El eslabón perdido de Occidente: Teología del trabajo


The Missing Link to Western Civilization:
Theology of Work

Lourdes María Pérez N.

Universidad Francisco Marroquín

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Resumen: Existe un malestar generalizado en la cultura occidental. La hostilidad y antagonía caracterizan las relaciones interpersonales, mismas que son cada vez más digitales. El diagnóstico es el descontento del individuo consigo mismo y su entorno. Para el posmodernismo, corriente que resume la filosofía moral actual, no hay sustancia a la existencia pues todo es relativo. Las explicaciones a este descontento se formulan desde críticas a los sistemas de producción capital-intensivos y globalizados. El presente artículo propone la «teología del trabajo» como categoría epistemológica, presente en toda teoría económica. Una teología del trabajo puede explicar cualitativamente la interacción del individuo con su entorno económico, los recursos, y los medios de producción; en particular, en el largo plazo.

Palabras clave: economía, teología del trabajo, análisis del discurso, ciencias sociales.

Abstract: There is a widespread unease in western culture. Hostility and antagonism are the common denominators to human interaction, which is increasingly digital. The diagnosis is individual discontent with oneself and one’s environment. For postmodernism, a current that encapsulates contemporary moral philosophy, existence lacks substance because everything is relative. Explanations for this discontent prioritize critiques of capital-intensive and globalized production systems. This article proposes the “theology of work” as an epistemological category present in all economic theory. A theology of work can qualitatively explain the interaction of the individual with their economic environment, resources, and means of production, particularly in the long run.

Keywords: economics, theology of work, discursive analysis, social sciences.

¿Qué ideas y valores están siendo desplazados u olvidados, y merecen ser revalorados y restaurados? Respuesta no tan obvia: La teología del trabajo.

Introducción

Existe un malestar generalizado en la cultura occidental. Tanto en el viejo como el nuevo mundo, predomina la antagonía y la segregación social. La hostilidad caracteriza las relaciones interpersonales. Este fenómeno ha sido motivo de estudios culturales, sociológicos y antropológicos desde inicios del siglo (van Dijk, 2004). El diagnóstico es que el descontento es inherente a la interioridad individual. Se refleja en las relaciones interpersonales a través del decrecimiento en la participación de los rituales que construían lazos comunitarios (Han, 2020), perdiendo identificación con el entorno. Académicos de diferentes disciplinas y escuelas de pensamiento están de acuerdo en esta crítica a los (anti)valores del nihilismo y la posmodernidad y los desafíos que suponen en el avance del funcionamiento de la sociedad (Ruiz, 2026).

Muchas de las críticas a la insatisfacción que reside en el individuo se elaboran hacia las nuevas configuraciones de los sistemas de producción industrial. Al examinarlos de forma objetiva, se observa que los mercados han adoptado una mayor integración vertical y cadenas de suministro que están globalmente conectadas. Atribuir el problema a la organización industrial es revivir el espíritu del ludismo del siglo XIX. Esta lectura es limitada, pues no identifica las causas del problema sino sus reacciones y fricciones. Sin embargo, la crítica recoge un hecho importante: la esfera productiva se ha convertido en el eje ordenador de la sociedad. La globalización como fenómeno es un síntoma de la cuarta revolución industrial, tecnológica, digital, y que promueve el transhumanismo.

Los enfoques colectivistas y economicistas anularon el valor del hombre al que pretendían enaltecer (Böhmler, 1998, p. 40). El problema de Occidente es antropológico-filosófico. Ya no se percibe otro fin para la existencia que no sean los resultados materiales. El evento se transforma en crisis ante la llegada de la inteligencia artificial, la cual ha pasado de desplazar la labor mecánica a sustituir la labor administrativa, creativa y académica (Beale, 2025; Klee, 2025; Vargas, 2009). ¿Qué es el ser fuera de la ocupación que posee en el sistema productivo?

La propuesta es que la ruptura en la concepción antropológica de Occidente es producto de la separación y anulación de lo trascendente respecto a lo material. Es esta ruptura lo que genera un ambiente de discontinuidad y carencia de sentido, dejando un «eslabón perdido» en el desarrollo occidental. ¿Cómo puede rehabilitarse la reflexión académica vinculando las virtudes que orientan los esfuerzos para la posteridad y la sostenibilidad en el largo plazo?

El presente artículo propone la «teología del trabajo» como una categoría epistemológica, presente en toda teoría económica de forma explícita o implícita. Una teología del trabajo puede explicar cualitativamente la interacción económica del individuo con su entorno, los recursos, y los medios de producción; en particular en el largo plazo. Para argumentarlo, se desarrollan tres apartados principales y una propuesta a manera de esbozo.

