisfacción de las necesidades materiales, se propone la búsqueda de la sustentación como medida de la necesidad material y no la mera supervivencia. Esto se debe a que el crecimiento en la capacidad efusiva y de perfeccionamiento quedarán favorecidas si se dispone de un sobrante material. En la medida que se dispone de bienes materiales se puede aportar. Además, el dinero es necesario para el funcionamiento de las empresas; esas permiten convocar a muchos a trabajar y encontrar oportunidades de desarrollo. Por eso Polo afirmaba que el dinero es trabajo potencial.
Polo valoraba en gran medida el trabajo humano, a tal punto que llega a afirmar que la mayor pobreza humana es no poder trabajar. Pues al carecer de la oportunidad de trabajar se limitan muchísimo la posibilidad de crecimiento en el hombre. Esta limitante no solo se refiere a la satisfacción de sus necesidades materiales sino también a la capacidad de crecer en conocimientos prácticos, virtudes y la constitución de dones con los que la persona manifiesta su efusividad.
Si el trabajo es importante para Polo, también lo es la empresa. A tal punto que se define a sí mismo como empresarialista (Polo, 2017). La empresa al ser una comunidad de personas que son convocadas por el empresario permite contribuir a la obtención de bienes económicos y a crecimientos en las dimensiones inmateriales del hombre. Trabajar solo por dinero es insuficiente para el hombre; por eso afirma que no es bueno buscar el beneficio sin servir a los demás; ni tampoco sería bueno servir a los demás sin beneficio. Ambos aspectos deben integrarse en la acción empresarial. Este concepto está siendo impulsado en los últimos años a través del propósito corporativo —cuando es implementado con una visión que incluya el crecimiento de las tres dimensiones—.
La propuesta poliana invita a una ampliación de miras en la actividad empresarial, de manera que corresponda con la capacidad posesiva, perfectiva y efusiva del hombre. El empresario está llamado a alcanzar su propio perfeccionamiento y favorecer el de los demás miembros de la organización. Por último, su capacidad efusiva se ejerce a través del ofrecimiento de bienes y servicios dignos de quien los ofrece y dignificantes a quien los utiliza. En este sentido se explica por qué considera que la empresa es uno de los tres agentes de cambio social, junto con la familia y las instituciones educativas.
A través de este recorrido de la propuesta antropológica de Leonardo Polo se ha procurado ofrecer una base suficiente que permita proponer que la vinculación entre la libertad, la creatividad y la necesidad y que es posible integrarlas en el trabajo, la empresa y la economía.
Aporte de la antropología de Leonardo Polo a la controversia sobre la escasez
Como se ha señalado, la controversia en torno al concepto de escasez ha sido uno de los ejes centrales de la teoría económica desde sus orígenes. La economía clásica, la neoclásica y las corrientes contemporáneas han debatido sobre si la escasez constituye una condición natural, una construcción social o una categoría metodológica indispensable para el análisis económico. La propuesta antropológica de Leonardo Polo, al situar la economía en el acto de ser personal y en la esencia de la persona, ofrece un marco alternativo que permite replantear esta controversia desde una perspectiva filosófica más amplia.
La definición de Lionel Robbins y su formalización por Paul Samuelson consolidaron la escasez como el problema económico por excelencia. Sin embargo, esta visión ha sido criticada por su carácter abstracto y su desvinculación de las realidades sociales e históricas. La antropología poliana permite cuestionar esta centralidad metodológica al mostrar que la economía en cuanto manifestación de la persona no surge de la escasez material, sino de su abundancia donal. La escasez, en este sentido, es un fenómeno derivado y relativo a la corporeidad humana, no el fundamento último de la economía.
La propuesta poliana distingue entre la dimensión corpórea, que efectivamente experimenta necesidades y limitaciones, y la dimensión personal, caracterizada por la efusividad, la libertad y el amor. Mientras que el cuerpo humano requiere bienes materiales para subsistir, la persona es abundancia en cuanto acto de ser. Esta abundancia se manifiesta en la capacidad de dar, de conocer y de coexistir, rasgos esenciales que dinamizan la convivencia humana y son la fuente de toda riqueza. Por ello, la economía no puede reducirse a la gestión de la escasez, sino que debe entenderse como la organización de la abundancia personal en la vida social y la constitución de dones a los demás.
Polo identifica tres afanes fundamentales: el posesivo, el perfectivo y el efusivo (Polo, 2015a). El afán posesivo responde a las necesidades corpóreas y se vincula con la adquisición de bienes materiales. El afán perfectivo se refiere al crecimiento en conocimientos y virtudes, mientras que el afán efusivo expresa la capacidad de aportar y donar. La controversia sobre la escasez se reconfigura al considerar que estos tres afanes no son contradictorios, sino complementarios. La economía debe integrar la satisfacción de necesidades materiales con el perfeccionamiento personal y la efusividad hacia los demás (García Kihn, 2024b).
La crítica de Amartya Sen mostró que las hambrunas y crisis no derivan necesariamente de una insuficiencia absoluta de recursos, sino de problemas de acceso y distribución. La antropología poliana refuerza esta visión al subrayar que la economía debe orientarse hacia la justicia y el respeto a la dignidad humana. La escasez, entendida como limitación relativa, se supera mediante instituciones que promuevan la solidaridad, la ética y el bien común. En este sentido, la abundancia personal se convierte en criterio normativo para evaluar las políticas económicas.