En la primera sección, se explica de forma concisa y elemental la metodología que permitiría la fusión de horizontes entre teología y teoría económica
—particularmente, los presupuestos—. Destacan la rama microeconómica, macroeconómica, y dentro de esta última la inclusión del método de análisis discursivo como un auxiliar del análisis institucional. Como segunda instancia, se elabora someramente un análisis discursivo a manera de ejemplificar cómo puede extraerse una «teología del trabajo» desde los usos populares del lenguaje actual. En el tercer apartado, se identifican sustancialmente tres teologías del trabajo que acompañan cambios drásticos en el
modus vivendi: el helenismo del Imperio romano, el cristianismo de la escolástica (época medieval tardía), y el positivismo que configura el mundo moderno. Finalmente, se propone el esquema de lo que sería una teología del trabajo bajo principios judeocristianos para una economía de laissez-faire1 como patrón ético-espiritual en aras del florecimiento humano.

Teología del trabajo en microeconomía

En la tradición filosófica aristotélica que predomina el mundo occidental, «teología» puede comprenderse como la filosofía primera, orientada a las causas originarias. En este artículo, el concepto de teología es que es un ejercicio de la razón que busca expresar la interacción entre la experiencia humana y lo trascendente, la divinidad en cuanto revelada –las fuentes de revelación se dejan para otra discusión. Esta expresión de la reflexión es explícita o implícita en el mismo discurso (Alfaro, 2004, pp. 43-64).

Se comprende «teología del trabajo» como la reflexión ontológica y deontológica de qué es el trabajo, y cuáles son los propósitos de los esfuerzos humanos respecto a este. Esto implica consideraciones complementarias como qué actividades comprenden el trabajo, quiénes deben trabajar, cuál es relación del humano respecto a los frutos de su esfuerzo, y qué es el descanso. Dichas reflexiones están tácitamente en las narrativas, instituciones y prácticas de una civilización respecto al trabajo.

Todas las civilizaciones, religiones y filosofías profesan una teología del trabajo que guarda correspondencia con las definiciones operantes en el habla. Estas teologías propician instituciones económicas un tipo u otro. Incluso el ateísmo profeso es una forma de teología, pues es una forma de reflexión —particularmente, una negación en el sentido lógico proposicional— de lo divino y trascendente.

La microeconomía trata de explicar el comportamiento los individuos perfilados por sus funciones de agencia económica. En principio, se distingue al consumidor de la empresa u oferente. Dependiendo de la metodología, estas relaciones de producción y consumo pueden ser matematizadas o analizadas de forma deductiva enunciando principios generales.

La teología del trabajo puede ser incluida en la teoría microeconómica como factor descriptivo para comprender cómo el individuo se relaciona con sus actividades productivas. Esta sería una definición cualitativa y actitudinal de cómo se visualiza el trabajo, y con qué actitud se desempeña. No obstante, seguiría siendo una variable compatible con modelos matemáticos.

La microeconomía es predominantemente un área matemática en la que la escuela austriaca irrumpe con su método deductivo-praxeológico. Sin embargo, la teología del trabajo es compatible con la mayoría de las escuelas de pensamiento y sus metodologías seleccionadas. Esta pudiera incluso modelarse como un factor que expresa una escala que va desde la resistencia al trabajo a la cooperación perfecta con él. Incidiría en el impacto del factor trabajo en el producto total. Esto permitiría explicar por qué, aunque se aumenta la «cantidad de trabajo», a veces no hay mejoras reales en la productividad. No obstante, contraponer escuelas de pensamiento y sus aportes teóricos y empíricos concretos, no es la finalidad del presente artículo.

Teología del trabajo en macroeconomía

La macroeconomía estudia el funcionamiento de la economía como un agregado sistémico. Busca explicar el crecimiento a largo plazo de la riqueza medida por el ingreso nacional, y la tensión entre la estabilidad de los precios y el nivel de empleo. Escuelas de pensamiento de corte liberal, han propuesto un enfoque en las instituciones para integrar el papel de la estabilidad política y la libertad económica en el panorama. Al igual que la microeconomía, en la praxis común, se premia la enunciación matemática de la teoría y el empleo de métodos predictivos estocásticos.

La teoría macroeconómica puede beneficiarse de adicionar métodos cualitativos, como el análisis del discurso y el análisis histórico. Desde los actos comerciales primitivos, el intercambio, hasta la especialización moderna en un sistema financiero monetario, necesitan del lenguaje. Las transacciones ocurren en la medida en la que existen signos y señales que habilitan la comunicación. Estos signos o símbolos reducen los costos de transacción. Las interacciones comerciales podrían exponerse incluso a un análisis semiótico del fenómeno, especialmente en una economía monetaria (Eco, 1976/2000, p. 48).2

De forma análoga a la integración de la «teología del trabajo» a la microeconomía, puede agregarse esta categoría a la rama macroeconómica. Dependiendo de la escuela, y el uso del análisis institucional como herramienta, puede verse una «teología del trabajo» como parte de la asimilación efectiva de la influencia institucional en la psique de cada individuo. Permite conectar la parte macro de vuelta a lo particular, manteniendo el individualismo dentro del método.

Análisis del discurso: Un ejemplo

La interacción social retroalimenta las narrativas que reflejan la tensión de «lo normativo» respecto a «lo positivo». El lenguaje influye en las prácticas sociales, pues articula la weltanschauung de las que estas surgen.3 Esto no debe de confundirse con la visión posmoderna del lenguaje, pues se reconoce el carácter social e histórico del lenguaje como fuente de la esencia de los conceptos. Sin embargo, cada época y cada cultura evoluciona su propio entendimiento de las categorías económicas. Por esto, el «análisis del discurso» como técnica, no debiese de ser ajeno a la metodología del economista.

Las categorías «trabajo, valor, capital» surgen de la interacción social, de forma espontánea (van Dijk, 2000). A nivel abstracto, estas categorías usadas para describir la realidad se han interpretado como sus causas. La influencia de la corriente nominalista que permeó las ciencias desde el renacimiento hasta la ilustración prevalece ahora incluso la corriente de pensamiento neoliberal (Böhmler, 1992, p. 173). Por ello, es imperativo revisar las definiciones que operan dentro de la teoría económica para afinar su metodología.

La polisemia es un problema importante para el campo lingüístico y semiótico. «Trabajo» puede ser comprendido como: ocupación, profesión, carga, mercancía, productividad, labor, insumo, esfuerzo, entre otras. El análisis del discurso es útil para resolver este problema y examinar las categorías empleadas para explicar el mundo y sus fenómenos.4 Este tipo de análisis permite identificar cómo se construyen los significados a través del uso del lenguaje, el cual influye en las instituciones, y es influido por ellas. Esto sucede en diferentes dimensiones entre las que destacan la simbólica, filológica, sintáctica y psicológica, pues el elemento persuasivo (retórico) persiste.

Böhmler interpreta el pensamiento de Hayek, en consecuencia, con esta afirmación:

Para Hayek los órdenes espontáneos nacen espontáneamente de las acciones de los individuos, aunque orientados por «reglas morales» o «tradiciones», teniendo cada acción su repercusión tanto en el comportamiento del individuo como en las reglas mismas que orientan a este. (Böhmler, 1992, pp. 171-172)

El uso común de figuras ilustrativas como «oferta laboral», «carga de trabajo», u «oportunidad de empleo» reflejan que en el medio occidental aún predomina una comprensión microeconómica clásica del trabajo. Es decir, el trabajo como un factor de producción. Por ello, se insiste en medirlo como parte de un proceso productivo. Esto se valida a través de la preocupación administrativa de la medición de la productividad real del trabajo.

Como se mencionó al inicio, al reflexionar «teológicamente» se intenta una síntesis conceptual que trascienda las descripciones materiales, apelando a un tratamiento deontológico o normativo. Si se añade la cópula, las ideas expresadas anteriormente pueden replantearse como proposiciones teológicas a considerar en un sistema lógico como la «teología del trabajo» subyacente: «el trabajo es obligación», «el trabajo es oportunidad» o «el trabajo es castigo».

Estas proposiciones son en superficie descriptivas, pues ilustran lo que el trabajo es. No obstante, al describir, prescriben. Se sugiere cómo interactuar con el fenómeno, dado lo que el fenómeno es. El hallazgo es que no predomina una teología del trabajo, sino la tensión dialéctica entre opuestos y resistencias psíquicas como la «obligación» contra la «oportunidad». Esto puede ser el resultado de teologías protestantes de la prosperidad en contraposición con las teologías ascéticas que no son sino reformulaciones de las mismas teologías que ya funcionaban desde el siglo XIX y XX con el auge de las sectas protestantes (Weber 1905/2025).

Teologías del trabajo en el desarrollo de Occidente

Formular una teología del trabajo implica la enunciación de una postura antropológica. Tres momentos de la historia de la civilización occidental son seleccionados para contrastar su visión antropológica y la teología del trabajo subyacente: la Roma helenística, la irrupción del cristianismo caracterizado por la escolástica, y el mundo moderno.

Louis Rougier (2005) describe el mundo griego como una sociedad civilizada, racional y orientada al mejoramiento humano. Este estándar cultural prevalece incluso en el Imperio romano; habilitando una «Roma helenística» o «helenizada». Sin embargo, se identifica dentro de su recorrido el estancamiento del progreso. Justo después de la bonanza del racionalismo griego, la integración de la esclavitud a las instituciones sociales ralentiza el desarrollo económico, social y tecnológico:

El ciudadano griego se convirtió en una especie de rentista, liberado del trabajo de procurarse su propio alimento, vestido y techo. En Esparta, la ley incluso prohibía al ciudadano la realización de trabajo productivo de cualquier tipo. En Tespias, se consideraba una desgracia aprender un oficio o cultivar la tierra. En Tebas, los comerciantes y pequeños mercaderes sólo podían ejercer cargos públicos diez años después de retirarse de los negocios. En la mayoría de las ciudades aristocráticas, la ciudadanía era incompatible con el ejercicio de una profesión manual. (Rougier, 2005, p. 62)

La comprensión antropológica de la época hizo proliferar la esclavitud. No todos los hombres valían lo mismo. El trabajo era visto como denigrante y destructor. Al pensarse que «debilita el cuerpo», se concluía que también «debilita el alma» (Rougier, 2005, p. 61). Por ende, los esclavos eran los encargados de las labores mecánicas y artesanales que requerían un esfuerzo físico.