La propuesta poliana otorga un papel central al trabajo y a la empresa como manifestaciones de la acción humana. El trabajo no es solo un medio para obtener bienes materiales, sino una oportunidad para crecer en virtudes y conocimientos. La empresa, como comunidad de personas convocadas a colaborar, permite transformar la escasez material en abundancia personal compartida y generadora de novedades que permiten el desarrollo (García Kihn, 2024b). La controversia sobre la escasez adquiere una nueva dimensión interpretativa al reconocer que la actividad económica no se limita a administrar recursos escasos, sino que constituye un ámbito de realización personal y comunitaria. Por ejemplo, Polo considera que la mayor pobreza es la falta de trabajo y no la material.
Uno de los mayores riesgos señalados por Polo es el relativismo ético. La economía, si se desvincula de la ética, corre el peligro de reducirse a una técnica de gestión de escasez sin orientación hacia el bien común. La antropología poliana propone que la economía se subordine a la ética, a la familia y a la educación. De este modo, la abundancia personal se convierte en fundamento de la economía y la escasez se relativiza como un fenómeno secundario sin dejar de reconocerlo como una realidad que debe ser resuelta. La controversia se supera al integrar la economía en un horizonte ético y antropológico más amplio.
La propuesta poliana invita a replantear la definición misma de la economía. En lugar de concebirla como la ciencia de la escasez, se la puede entender como la ciencia de la abundancia personal organizada socialmente. Esto implica un cambio de paradigma que afecta tanto a la teoría como a la práctica económica. El análisis de la escasez se transforma en una reflexión sobre cómo la abundancia personal puede orientar la producción, la distribución y el consumo de bienes.
Conclusiones
La reflexión sobre la escasez y la abundancia desde la antropología poliana permite extraer varias conclusiones relevantes.
La primera sería la superación por elevación del paradigma de la escasez. La economía no puede reducirse a la gestión de recursos escasos. Si bien la escasez material es un dato innegable, el fundamento de la economía es la abundancia personal. Esta abundancia se manifiesta en la acción humana a través de la capacidad de dar, de conocer y de coexistir, y constituye el origen de la acción económica.
En segundo lugar, la propuesta poliana integra las dimensiones corpórea, esencial y personal del ser humano. La economía debe atender simultáneamente a la satisfacción de necesidades materiales, al perfeccionamiento en conocimientos y virtudes, y a la efusividad hacia los demás. Esta integración permite superar las dicotomías entre escasez y abundancia, necesidad y libertad, interés propio y solidaridad.
Por otra parte, se subraya en Polo la centralidad del trabajo y la empresa. El trabajo y la empresa son ámbitos privilegiados para la realización personal y social. No se trata solo de producir bienes, sino de crecer en virtudes y conocimientos, y de aportar a los demás. La empresa, como comunidad de personas, permite transformar la escasez material en abundancia compartida.
Todo lo anterior confluye en la propuesta de subordinación de la economía a la ética y, de ahí, a la antropología. La economía debe subordinarse a la ética, la familia y la educación: es decir, al ser humano. Solo así puede orientarse hacia el bien común y evitar el riesgo del relativismo y la falta de solidaridad. La abundancia personal se convierte en criterio normativo para evaluar las políticas económicas y las prácticas empresariales.
En este sentido, la propuesta poliana invita a redefinir la economía como la ciencia de la abundancia personal organizada socialmente. Esto implica un cambio de paradigma que llama a reformular tanto la teoría como la práctica económica. La controversia sobre la escasez se transforma en una reflexión sobre cómo la abundancia personal puede orientar la producción, la distribución y el consumo. En un contexto global marcado por crisis económicas, desigualdades y desafíos ambientales, la propuesta poliana ofrece un marco filosófico que permite superar la visión reduccionista de la escasez y del egoísmo. Al situar la economía en la abundancia personal, se abre la posibilidad de construir instituciones más justas, solidarias y orientadas al bien común.
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1 Leonardo Polo (Madrid, 1926 - Pamplona, 2013) fue un filósofo español en cuyo pensamiento se entrelazan la novedad de sus planteamientos con la continuidad de varias tradiciones. Sus aportes se concentran principalmente en la metafísica, teoría del conocimiento y antropología, aunque también exploró los campos de la ética, la psicología y la relación de la filosofía con las ciencias experimentales. Su pensamiento está siendo objeto de considerables esfuerzos de documentación y profundización, principalmente a través de importantes revistas académicas como Studia Poliana, Journal of Polian Studies y Miscelánea Poliana, dedicadas a analizar y prolongar su pensamiento (Martí Sánchez, 2016).
2 Polo por mucho tiempo consideró la existencia de cuatro trascendentales: amar, conocer, libertad y coexistencia. Sin embargo, pocos meses antes de fallecer comentó en una conversación con su discípulo, el Dr. Juan Fernando Sellés, que debía rectificarse, ya que la coexistencia y la libertad personal son un mismo trascendental. Esto también está contenido en Epistemología, creación y divinidad. Ahora bien, debido a que el acto de ser personal es activo, se considera que es más conveniente proponer denominarlo utilizando una forma verbal y no un sustantivo, siguiendo la misma lógica que los dos trascendentales superiores. Asimismo, conviene mencionar que la gran mayoría de estudiosos de Polo utilizan aún como referencia la propuesta que Polo presenta en su obra Antropología trascendental.