Los esquemas de esclavitud prevalecieron y, aún, se acentuaron durante la administración y auge del Imperio romano. En esencia, opera una teología del trabajo donde este último es el esfuerzo físico impositivo, una carga que no se desea llevar por los ciudadanos dignos. La labor intelectual es vista como un deleite opuesto al trabajo físico, al que acceden los hombres libres pues enaltece el intelecto y la participación cívica o política.

La aparición del cristianismo y, posteriormente, los movimientos monásticos contribuyeron a la reivindicación del trabajo como actividad dignificante. El concepto de «ser humano» se reformula y destaca que todos poseemos el mismo origen a partir de la diseminación del mito fundacional (BHTI, 2014, Gn 1 y 2). La Iglesia primitiva sugiere la liberación de los esclavos como la máxima expresión de caridad (BHTI, 2014, Ga 3,28; 1 Cor 7, 21-22; Fil 1, 15-16), pero no se logra la abolición de la esclavitud. Sin embargo, se logra la ampliación de libertades civiles para los esclavos (Rougier, 2005, p. 75).

Con el cristianismo, el trabajo es visto como una actividad humana que permite la meditación en la brevedad de la vida, la inmanencia y trascendencia del individuo. El trabajo persigue la excelencia del espíritu, pues evita el ocio y promueve la humildad. Se exhortaba la diligencia, pero se condenaba la acumulación de riqueza. Para acercarse a Dios, el individuo necesitaría negar los deseos de su carne —el ascetismo antecedía a la mística, la unión con Dios mediante la humildad y la pobreza—. El pensamiento económico de la Edad Media separaba el trabajo de sus frutos (Gilson, 1958/2024, pp. 289-325).

Esta revalorización de las actividades mecánicas y las artes manuales incide en el desarrollo de herramientas que buscaban hacer los esfuerzos más eficientes. Muchos descubrimientos e invenciones de la época medieval generan nuevos paradigmas que contribuirían a la filosofía humanista del Renacimiento (Rougier, 2005, pp. 73-96). El descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo sucede en una confrontación de sendas propuestas teológicas del trabajo —y nuevos debates antropológicos— que ameritan su equiparación en un estudio independiente (Elliot, 2006).

Eventos como la caída de Constantinopla y el Descubrimiento de América, habilitan identificar la época moderna en la periodización de la historia. Sin embargo, no es posible identificar una corriente teológica predominante, debido a la descentralización del pensamiento. Inventos como la imprenta fueron parte de las herramientas que revolucionaron la forma de hacer y articular las propuestas científicas, literarias, filosóficas, religiosas y teológicas. Es en este marco en el que se encuentran los movimientos de la Reforma protestante y la Contrarreforma que catalizarían una nueva concepción del trabajo para la época contemporánea.

El concepto de «vocación» se difundiría con una nueva comprensión a luz de estas nuevas teologías. Habiendo estado ya presente en pensadores como Tomás de Aquino (ed. 1994, II, q. 179-189), la interpretación del fenómeno vocacional era diferente de la propuesta en la modernidad. Tenía que ver con el discernimiento de la llamada a la vida contemplativa como el último objetivo. Escritos de Lutero como su comentario del Génesis (Lectio in Genesim) y Libertad cristiana (1520), desafiarían esta visión de la vocación. El pensamiento de la reforma desembocó en una comprensión de «múltiples llamadas» divinas. Posteriormente, vendrían más propuestas teológicas a otorgar nuevos matices a las ideas de Lutero, como la corriente homónima de Juan Calvino con sus respectivas connotaciones respecto a la doctrina soteriológica.

A pesar de la amplitud del periodo moderno y de las múltiples ocurrencias sociales, económicas, y culturales, se destacan al menos dos corrientes de pensamiento relevantes para este escrito. Una de ellas es el desencanto por la autoridad institucional, no solo religiosa sino también estatal que catalizaría los movimientos revolucionarios del Nuevo Mundo. La otra, sería la preocupación sociológica de la ocupación, el trabajo y sus frutos. Esta preocupación sería abordada por nuevas teologías, pero también por nuevas formas de filosofía que buscaban encaminar la reflexión ontológica hacia formas seculares y no teocéntricas.

Cabe destacar que la preocupación por los frutos del trabajo daría cabida a diferentes debates económicos respecto a las teorías del valor, y al repago de los factores productivos en la medida «justa» según sus contribuciones. Esto, debido a que, en el marco de la Revolución Industrial, la utilización de herramientas e inventos en los procesos productivos habría aumentado sustancialmente la productividad del trabajo (Böhm-Bawerk, 1884-1889/1947). Así, se habría habilitado una nueva dimensión de contribución pertinente para una teología del trabajo a razón de los cambios socioeconómicos que se estaban formulando.

Una diferencia identificada por el estudio sociológico de Max Weber en 1905 (ed. 2025) es que las propuestas teológicas de las sectas protestantes produjeron efectos positivos en la organización social y la riqueza debido a su enfoque ascético y la necesidad de acumular riqueza como signo que evidenciara su comunión con Dios (herencia de la doctrina soteriológica calvinista). No obstante, este movimiento fue beneficioso en el corto-mediano plazo. Sin embargo, es hoy el precursor de las teologías de la época contemporánea que visualizan lo material como la preocupación última. Estas teologías tienen un énfasis en la prosperidad como la finalidad última del trabajo.

Es menester recordar que la época contemporánea (1789 hasta el presente) se caracteriza por la especialización de la producción industrial en esquemas más intensivos en capital. Asimismo, los campos del saber se ramifican y separan —aún más— las ciencias naturales y materiales, de las ciencias sociales o morales (Hayek, 1952). La sociedad se configura en formas abiertas, globalizadas y más relaciones contractuales.

Durante esta breve revisión de algunas teologías del trabajo en la historia, se ha intentado mostrar que una teología del trabajo que ve el esfuerzo humano y sus frutos como parte de la naturaleza creativa y el ejercicio de la fuerza vital, propicia el florecimiento de instituciones que producen virtudes necesarias para la cooperación social sostenible.

Una teología del trabajo que lo visualiza como parte del principio de existencia del hombre, incide en la automotivación, y en la productividad.5 El enfoque en los frutos del trabajo como el fin del mismo, producen un aumento en la riqueza en el corto y mediano plazo, pero hacen que el individuo pierda el sentido en el largo plazo. Los ejemplos citados permiten identificar cómo dentro de la narrativa sobre qué era el trabajo, quiénes podían o debían trabajar, y para qué fines servían los frutos de su esfuerzo, puede extraerse la teología del trabajo subyacente.

Se rescata que una formulación bajo principios judeocristianos para una teología del trabajo, puede promover —nuevamente— el florecimiento humano y aliviar la carencia de sentido y sustancia que hoy se percibe como común a la vida en sociedad, ya sea urbana o rural.

Propuesta para una teología del trabajo

El argumento del presente escrito posee dos presupuestos importantes que es necesario hacer explícitos. Primero, se identifica que la tradición judeocristiana provee una alternativa útil para la formulación de una teología del trabajo. La revisión histórica de la sección anterior sirve como demostración. Segundo, bajo esta tradición se reconoce un origen prístino en el trabajo. El trabajo es parte del momento en el que se «crea» el primer ser humano. Esta segunda premisa puede reformularse a que el trabajo no es un castigo por la desobediencia, ni una consecuencia de la pérdida de la gracia. El trabajo es un reflejo de la jerarquía del ser humano sobre lo creado. La presente propuesta a una teología del trabajo no abarca la totalidad de la problemática que demandan las inquietudes de la época de la contemporaneidad. Se enfoca en la naturaleza bidimensional del trabajo y en sus orígenes prístinos como atributo existencial.

El Génesis (בְּרֵאשִׁית), libro atribuido a Moisés según la tradición, es una explicación realista de los orígenes del mundo, gestado y situado en el antiguo Cercano Oriente. Es considerado «mitológico» por la teología católica. Sin embargo, esto no es equivalente a decir que sea fantástico o ficticio. Lévi-Strauss (1963, pp. 206-231) atribuiría el papel del mito a la formulación de la identidad antropológica de una civilización. Posteriormente, Barthes (1957/1999) propondría el papel del mito como metalenguaje en las sociedades modernas. Cabría afirmar que Occidente se ha desvinculado de toda forma de mito fundacional.

La aparición del hombre en la naturaleza está vinculada con la dominancia de este sobre ella. En el relato de Génesis:

Dijo entonces Dios: — Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza para que domine sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo. Y creó Dios al ser humano a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios diciéndoles: «Sean fecundos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo». (Biblia Hispanoamericana Traducción Interconfesional [BHTI], 2014, Gn 01, 26-28)

Hay un complemento importante en el capítulo dos del Génesis. El extracto de Gn 02, 19-20 (BHTI, 2014) se especifica:

Entonces Dios, el Señor, modeló con arcilla del suelo todos los animales terrestres y todas las aves del cielo, y se los llevó al hombre para que les pusiera nombre, porque todos los seres vivos llevarían el nombre que él les pusiera. El hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves y a todos los animales salvajes. Sin embargo, no encontró entre ellos la ayuda adecuada para sí.

Dios hace al ser humano administrador de lo creado, y le asigna la tarea de ponerle nombre a las cosas. Se destaca que bajo la cosmovisión hebrea, esto es el equivalente de afirmar la formulación de una identidad para los elementos, seres y fenómenos con los que interactuaría el hombre. Esto habla de dos dimensiones: Por una parte, está el influir en el orden del mundo material; y por otra, está la contribución al mundo de las categorías o las ideas. El ser humano necesita ejercitar esas dos dimensiones de sí para ver realizado su propósito al haber sido creado.

Contrario a lo que pensaban los griegos, estas «dos dimensiones» no son antagónicas sino complementarias y dignificantes. En una el esfuerzo (físico o mental) se traduce en la alteración del mundo natural, tangible. En la otra, se requiere crear o adoptar categorías. Esta última dimensión es nada más y nada menos que la tarea del filósofo, en palabras de Deleuze. Se reconoce que no se presupone igualdad de capacidades, pues las personas poseen diferentes competencias creativas y cognitivas. Por ello, la dimensión intelectual del trabajo puede ser no sólo la creación de categorías sino la asimilación de ellas. Adquirir el vocabulario necesario para expresar nuevas formas de conocimiento, de forma más amplia o profunda, los fenómenos de la realidad. Este es el acto del aprendizaje, ya sea una rama teórica del conocimiento tanto como una habilidad puesto que ambas requerirán de las palabras para expresar dominio de un nuevo campo de información activo en el cerebro.

Adicional, en el relato se observa que hay una dimensión social del trabajo. Este es una puerta para la vida comunitaria, pues dentro de la actividad productiva, se gesta la necesidad de crear una pareja para el hombre.

La cosmovisión hebrea asocia el papel del trabajo con la artesanía. En versos anteriores se menciona que Dios usa barro para crear al hombre, fue una actividad que hizo ejercer su lado creativo. A pesar de la omnipotencia de la divinidad, el papel del descanso es modelado por el mismo Dios al contemplar la obra terminada de la creación.

Al pasar de una economía de subsistencia —nómada— a asentarse en una región en concreto, cambian las preocupaciones respecto al trabajo, especialmente respecto a sus frutos o producto. Se ha hablado ya que la inclusión de herramientas y técnicas de producción que hacen más eficientes los esfuerzos humanos, habilitando una nueva necesidad de reflexión. Sin embargo, otros factores como la especialización y el incremento en las transacciones de intercambio y comercio pueden también aumentar el producto y la eficiencia del trabajo. El Nuevo Testamento puede iluminar la comprensión del tratamiento que deberían de recibir los frutos del trabajo cuando se encuentran en una etapa de rendimientos marginales crecientes.

A pesar de las contribuciones académicas modernas en la rama teológico-exegética, queda mucho por extraer en los Evangelios de la revelación de Jesús de Nazaret en el Nuevo Testamento. Sus predicaciones y exposiciones públicas usan las figuras ilustrativas conocidas como «parábolas». Estas construcciones narrativas tienen diferentes dimensiones de profundidad como recursos retóricos. Bajo una perspectiva semiótica como sistema de primer orden, hay consistencia en los relatos respecto al uso de la figura del terrateniente o capitalista para reflejar la virtud y el cuidado de los subordinados.

Las parábolas remarcaron la mayordomía y la multiplicación de los recursos (BHTI, 2014, Mt 25, 14-30); la previsión (BHTI, 2014, Lc 14, 28-33); la administración responsable (BHTI, 2014, Lc 12, 42-48); y la remuneración incluso más allá del mínimo considerado «justo» como celebración de la caridad (BHTI, 2014, Mt 20, 1-16). Estas implicaciones merecen ser tratadas a profundidad en otro escrito ya que se contraponen a las nociones predominantes en la comunidad académica teológica. La obra de Robert Sirico (2024) es un punto de partida para reflexionar en la dimensión económica de cada una de estas construcciones narrativas.

Históricamente, el nacimiento de Jesús se traza a orígenes humildes y sencillos. Sin embargo, la riqueza metafísica de sus enseñanzas convocó a multitudes de todos los estratos sociales. La consistencia de las dos dimensiones del trabajo se mantiene en su vida: como maestro, ejercita el intelecto y crea categorías; influye en el mundo natural a través de sus dones —naturales y sobrenaturales— de servicio y su oficio técnico de carpintero.

Conclusiones

Mientras lo trascendente es aquello que excede la realidad considerada, lo inmanente designa lo que se halla contenido en ella. Con el devenir de la historia y la creciente tecnificación en la producción de bienes y servicios de primer orden, se abandonó la noción trascendente e inmanente del trabajo. La teología del trabajo es en apariencia reemplazada por una filosofía poiética. Esta última enfoca la reflexión hacia el acto de producción respecto a la capacidad técnica para resolver problemas mediante la creación.

Aunque la preocupación ya no es comprender lo «sobrenatural» sino la interacción eficiente con la naturaleza y la realidad tangible, la teología del trabajo sigue ahí bajo el aparente caos en puntos de inflexión histórica. Los eventos de coyuntura pueden producir cambios radicales en los sistemas teológicos en general. Como consecuencia, hay reformulaciones de la teología del trabajo.

Este escrito argumentó que el concepto de «teología del trabajo» es una categoría epistemológica que (a) permite la fusión de horizontes de la teología con la teoría económica en la mayoría de sus ramificaciones y corrientes metodológicas; (b) explica cómo el hombre se relaciona con el sistema productivo; y (c) justifica que la renovación genuina de la identidad occidental implica una dimensión teológica y antropológica en la reflexión académica.

La finalidad de este artículo es habilitar la discusión para integrar una teología del trabajo a la discusión en las ciencias económicas. A la vez, se invita a que puedan usarse categorías, técnicas y métodos propios de otras ramas de las ciencias sociales y las humanidades dentro del análisis económico.

Como hallazgo general, se sostiene que existir y coexistir en un mundo en el que Dios y su voluntad existen, y las acciones tendrán consecuencias —inmediatas o mediatas respecto a la Eternidad— produce conductas beneficiosas con respecto a otros sistemas morales como el ateísmo, el solipsismo, el anarquismo, o el nihilismo. El cristianismo propicia la aparición de buenas instituciones para la vida no solo en comunidad sino en sociedad: respeto a la propiedad privada, cumplimiento de contratos civiles, mercantiles y comerciales. Desde el punto de vista pragmático, es un mejor sistema filosófico que el del posmodernismo característico de la contemporaneidad tardía pues incluso desde el punto de vista utilitarista, produce un adecuado funcionamiento de la sociedad.

En específico, se sostiene que los momentos históricos en los que predominó una teología del trabajo que situaba la actividad de trabajar como algo benéfico y provechoso, fueron momentos que vieron florecer prosperidad social y económica.

Una reforma de la identidad occidental requeriría formular vías de reconciliación y comunicación para las comunidades académicas de las humanidades y las ciencias sociales. Hayek (1952) designaría a estas últimas como «ciencias morales» para remarcar que sus principales objetos de investigación y observación son las opiniones, intenciones y pensamientos. Inexorablemente, esto implica que se tratarán con juicios de valor como objetos de estudio.

Las comunidades académicas se han especializado y segregado por afinidades metodológicas propias de sus propias escuelas de pensamiento. La sociología es una de las disciplinas que representan un desafío y una oportunidad para dialogar con la ciencia económica. Usualmente, al estudiar sistemas a nivel estructural, la sociología formula conclusiones colectivistas que no son compatibles con una economía de libre mercado. Esto es producto del análisis estático que concibe la economía como un agregado de corte transversal, producto de la macroeconomía convencional. Empero, su corriente «interaccionista simbólica» enfoca el objeto de estudio de una estructura al individuo a través del fenómeno de la interacción social lo cual admite variantes de subjetivismo e individualismo metodológico. Este es solo un ejemplo que pretende evidenciar cómo pudiesen integrarse categorías generadas por la teología, sociología y antropología para afinar los presupuestos del análisis económico.6

Es altamente probable encontrar una vinculación entre el «progreso económico» de una sociedad y su weltanschauung. Este tipo de estudios pueden ser formulados a través de métodos propios de la sociología o del método de la historia comparada. La obra Imperios del mundo atlántico, John Elliot (2006) es un ejemplo de ello. Se deja como posibilidad para investigaciones posteriores estudiar este análisis comparativo de regiones agrupadas por características geopolíticas estudiando sus producciones y adopciones teológicas. Este método es en parte usado por Max Weber (1905/2025) en su obra «La ética protestante y el espíritu del capitalismo», aunque utiliza otras características confesionales para delimitar sus grupos de estudio. Estas dos obras son de vital importancia para esta investigación en materia de sus métodos.

Max Weber (1905/2025) identifica las teologías del trabajo subyacentes a algunas de las sectas protestantes. Weber registra las variaciones teológicas y sus efectos en el comportamiento de los individuos. Aunque no lo hace con la categoría de «teología del trabajo», se evidencia que hay diferencias en la acumulación de riqueza en aquellos grupos que visualizan el trabajo como vocación, y como un mandato divino. A medida que el capitalismo se desarrolló en su forma tardía del siglo XX y XXI, lo «trascendente» fue abandonando el concepto y se adoptó una visión prioritariamente materialista de la existencia. Weber mismo enuncia respecto a lo que él ya observaba en 1905:

Al emprender el ascetismo la transformación del mundo y al tener repercusión en él, los bienes materiales de este mundo fueron logrando un poder creciente sobre los hombres, y, al final, un poder irresistible como no había sucedido nunca antes en la historia. Hoy el espíritu de ese ascetismo se ha salido de ese caparazón, y quien sabe si definitivamente. El capitalismo victorioso, desde que tiene una base mecánica, ya no necesita de ese apoyo. También parece extinguirse definitivamente el fresco talante de su sonriente heredera, la Ilustración, y la idea del «deber profesional» ronda en nuestra vida como el fantasma de una fe religiosa del pasado. (Weber, 2025/1905, pp. 184-185)

En el caso de Weber, su estudio es de tipo sociológico y su principal hallazgo es el ascetismo es la característica distintiva en las teologías del trabajo que él analiza. No obstante, el ascetismo es una de las múltiples formas en las que el individuo puede relacionarse con los frutos de su trabajo. Como Weber evidencia, el ascetismo como práctica no es sostenible en el largo plazo sin la pregunta reflexiva de a qué fines sirve. Es por ello por lo que esto puede aclararse a la luz de una reflexión teológica.

Una posible refutación al argumento aquí sostenido es que la movilidad social es la causa para la prosperidad económica resultante en las diferentes etapas consideradas. Sobre todo, al meditar en la ampliación de libertades civiles para los esclavos durante la aparición del cristianismo, posterior a la Roma helenística. Es de recordar que dicha movilidad existe como institución únicamente en la medida en la que la visión antropológica de los individuos respecto a sí mismos, a otros y a sus relaciones productivas o comerciales, les hicieron ser propensos a estar de acuerdo de que este tipo de institución como orden social podía existir (esto es, de nuevo, teología del trabajo).

A lo largo del presente escrito no se trata con la profundidad suficiente el problema de los frutos del trabajo. Al revisar la historia del pensamiento económico, la Edad Media deja para la posteridad el paradigma de la separación entre el trabajo y sus frutos o producto (Gilson, 1958/2024, pp. 289-325). Este problema surge del incremento de la productividad posterior a los desarrollos técnicos de la Edad Media. Así, surge una de las primeras causas que habilitaría debates económicos respecto al capital y el interés y la remuneración a los factores productivos. Este aspecto también puede ser un posible tema futuro de investigación.

Sería reduccionista afirmar que el panorama es negativo. El desplazamiento de la labor humana es un fenómeno recurrente desde los inicios de la Primera Revolución Industrial (década de 1760). Ante la cuarta revolución industrial, ahora ciberfísica, es esperable que la organización de la sociedad cambie drásticamente. Sin embargo, los costos de transacción de adquirir conocimiento han disminuido. Ahora es posible incursionar en nuevos campos del saber incluso sin la educación formal en el tema. Esto presupone retos y desafíos para la pedagogía y la educación como industria, pero también oportunidades para aquel que desee volverse un polímata o erudito.

La filosofía y la reflexión humanitaria están nuevamente en los temas de interés popular, y están vigentes en el discurso actual. Recientemente, se han popularizado críticas y diagnósticos respecto al malestar que sufren los individuos a causa del agotamiento generado por una sobrecarga de actividades en su vida cotidiana. Byung Chul Han ha desarrollado en su obra literaria diferentes reflexiones respecto a las consecuencias de la visión moderna del trabajo y la identidad que el individuo ha construido alrededor de su faceta «productiva-económica».

Dentro de los aportes teológicos y religiosos a la problemática, se ha mencionado ya la obra de Robert Sirico (2024) respecto a los principios económicos a extraer de las parábolas, lo cual apoya en una buena medida el problema de la relación entre el trabajo y sus frutos. John Lennox (2025) también ha incurrido en la tarea de reformular la comprensión del trabajo desde la teología cristiana.

Llegado este punto se desea invitar ya no solo a la discusión interdisciplinar sino interconfesional para la búsqueda del sustento ontológico a través de contribuciones académicas. Algo se rescata dentro de lo observable tanto en la región occidental: hay diferencias positivas en la calidad de vida y el nivel de ingresos en regiones que no vieron el trabajo como imposición sino como el ejercicio de su libertad y vocación.

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Derechos de autor © 2025 Lourdes María Pérez N.

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  1. 1 La elección del término no es accidental. La autora pudo decidir usar «libre mercado», pero se busca un «dejar hacer» en el concepto originario de François Quesnay.

  2. 2 Umberto Eco en su «Tratado de semiótica general», desarrolla el ejemplo particular de cómo la moneda participa en representación de otros bienes, o en representación del trabajo al que pretende «pagar». Sírvase la autora de destacar que la semiótica y la lingüística son campos del saber humano que necesitan más «amigos» de la sociedad abierta contribuyendo a ellos.

  3. 3 Comprendido bajo el concepto de Wilhem Dilthey (1910/2002). No es posible traducir o transliterar a “cosmovisión” pues el concepto original es más complejo. Es un situarse dentro de sí para observar el entorno. Juega con la comprensión de lo inmanente y lo trascendente.

  4. 4 En palabras de Gilles Deleuze, es la labor del filósofo la creación de conceptos. Si bien se puede objetar respecto a la ideología que subyace la corriente estructuralista o constructivista de la sociología, es la apuesta fundamental de este artículo el poder habilitar el diálogo entre disciplinas, e incluso posiciones filosóficas «opuestas» y «antagónicas». Se mencionan: la semiótica, la lingüística, la antropología, o la sociología, adicional a la teología.

  5. 5 Esto es compatible con los contribuciones teóricas y prácticas en materia de «management», empresarialidad, y administración industrial. Está probado que crear un ambiente laboral armonioso y la satisfacción del empleado incide en la productividad general de la compañía.

  6. 6 Por citar algún ejemplo de impacto universal, la teología de la época patrística ocupó categorías que provenían de la filosofía griega para explicar nociones complejas del ser y su relación con la divinidad. En el siglo II: Clemente de Alejandría, El pedagogo; en la Edad Media: Tomás de Aquino, Suma teológica; en la era contemporánea: Etienne Gilson, Elementos de filosofía cristiana; Karl Jaspers, La fe filosófica ente la revelación, entre otros.